Hay decisiones que llegan cuando ya no estamos obligados a tomarlas, como si la vida nos enseñara primero y luego nos quitara el turno.
Hay algo en el acto de votar que siempre me ha parecido mĂ¡s Ăntimo de lo que solemos admitir. No es solo marcar un sĂmbolo, es elegir una direcciĂ³n, una forma de paĂs, una esperanza que a veces ni siquiera sabemos nombrar. Es, en cierto modo, firmar un pequeño contrato con el futuro.
Y, sin embargo, en el PerĂº, ese contrato no se exige a todos por igual. La ConstituciĂ³n PolĂtica del PerĂº establece que el voto es obligatorio hasta los 70 años y facultativo despuĂ©s de esa edad. La norma es clara, pero su sentido humano deja espacio para una reflexiĂ³n mĂ¡s honda.
Hay algo paradĂ³jico en eso. Justo cuando una persona ha atravesado dĂ©cadas de cambios polĂticos, promesas rotas, gobiernos fallidos, momentos de esperanza y tambiĂ©n de desencanto, el sistema le dice que ya no tiene la obligaciĂ³n de acudir a las urnas. Como si la experiencia pudiera retirarse en silencio. Como si el criterio madurado por los años ya no fuera tan urgente.
No puedo evitar sentir que allĂ hay una contradicciĂ³n sutil, casi dolorosa. Porque mientras a los jĂ³venes se les impone el deber de votar —muchas veces cuando aĂºn estĂ¡n descubriendo el paĂs, la historia y hasta su propia postura frente al mundo—, a quienes han visto mĂ¡s, comprendido mĂ¡s y sobrevivido mĂ¡s, se les permite apartarse sin consecuencia alguna.
No se trata, claro, de despreciar la voz joven. La juventud tambiĂ©n tiene una energĂa valiosa, una intuiciĂ³n limpia, una necesidad legĂtima de transformar lo que recibe. Pero tambiĂ©n es verdad que muchas veces ese voto nace desde la simpatĂa, la frustraciĂ³n inmediata, el rechazo emocional o el encanto fugaz de un candidato que se parece mĂ¡s a una ocurrencia que a una propuesta seria.
La vida, como ciertas lecciones del derecho, no enseña a decidir de inmediato: enseña a decidir mejor con los años.
Y entonces aparece la pregunta incĂ³moda: ¿por quĂ© se vuelve obligatorio el voto de quien reciĂ©n empieza a entender el peso de elegir, y se vuelve opcional el de quien ya conoce las consecuencias de haberse equivocado tantas veces? Hay allĂ una lĂ³gica que, por mĂ¡s legal que sea, no deja de sentirse extraña.

A veces pienso que la ley, en su intento de organizar la vida pĂºblica, tambiĂ©n produce silencios simbĂ³licos. Porque una cosa es exonerar por consideraciĂ³n, por respeto o por comodidad; pero otra muy distinta es el mensaje emocional que eso deja. Y ese mensaje, aunque no estĂ© escrito, suena a algo parecido a esto: “ya no hace falta que vengas, ya no es indispensable tu presencia”.
Eso es lo que mĂ¡s inquieta. No la exoneraciĂ³n en sĂ misma, sino lo que parece sugerir. Como si la democracia, que deberĂa nutrirse de memoria, dejara en segundo plano precisamente a quienes cargan con mĂ¡s recuerdos del paĂs real. A quienes saben reconocer mejor el disfraz del populismo, la repeticiĂ³n de las promesas vacĂas, el brillo engañoso del improvisado de turno.
Tal vez, en estricto sentido, la regla busca aliviar una carga. Tal vez no haya desprecio alguno en su origen. Pero las normas tambiĂ©n tienen un costado simbĂ³lico, y en polĂtica los sĂmbolos pesan. Pesan porque moldean la manera en que una sociedad valora a sus ciudadanos, y porque terminan diciendo mucho mĂ¡s de lo que aparentan decir.
Por eso cuesta no pensar que, en esta distribuciĂ³n del deber electoral, hay una inversiĂ³n extraña de prioridades. Se obliga con firmeza a quien todavĂa puede votar desde la impulsividad, y se libera con naturalidad a quien podrĂa hacerlo desde la memoria, la prudencia y la conciencia del daño que provoca elegir mal.
En el fondo, quizĂ¡ lo que incomoda no es la libertad que se concede al adulto mayor, sino la falta de reconocimiento a la sabidurĂa que representa. Porque votar no deberĂa sentirse solo como una carga legal, sino tambiĂ©n como una forma de decirle a alguien: tu mirada todavĂa importa, tu juicio todavĂa sostiene, tu experiencia todavĂa puede iluminar el camino de todos.
Y tal vez allĂ estĂ¡ la herida pequeña de esta reflexiĂ³n: en descubrir que, a veces, la democracia parece pedir opiniĂ³n con mĂ¡s insistencia a quienes aĂºn estĂ¡n aprendiendo a leer el paĂs, y con menos urgencia a quienes ya lo han leĂdo con los ojos abiertos, con las manos vacĂas y con el corazĂ³n cansado.
Porque al final, mĂ¡s allĂ¡ de la obligaciĂ³n o la exoneraciĂ³n, votar tambiĂ©n es una manera de permanecer. De decir: sigo aquĂ, sigo pensando, sigo siendo parte. Y nadie deberĂa sentir que la repĂºblica deja de necesitar su voz justo cuando esa voz ha aprendido, por fin, a distinguir entre la esperanza verdadera y la promesa que solo sabe disfrazarse de ella.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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