Hay ausencias que no llegan de golpe: se van instalando en la memoria como una sentencia silenciosa, hasta que un dĂa entendemos que aquello que tanto nos incomodaba tambiĂ©n era una forma de amor.
Uno pasa buena parte de la vida creyendo que la nostalgia pertenece solo a los recuerdos felices, a los dĂas luminosos, a las escenas que alguna vez supimos perfectas. Pero no. A veces tambiĂ©n se extrañan las pequeñas incomodidades, los rituales que uno cumplĂa casi por inercia, las costumbres que en su momento parecĂan una carga y que hoy, vistas desde la distancia, se parecen demasiado al hogar.
Hoy es Viernes Santo, y no sĂ© por quĂ©, pero la memoria me ha llevado de regreso a esas mañanas en las que no habĂa mucho espacio para negociar. HabĂa que levantarse temprano, bañarse, ponerse la mejor ropa y salir. La casa entera se movĂa con esa solemnidad propia de la fecha, como si desde muy temprano el dĂa ya supiera que no podĂa parecerse a ningĂºn otro. Y yo, muchas veces, lo vivĂa con una mezcla de desgano, fastidio y esa rebeldĂa silenciosa que uno guarda cuando siente que lo estĂ¡n obligando a creer de una sola manera.
Recuerdo con claridad esa frustraciĂ³n casi infantil de tener que ir a misa cuando lo Ăºnico que querĂa era quedarme en la cama o hacer cualquier otra cosa. Escuchar las reflexiones del sacerdote, visitar la iglesia, caminar entre rezos ajenos y propios, acompañar a la familia en ese itinerario de fe que para ellos era natural y para mĂ, en mĂ¡s de una ocasiĂ³n, una especie de mandato difĂcil de abrazar. En ese entonces no entendĂa que hay obligaciones que no nacen del autoritarismo, sino del cariño torpe de quienes quieren conservar unido algo que sienten sagrado.
A veces la vida no nos quita primero a las personas, sino la rutina que las hacĂa eternas.
Mi familia era catĂ³lica. Yo tambiĂ©n lo soy, aunque menos practicante que ellos. QuizĂ¡ por eso, por sentir que iba mĂ¡s por deber que por convicciĂ³n, fui levantando una distancia interior con la iglesia. Como si mi espĂritu hubiera presentado una objeciĂ³n Ăntima frente a todo aquello que se me imponĂa sin preguntarme demasiado. Y, sin embargo, ahora que el tiempo ha pasado, me doy cuenta de que mi rechazo no era contra la fe, sino contra la forma en que no supe entender el amor con el que me la estaban alcanzando.
Porque la vida tiene una manera extraña, casi implacable, de enseñarnos el valor de las cosas. No dicta clases, no avisa, no prepara. Solo deja que el tiempo haga su trabajo y despuĂ©s, cuando ya no estĂ¡n las voces, los pasos, la insistencia y la costumbre, te pone frente al vacĂo para que seas tĂº quien emita su propio fallo. Y casi siempre el veredicto llega tarde: sĂ, eso tambiĂ©n era felicidad.
Hoy, con una honestidad que antes no tenĂa, creo que darĂa cualquier cosa por volver a escuchar a alguien decirme que ya es tarde, que me apure, que me cambie, que no vaya asĂ, que nos vamos a la iglesia. DarĂa mucho por tener otra vez esa presencia que me arranque de la cama y me obligue a participar de un dĂa que, mĂ¡s allĂ¡ de la religiĂ³n, tenĂa el sabor irrepetible de la familia reunida. QuĂ© raro es crecer y descubrir que uno termina extrañando incluso aquello que antes le pesaba.
Extraño el movimiento de la casa, esa liturgia domĂ©stica que empezaba mucho antes de llegar a misa. Extraño la sensaciĂ³n de que el dĂa tenĂa un orden y un sentido, como si todo estuviera dispuesto para recordarnos que habĂa algo mĂ¡s grande que nosotros, algo que merecĂa silencio, respeto y recogimiento. Extraño incluso el tedio de sentarme a ver, año tras año, los interminables capĂtulos de la Biblia, Los Diez Mandamientos o el siempre inevitable Ben-Hur, mientras afuera la ciudad parecĂa moverse con otra velocidad y adentro el tiempo se quedaba suspendido.
HabĂa en esos Viernes Santos una forma de pausa que hoy cuesta encontrar. No era solo la fecha, ni la misa, ni la tradiciĂ³n. Era la familia. Era esa certeza de estar con los tuyos aunque no siempre compartieras el entusiasmo, aunque a veces rezaras por compromiso, aunque por momentos te sintieras ajeno dentro del mismo rito. Al final, lo esencial no era la perfecciĂ³n de la fe, sino la calidez de la compañĂa.
Uno no siempre extraña lo que amĂ³ con facilidad; a veces extraña, sobre todo, aquello que solo entendiĂ³ cuando ya era tarde.
Tal vez por eso hoy la memoria duele distinto. Porque ya no recuerdo Ăºnicamente lo que hacĂamos, sino cĂ³mo se sentĂa estar ahĂ. El olor de la ropa reciĂ©n planchada, las voces cruzĂ¡ndose en la sala, la paciencia de los mayores, la solemnidad del dĂa, la televisiĂ³n encendida con historias bĂblicas que parecĂan eternas. Todo eso, que en su momento parecĂa apenas una rutina, se ha convertido en una prueba silenciosa de que alguna vez fui parte de algo profundamente mĂo.
A veces pienso que la familia se parece a esas bases invisibles que sostienen la vida sin hacer ruido. Como esas reglas esenciales que nadie repite todos los dĂas, pero que igual mantienen en pie aquello que somos. Y cuando faltan, todo se desordena un poco por dentro. Se pierde refugio, se pierde costumbre, se pierde esa forma sencilla de sentirse acompañado aun en el silencio. Tal vez por eso la ausencia no solo duele: tambiĂ©n descoloca.
La nostalgia, entonces, no siempre es tristeza. A veces es una especie de justicia tardĂa. Una manera en que el alma reconoce, por fin, el valor de lo que antes no supo defender. Como si los recuerdos vinieran a restituir, aunque sea por un instante, aquello que el tiempo nos fue quitando sin pedir permiso. Y en dĂas como hoy, uno no llora solo por lo que se fue, sino por no haber sabido abrazarlo mejor cuando todavĂa estaba cerca.
QuizĂ¡ madurar tambiĂ©n sea eso: descubrir que muchas de nuestras resistencias eran, en realidad, formas torpes de amar sin entender. Que detrĂ¡s de cada obligaciĂ³n habĂa una intenciĂ³n noble. Que detrĂ¡s del “alĂstate” habĂa cuidado. Que detrĂ¡s del “vamos a misa” habĂa una manera de decir “todavĂa estamos juntos”. Y que detrĂ¡s de esos dĂas que parecĂan largos y pesados, se estaba escribiendo una de las versiones mĂ¡s puras de nuestra historia.
Hoy ya no tengo el mismo rechazo. Hoy lo que siento es una ternura profunda por ese muchacho que no sabĂa que un dĂa iba a extrañar precisamente aquello de lo que querĂa escapar. Y tambiĂ©n siento gratitud. Porque aunque el tiempo haya cambiado las formas, aunque la vida haya dispersado presencias y silencios, nadie me quita el haber conocido esa versiĂ³n de la Semana Santa: la que olĂa a familia, a costumbre, a reflexiĂ³n compartida y a amor dicho de la manera mĂ¡s simple.
Hay fechas que no regresan intactas. Vuelven, sĂ, pero convertidas en eco. Y quizĂ¡ vivir sea precisamente aprender a escuchar ese eco sin romperse del todo. Entender que algunas cosas solo revelan su verdadero valor cuando ya no pueden repetirse. Y aceptar, con una mezcla de melancolĂa y gratitud, que ciertos recuerdos no vuelven para herirnos, sino para recordarnos que alguna vez fuimos profundamente amados.
Porque al final, lo que uno extraña no es solo la misa, ni la pelĂcula, ni la ropa elegante de un Viernes Santo. Lo que uno extraña, en el fondo, es que todavĂa habĂa una puerta que alguien abrĂa para llamarnos a vivir el dĂa junto a ellos. Y pocas cosas pesan tanto como descubrir, demasiado tarde, que ese tambiĂ©n era un milagro.

Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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