El ultimo humo


Un espacio para las memorias, las emociones y la introspección

El Último Humo

Empecé a fumar a los 12 años, como suele ocurrir con los vicios: por curiosidad. Había un tío en la familia que no soltaba nunca el cigarro, y cada oportunidad era buena para encender uno. Parecía disfrutarlo tanto que ni los comentarios de la familia ni los gruñidos de mi tía Teresa lograban disuadirlo. Aquella escena cotidiana, repetida tantas veces, despertó en mí esa peligrosa intriga.

Una noche cualquiera decidí dar el paso. Fui a la tienda del barrio y pedí tres cigarrillos. Pensé que ese número no levantaría sospechas. Como todo niño que finge inocencia, solté en voz alta: “¿Cuál era la marca que quería mi tío?”, como si hubiera olvidado un encargo. El tendero, sin cuestionar, me los vendió. Aquella fue la primera chispa de un hábito que me acompañó durante 21 años.

Solo Dios sabe cuántos cigarrillos encendí en ese tiempo. En las alegrías, en las penas, en el estrés cotidiano, en la espera de algo o de alguien. Fumar se convirtió en un ritual, en un consuelo silencioso, en una pausa.

Pero llegó el día en que todo cambió. Bastó un resultado: una prueba de embarazo. Luciana. Solo leer su nombre ahora me emociona. Fue conocer la noticia de su llegada lo que me llevó a dejarlo todo sin mirar atrás. Lo que parecía una adicción imposible de romper se disolvió con la imagen de mi hija aún no nacida. Su salud, y la de su madre, se volvieron lo único importante. El humo que durante años me acompañó, desapareció con un solo soplo de amor.



Desde entonces no he vuelto a fumar. He hecho muchas cosas por mi hija, pero esta es una de las más profundas. A veces olvido las renuncias, los cambios, los sacrificios que he hecho como padre. Pero este, este lo tengo siempre presente. Porque fue el comienzo de una nueva vida para ambos.

Hoy, en el Día Mundial Sin Tabaco, recuerdo aquel niño de 12 años que quiso probar el placer adulto, y al hombre que lo dejó por convertirse en padre. Me conmueve pensar cuántas vidas podrían cambiar si entendieran que hay amores más fuertes que los hábitos. Que hay decisiones que no se toman por uno mismo, sino por quienes amamos.

Desde el Derecho peruano, la Ley N.º 28705 – Ley General para la Prevención y Control de los Riesgos del Consumo del Tabaco, protege la salud pública, prohibiendo fumar en espacios cerrados y promoviendo acciones educativas. Pero más allá de la norma, lo esencial es lo humano: el amor, la voluntad, la esperanza.

A quienes aún luchan con este hábito, solo puedo decirles: cada respiro libre de humo es una victoria. Cada decisión tomada por amor, es una redención.

— Carlos Ebert Gestro

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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