La Señora del Cruce
No sé su nombre. Nunca he cruzado palabra con ella más allá de un gesto, un saludo, una sonrisa. Y sin embargo, es una de esas presencias que se han vuelto parte del paisaje emocional de mis mañanas.
Ella está allí, todos los días, firme en la esquina de la Avenida Ferrocarril con la Calle 4, en El Agustino. Es una mujer de edad avanzada —sesenta y tantos, tal vez más— que trabaja como agente de Serenazgo en una pequeña caseta de seguridad. Imagino que debe formar parte de algún programa de inclusión para personas mayores, esos que, aunque poco difundidos, devuelven algo de dignidad a quienes aún desean sentirse útiles, necesarios.
Pero en ella hay algo que va mucho más allá del uniforme.
Cada mañana, cuando el tráfico empieza a volverse insoportable, cuando las bocinas se entrecruzan como amenazas y las videollamadas ya consumen el ánimo desde el asiento del copiloto, aparece su gesto: un saludo amable, una sonrisa genuina, un movimiento sereno de la mano.
Ese saludo no dura más de un segundo, pero basta para que algo dentro de uno se acomode. Es como si, en medio del caos, alguien nos recordara que todavía queda humanidad en la ciudad. Que aún es posible mirar a los ojos y regalar afecto sin pedir nada a cambio.
Pienso muchas veces en cómo será su vida fuera de ese cruce. Qué historias guardará en su memoria, cuántas pérdidas, cuántos amaneceres y despedidas ha presenciado. Qué dolores habrá sabido sobrellevar en silencio. Pero sobre todo, me pregunto de dónde saca esa constancia. Porque hay que tener temple para ofrecer amabilidad en un mundo que a menudo responde con indiferencia.
En el Perú, la Ley N° 30490 —la Ley de la Persona Adulta Mayor— establece el derecho de las personas mayores a un trato digno, a ser integradas en la vida productiva si así lo desean. Sin embargo, más allá de la letra legal, está la realidad de personas como ella, que siguen dando incluso cuando nadie se lo exige, incluso cuando la ciudad parece haber olvidado el valor de una sonrisa.
Ella no dirige el tránsito, no detiene la delincuencia, no impone autoridad. Lo que hace es mucho más sutil y, por eso mismo, más poderoso: da ejemplo.
Ejemplo de constancia, de decencia, de cortesía. Ejemplo de que en la vejez no todo es retiro ni olvido. Que hay batallas que se libran de pie, en una esquina cualquiera, con una sonrisa como único escudo.
Hay mañanas en las que su saludo me ha devuelto algo que ni el café ni la música ni los correos resueltos pueden ofrecer: la sensación de que el día puede mejorar. Que aún hay razones para seguir creyendo. Que no todo está perdido.
En una ciudad cada vez más hostil, ella me recuerda que lo esencial no siempre necesita palabras. A veces, basta un gesto, una mirada, un saludo. Y en ese pequeño acto de humanidad, uno encuentra la esperanza.


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