Durante varios años mi bicicleta fue un mueble silencioso en un rincĂ³n de casa y del tiempo.
Sus ruedas, antes cĂ³mplices de rutas largas, noches calidad o madrugadas frĂas, quedaron inmĂ³viles, cubiertas de polvo y pequeñas telarañas. Y sin embargo, habĂa algo de vida en esa quietud, como si esperara —paciente— el dĂa en que mis piernas volvieran a buscarla, y mi corazĂ³n entendiera que necesitaba volver a moverse.
Volver al ciclismo no fue una decisiĂ³n deportiva, sino una confesiĂ³n Ăntima. Era necesario encontrar un nuevo modo de latir, una forma distinta de ordenar los pensamientos cuando las noches se vuelven demasiado largas. La bicicleta me ofreciĂ³ eso: un espacio donde el ruido del mundo se apaga y el propio silencio se convierte en compañĂa.
“Hay caminos que no se recorren para llegar, sino para olvidar con dignidad.”
El aire frĂo de las mañanas limeñas corta la piel, pero tambiĂ©n la despierta. Cada pedaleada es un acuerdo tĂ¡cito entre mi cuerpo cansado y mis ganas de seguir. La rodilla se queja, sĂ, pero tambiĂ©n recuerda que aĂºn puede sostenerme. A veces siento que mi equilibrio depende menos del manubrio que de la calma interior que intento recuperar con cada kilĂ³metro.
Las calles de la ciudad me miran como si me conocieran: la misma vereda donde alguna vez frenĂ© para mirar el cielo, el mismo cruce donde esperĂ© que el semĂ¡foro cambie mientras el sol nacĂa entre los edificios. Todo sigue ahĂ, pero distinto, como si el paisaje tambiĂ©n llevara una herida cicatrizando.
“El pedal no solo mueve el cuerpo: tambiĂ©n remueve los recuerdos.”
He descubierto que no necesito grandes rutas ni subidas empinadas; me basta el trayecto urbano, ese que mezcla semĂ¡foros, parques, perros callejeros y el olor a pan reciĂ©n hecho. En ese recorrido cotidiano, encuentro una terapia invisible: cada respiraciĂ³n es un perdĂ³n que me concedo, cada curva es un pensamiento que dejo atrĂ¡s.
La bicicleta no exige palabras, solo ritmo. Y en ese ritmo encuentro una forma de reconciliaciĂ³n: conmigo, con mi historia, con las ausencias que pesan mĂ¡s que el viento en contra. A veces me sorprendo sonriendo sin razĂ³n, quizĂ¡s porque entiendo que seguir pedaleando es una manera de decirle al destino que todavĂa tengo algo que ofrecerle.
“No todos los regresos son hacia alguien; algunos son hacia uno mismo.”
QuizĂ¡s nunca vuelva a recorrer los caminos rurales que un dĂa me llevaron lejos, pero en estas avenidas que se abren como heridas luminosas, encuentro un tipo nuevo de paz. No es la euforia del que compite, sino la serenidad del que vuelve a sentir. Y cuando el sol empieza a caer sobre el malecĂ³n, y las sombras se alargan como pensamientos antiguos, sĂ© que he vuelto al punto exacto donde querĂa estar: conmigo mismo, sin prisa, sin testigos, sin promesas que dolerĂan cumplir.
La bicicleta avanza, y con ella, el corazĂ³n. No sĂ© si pedaleo hacia el futuro o hacia el recuerdo, pero ambas direcciones se parecen. Y en ese vaivĂ©n, el asfalto se vuelve un espejo donde mi alma, por fin, vuelve a respirar.
“El ciclismo, al final, no es un deporte: es la absoluciĂ³n que uno se concede al volver a andar.”
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro


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