Optica del desencuentro: De cuando los planes no resultan

Óptica del Desencuentro

Hay días en los que uno se detiene. En medio del tránsito, del correo sin leer, de las responsabilidades acumuladas como ladrillos al hombro… uno simplemente se detiene. No porque quiera, sino porque algo —una frase, una canción, un recuerdo— te sacude el centro. Y entonces, como una película antigua con bordes desgastados, vuelven los rostros, los lugares, las decisiones que nos convirtieron en lo que somos.

A veces pienso en las personas que fueron parte de mi vida y ya no están. No por la muerte, sino por esa forma sutil y dolorosa de morir en vida: el olvido, el abandono mutuo, el desencuentro.

Pienso en lo frágil que puede ser un vínculo. Cómo, sin darnos cuenta, pasamos de la risa cotidiana al silencio incómodo. De los abrazos espontáneos a los mensajes sin responder. De la complicidad total al “cuídate mucho”. Y pienso también en nuestra inmadurez —a veces disfrazada de orgullo, de razón, de derechos—, cuando priorizamos el interés propio, la comodidad, la victoria moral… por encima del bienestar común.

Sobre todo, cuando hay hijos de por medio.

Ahí es donde duele más. Porque uno puede perdonarse la torpeza con un amigo, la ruptura con una pareja, incluso el abandono de un lugar. Pero la huella que dejan nuestras decisiones en quienes no eligieron venir al mundo, esa... esa no siempre cicatriza bien.

Las familias rotas no siempre gritan. Algunas se extinguen en susurros, en domingos sin llamadas, en cumpleaños olvidados, en excusas que parecen razonables. En acuerdos que no se firman, pero se aplican como sentencias. Padres que se ausentan. Madres que se endurecen. Hijos que crecen entre dos versiones del amor que alguna vez existió.

Y en ese desorden emocional, a veces la ley se vuelve refugio o castigo.

En el derecho peruano, el artículo 92 del Código de los Niños y Adolescentes nos recuerda algo que debería ser evidente sin necesidad de papel sellado:
"Ambos padres, aunque estén separados, deben asumir el ejercicio conjunto de la patria potestad, salvo disposición judicial en contrario."

Eso no es una amenaza, ni una fórmula legal: es un recordatorio ético. No importa si el amor se terminó, si el proyecto fracasó, si los caminos se bifurcaron: el vínculo con un hijo no debe cargarse con las ruinas de nuestras decisiones.

Y sin embargo, cuántas veces dejamos que nuestros egos cieguen nuestra humanidad. Cuántas veces negociamos afecto como si fuera propiedad privada. Cuántas veces nos olvidamos de que amar también es renunciar, también es ceder, también es quedarse en lo esencial cuando todo lo demás se ha desmoronado.

Hoy, más que nunca, creo que todos —yo incluido— somos seres perfectibles. No estamos hechos. Nos estamos haciendo.

Aprender a mirar atrás no como un campo de batalla sino como una historia que nos formó. Aprender a pedir perdón no como derrota sino como posibilidad. Aprender a cuidar lo frágil, a valorar lo que aún está, aunque sea distinto a lo que soñamos. Aprender que una relación —familiar, afectiva, humana— no se destruye de un día a otro, pero sí se desgasta en pequeños actos de indiferencia.

Y sobre todo, aprender que el amor no se mide por su duración, sino por el respeto con el que se lo sostiene, incluso cuando se transforma.

No esperemos que la ley nos recuerde lo que el corazón debió enseñarnos desde siempre.

Hoy, detente un momento. Piensa en esas personas que fueron parte de ti. Quizá una llamada, un mensaje, una disculpa, un gesto… no reparen lo perdido. Pero sí pueden evitar que volvamos a destruir algo valioso por no haber sabido mirar más allá de nosotros mismos.

No se trata de volver al pasado. Se trata de ser mejores en el presente.

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