Domingos fríos, lealtades cálidas

En un mundo de afectos desechables, aún hay miradas que no se olvidan.

Este domingo ha sido particularmente difícil. El cielo limeño no ayuda: está cubierto, húmedo, y por ratos se atreve a lloviznar. Es de esos días en los que el frío no solo se cuela por las rendijas de las ventanas, sino que parece instalarse en el pecho, en el ánimo, en los rincones del alma.

Ha sido una semana catastrófica. En la oficina, en lo personal. He vivido días de decepción, de decisiones duras, de silencios que duelen más que mil gritos. Hoy, más que agotado, estoy confundido. Triste. Decepcionado. Desolado.

Y justo cuando creía que ya no quedaba mucho por rescatar del día, ahí estaba ella. Rose. Mi gata.

No dijo nada —porque nunca lo hace— pero hizo lo de siempre: me siguió con su andar suave y sigiloso, como si supiera que necesitaba compañía. Yo iba medio ido, caminando con ese desgano propio de un alma que lleva días acumulando cansancio emocional. Iba rumbo al baño y, como en tantas otras ocasiones, ella decidió acompañarme.

Lo curioso es que no lo hizo buscando comodidad. Dejó su cama, cálida y mullida, para echarse en el piso frío del baño. Allí se quedó. Silenciosa, estoica, vigilante. No me miraba con ternura exagerada ni con gestos grandilocuentes. Solo me observaba, como si dijera: “Tranquilo, estoy aquí”.

Y esa imagen me llevó inevitablemente a otro momento, no tan reciente, pero imborrable: la pandemia. Cuando el COVID me alcanzó durante la segunda ola y las noches se hicieron eternas. Los pulmones no daban, la fiebre subía, el oxígeno se convertía en un lujo inalcanzable. No podía ver a nadie. Nadie podía acercarse. Solo ella. Rose.

A veces se sentaba en silencio al pie de mi cama. Otras se echaba a mi lado, sin moverse. Y en esos momentos de mayor fragilidad, en los que la soledad era más asfixiante que el virus, su presencia me sostuvo.

Y como si la vida quisiera darme otra lección, recuerdo también aquella madrugada durante la misma cuarentena en que el dolor me despertó con una punzada aguda, brutal. Era mi primera crisis de cólicos renales. Quien no ha vivido esa experiencia no puede imaginar el dolor: como si una garra afilada recorriera tus entrañas sin piedad. No sabía si era el apéndice, si iba a morir, si lograría pedir ayuda. Otra vez, estaba solo.

Salvo por ella. La misma figura pequeña, peluda, discreta… pero incondicional. Se quedó a mi lado. No podía hacer nada, claro. Pero me miraba con esa expresión que decía más que cualquier palabra humana: “¿Qué puedo hacer para que estés bien?”. Y yo, entre retorcijones y miedo, agradecía en silencio su lealtad.

Y entonces, inevitablemente, llega la comparación. La punzada. Porque también en estos días han estado presentes personas que recibieron de mí más de lo que quizás alguna vez ofrecieron. Personas que se fueron con frialdad, con indiferencia, sin mirar atrás, como si uno fuese un objeto utilitario. Una etapa. Un puente. Un recurso. Y nada más.

“Hay presencias que no se compran, ni se mendigan, ni se imponen. Solo se ganan. Y a veces, quien menos habla, es quien más te ha cuidado.”

Hoy, este domingo frío, solo puedo agradecer por esa mirada que no me abandona. Por esas pequeñas patas que caminan conmigo cuando la tristeza parece querer quedarse. Y por ese amor callado, simple y verdadero, que muchos seres humanos parecen haber olvidado cómo dar.

Referencia jurídica:

En el Perú, la Ley 30407 protege a los animales como “seres vivos sensibles”. Un marco legal que reconoce su derecho a ser tratados con dignidad. Una dignidad que, por ironía de la vida, a veces se niega incluso a quienes caminan sobre dos pies.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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