Reflexiones sobre el proyecto de construir un recinto de espectĂ¡culos dentro de un zoolĂ³gico limeño
Hay cosas que simplemente no deberĂan mezclarse.
Como el silencio necesario para el descanso… con el bullicio de una bocina.
Como la tranquilidad de la fauna… con la vibraciĂ³n de un parlante de 120 decibeles.
Y sin embargo, alguien —algĂºn burĂ³crata o inversor demasiado entusiasmado— pensĂ³ que podĂa ser una buena idea construir un estadio de conciertos en medio de un zoolĂ³gico.
SĂ, eso escuchĂ©. Otra vez.
Esta semana, entre pendientes laborales, madrugadas frĂas y cansancio acumulado, me topĂ© con la noticia de que la Municipalidad de Lima planea impulsar un centro de conciertos dentro del Parque de las Leyendas.
Y no un espacio menor o discreto. No. Un coloso para 20 mil personas. Escenario, luces, sonido, trĂ¡nsito, consumo, cemento y bullicio… justo ahĂ, entre animales que viven en cautiverio, entre huacas milenarias que han visto mĂ¡s respeto en siglos que el que hoy se les brinda.
Durante años, el Parque de las Leyendas ha sido, para muchos limeños, un sitio de contacto con la naturaleza. No es perfecto —nada que encierre vida lo es— pero aĂºn asĂ, cumple una funciĂ³n educativa y simbĂ³lica: enseñar que el mundo no nos pertenece solos a nosotros, que compartimos espacio con otras especies, con otras historias, con otros ritmos.
Construir un centro de espectĂ¡culos dentro de un espacio asĂ no es modernidad. Es miopĂa.
¿Y saben quĂ© es lo mĂ¡s preocupante? Que cuando se alzan voces en contra, las respuestas suelen ser tĂ©cnicas, frĂas, empresariales: “tendrĂ¡ aislamiento acĂºstico”, “generarĂ¡ inversiĂ³n”, “es una concesiĂ³n privada”, “impulsarĂ¡ el turismo”. Todo eso puede sonar bien en una hoja de cĂ¡lculo… pero nada de eso responde a lo esencial.
¿DĂ³nde quedĂ³ el principio de proporcionalidad?
¿DĂ³nde estĂ¡ el sentido de bien comĂºn?
¿Acaso no existe una ley que prohĂbe alterar hĂ¡bitats de fauna silvestre con fines ajenos a su cuidado o educaciĂ³n?
¿DĂ³nde quedĂ³ la Ley 30407 sobre protecciĂ³n animal? ¿O la mĂ¡s elemental de las normativas de zonificaciĂ³n y uso de suelos?
Pero claro, los animales no votan. No marchan. No hacen TikToks.
AsĂ que todo parece mĂ¡s fĂ¡cil.
En una ciudad donde lo urgente siempre le gana a lo importante, estas decisiones son una alarma.
No porque no queramos cultura. ¡Todo lo contrario! Queremos conciertos, arte, espacios de encuentro. Pero no dentro de un lugar que deberĂa ser, ante todo, un refugio.
Si algo he aprendido con el tiempo es que el respeto a lo vivo —sea humano, animal o vegetal— no puede ser una variable secundaria en los grandes planes.
Cuando normalizamos lo innecesario en nombre del "progreso", terminamos corriendo tras una idea que se aleja de la vida misma.
Y sĂ, quizĂ¡s algĂºn dĂa terminemos escuchando a Shakira con vista al jaguar.
Pero no serĂ¡ un avance. SerĂ¡ una señal de que, una vez mĂ¡s, elegimos el ruido.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro


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