El día que casi fui músico

 

El día que casi fui músico... y casi no fui cadete

Una historia de principios, errores y lecciones eternas — entre la música escolar, el derecho y el destino leonciopradino.

Por Noctoulouse – Lima  2025

Todos cuentan cómo empezó su vínculo con su alma mater, cómo se construyó una historia teñida de enseñanzas, amistades imborrables y leyendas vivas. La mía comenzó a inicios de los años 90, entre álgebra, reglas escolares y una necesidad legítima de evadir el tedio.

Yo cursaba la secundaria en un colegio civil, luego de una primaria donde fui, sin falsa modestia, un pequeño líder con secuaces incluidos. Pero como dicta la sociología escolar (y el principio de tabula rasa de Locke): todo empieza de cero cuando cambias de entorno. Así que, buscando una nueva forma de destacar, encontré la oportunidad durante una clase de matemáticas, en una mañana del año 1989.

“Buen día, profesor. Los muchachos de la banda de música deben salir al ensayo.”

Esa frase fue mi redención. Una semana después, estaba en la banda del colegio. Lo que nadie sabía —ni yo mismo entendía bien— era que mi conocimiento musical era, siendo generoso, inexistente. Fui admitido con el mismo criterio con que algunos argumentos entran en los alegatos orales: con más estilo que sustancia.

De músico impostor a postulante militar

Dos años después, postulé al Colegio Militar Leoncio Prado. Una institución donde el mérito, el carácter y la disciplina forjan personas íntegras. Luego de superar pruebas académicas, médicas y físicas, llegó la temida entrevista con el jurado: psicólogos, APAFA, oficiales y el mismísimo Coronel Director.

Todo iba bien. Hasta que alguien del jurado, leyendo mi expediente —diligentemente completado por mi abuela— leyó con entusiasmo:

“Actividades extracurriculares: miembro de la banda de músicos del Colegio Particular San Judas Tadeo. ¡Qué interesante!”

El Coronel, con la voz de quien imparte una sentencia inapelable, exclamó:

“¡Soldado! Traiga una trompeta. El señor postulante nos deleitará con una pieza musical.”

En ese instante, sentí lo que en derecho penal sería el equivalente a una confesión sin debido proceso. La justicia poética estaba servida. El principio de culpabilidad pesaba sobre mí. ¡Jamás había tocado una trompeta!

Petrificado, enmudecido, reducido a lo que hoy entenderíamos como una víctima del principio de realidad. Fui expuesto. El fraude quedó al descubierto. Mi silencio fue tan elocuente como una declaración de parte en sede judicial.



La resolución del caso y su enseñanza

No se dijo más. Semanas después, aparecieron los resultados: entre casi mil postulantes, ingresamos 420. Yo, en el puesto 91. Había comenzado, en marzo de 1991, una historia que todavía me define. Porque el derecho, como la vida militar, no se trata de no errar, sino de saber levantarse. Como lo dice el principio de perfectibilidad: no nacemos perfectos, pero sí educables.

Hoy, cuando la amistad leonciopradina se celebra en cada rincón, recuerdo que los principios que rigen el derecho —la buena fe, la responsabilidad, la lealtad— no están lejos de aquellos que nos enseñaron en la formación castrense. Y aunque aquel día no toqué la trompeta, aprendí algo más valioso: que el juicio más importante es el que uno mismo se hace con honestidad.


Tags: Leoncio Prado, Banda Escolar, Derecho Penal, Derecho Educativo, Responsabilidad Subjetiva, Formación Militar, Experiencias de Vida, Crónica Jurídica, San Valentín, Amistad, Colegio Militar

Publicar un comentario

0 Comentarios

zheard