Un espacio para las memorias, las emociones y la introspección
Cuando el dinero falta, pero el amor sobra
A lo largo de mi vida he conocido distintos rostros de la economía personal. Como quien se sienta a observar las mareas del mar, he visto subir y bajar el nivel del dinero en mi cuenta como las olas que obedecen a sus propios ritmos: impredecibles, a veces generosas, otras, cruelmente escasas.
Hubo épocas en las que el dinero parecía fluir con tal constancia que el mes concluía sin haber tocado siquiera lo ganado el mes anterior. Días de holgura, donde la vida se hacía más liviana y cada problema parecía tener solución con un pago oportuno. Comodidad, sí, pero también cierta ligereza emocional que el dinero compra sin que lo notemos. Es esa sensación de seguridad que otorga el poder elegir, disponer, acceder.
Pero también hubo momentos oscuros, duros, realidades que se enfrentan de golpe. Como aquella vez en que un accidente vehicular me obligó a dejar de trabajar durante casi un año entero. Una pausa forzada que no solo me quitó movilidad, sino también independencia, productividad y, cómo no, dinero. Fue una de las etapas más vulnerables que he vivido, y sin embargo, una de las más significativas.
En esa penumbra floreció una verdad poderosa: las personas sí pueden vivir del amor. Recuerdo con gratitud y respeto a quien era mi pareja entonces, y que luego se convertiría en la madre de mi hija. Ella no solo estuvo, sino que sostuvo. Su presencia no fue simbólica, fue vital. Me cuidó, me defendió, me animó, me arrulló en el dolor y me empujó en la rehabilitación. Vivimos de adelantos, de préstamos, de creatividad para sobrevivir, pero también de abrazos, de paciencia, de fuerza compartida.
Curioso cómo el dinero puede faltar, y aún así el alma estar tan llena.
Pero tan humano como es el amor, también lo es su fin. Cuando aquello que fue ternura se convirtió en distancia, en reclamo, en irascibilidad… nos vimos, sin saber cómo, enfrentados. Nos desconocimos. Y aún hoy, me cuesta entender por qué. Quizá el amor también tiene su calendario oculto, sus ciclos inevitables. Lo que sí es seguro es que el dinero se había ido, pero no fue lo que nos separó. Fue otra cosa. O muchas.
Con el tiempo he comprendido que el dinero no compra amor, aunque su ausencia puede ponerlo a prueba. Tampoco compra la paz, pero ayuda a sostenerla. No es sinónimo de felicidad, pero puede ayudar a construir las condiciones para alcanzarla: tranquilidad, vivienda digna, atención médica, alimentación adecuada, y hasta pequeños lujos que nos recuerdan que merecemos bienestar.
Una economía estable es como una columna vertebral: no se ve, pero sostiene todo lo demás. Sin ella, el cuerpo se tambalea. Por eso, la educación financiera es un derecho y una necesidad. A nivel jurídico, el Código Civil peruano, en su artículo 323, establece que la obligación de asistencia recíproca entre cónyuges incluye los medios para vivir conforme a su situación social. Es decir, el Estado reconoce legalmente que en una relación, el bienestar económico compartido es parte del deber moral y jurídico. Y eso también se extiende a los padres respecto a sus hijos.
Tener dinero no es pecado. Lo injusto es cuando se convierte en un criterio para definir el valor de alguien. Yo he sido rico y pobre, y en ambos casos he sido yo mismo. He amado con y sin dinero. Y si algo he aprendido es que el dinero es funcional, pero el amor es fundamental. Que tener una economía estable no solo es tener ingresos suficientes, sino también la capacidad de sostenerlos con dignidad, de planificar, de prever, de vivir sin el miedo constante de no llegar a fin de mes.
Hoy valoro cada etapa por lo que me enseñó. La bonanza por permitirme dar, y la escasez por obligarme a aprender. Pero más aún, valoro a quienes estuvieron cuando no tenía nada que ofrecer más allá de mi gratitud.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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