El amor en las pequeñas cosas

 

El amor en las pequeñas cosas

Hay momentos que no se olvidan, no porque estén marcados por algo extraordinario, sino porque revelan una verdad profunda envuelta en lo cotidiano.

Uno de esos instantes lo viví con Luciana, cuando tenía apenas 3 o 4 años, en una visita a la casa de mis abuelos, mis papis, como siempre los hemos llamado.

Fue una de esas visitas en las que la conversación parece continuar desde donde la dejamos la última vez, aunque hayan pasado meses. Quise cocinar yo ese día. No fue nada extraordinario, un menú sencillo, casero, como el que a mi mami le gustaba: sopa de res con caracolitos, spaghetti con salsa bolognesa y una ensalada de brócoli y pepinillos con aliño de ajo. Un gusto que compartían ella y Luciana, así que las complací a ambas.

Quizá ese día, sin proponérmelo, le di a mi hija una de las enseñanzas más valiosas que podré darle en la vida. Siempre intento mostrarle el valor de la familia, del deber, de la lealtad. Uno piensa que un niño no lo comprende del todo, pero luego te demuestra que si era capaz, a esa edad, de manejar a la perfección un iPad, una laptop, un smartphone. ¿Cómo no habría de entender entonces una explicación —vivida, no dicha— sobre el amor, la honestidad, el compromiso?

Estaba terminando de cocinar cuando Luciana se sentó junto a su bisabuelo, mi abuelo, mi papi. A él lo por aquel entonces con mucha inocencia lo llamaba "tío", quizá porque a su corta edad no concibe aún que existan figuras familiares más allá del papá o del abuelo. Le preguntó qué iba a hacer, y él respondió: "Voy a curar las heridas de la mami."  Si, ella tenia heridas en la pierna producto de un accidente de tránsito en su juventud, heridas que a veces, al menor contacto o descuido se volvían a lastimar.  Y así, ambos llevaron a mi abuelita una silla en el patio familiar para que reciba los cuidados de quien ha sido su compañero por más de sesenta años.

Dejé de cocinar. Me senté con ellos. Luciana, curiosa. Mi mami, confiada, abandonándose al cuidado de su esposo. Mi papi, concentrado, dedicado, curando sus heridas. Y yo, contemplando, sintiéndome afortunado de compartir ese momento con mi hija.

Pensé en ella, en su futuro, en que quizá algún día, cuando ya no esté a su lado, encuentre un hombre que la quiera, que la ame, que la cuide con esa misma ternura con la que vi a mi abuelo cuidar  a su compañera de vida. Incluso a sus casi noventa años, aun con los dolores y el cansancio, ahí estuvo, cumpliendo lo prometido tantas décadas atrás cuando se casaron: "en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo difícil."

“Hoy me tocó a mí,” le dijo él. “Pero Dios sabe que pudo ser al revés.”

Palabras sabias. Amor madurado. Lealtad en su forma más pura.

No sé si Luciana comprendió el momento. Es probable que no. Pero algún día, cuando su memoria regrese a esa escena, comprenderá. Valorará lo que presenció. Y ojalá lo busque, lo atesore y lo exija en su propia vida.

A veces, solo a veces, el amor puede durar toda la vida.

Y felicidades a quienes lo encontraron, porque eso no es azar. Es una elección diaria. Una construcción constante, sostenida por actos tan simples y potentes como un plato cocinado con amor, o unas manos que curan heridas sin esperar nada a cambio.


En derecho, el artículo 288 del Código Civil Peruano establece que “los cónyuges están obligados a guardarse fidelidad y asistencia.”

Y aunque a primera vista suene a una obligación escrita en códigos, en realidad encierra lo que vi ese día en la casa  de mis abuelos: lealtad, cuidado, amor que se demuestra, que no se abandona.

Que esta escena sirva de inspiración. No hay que tener miedo de sentir, de amar con profundidad, de cuidar con ternura, de comprometerse con el otro desde la verdad. Porque el amor que vale la pena no se mide en años… se mide en gestos.

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