Entre Raíces y Ausencias: Mi Identidad Peruana de Sangre Europea


Un espacio para las memorias, las emociones y la introspección

Entre Raíces y Ausencias: Mi Identidad Peruana de Sangre Europea



Hay días en los que uno mira hacia atrás, no con nostalgia amarga, sino con esa melancolía dulce que nos invita a preguntarnos de dónde venimos, qué parte de nuestro ser ha sido moldeada por nuestras raíces, y cuál ha sido construida con el tiempo, el amor, y la experiencia.

Mi nombre lleva consigo dos apellidos europeos. Uno alemán, Ebert; el otro italiano, Gestro. Ambas herencias de un pasado que conozco poco, pero que, con los años, se ha vuelto entrañable. No crecí en un pueblo del Tirol ni en una aldea lombarda, y sin embargo, esas culturas viven, discretas pero firmes, en mi forma de entender la vida.

A lo largo de los años, he conocido muchas personas que provienen de lugares del Perú donde las tradiciones se cultivan como si fueran parte del alma. Amistades con un profundo arraigo por sus pueblos, por sus danzas, sus comidas, sus rituales. Me han invitado a sus fiestas patronales, a sus aniversarios comunales, a sus carnavales llenos de vida. Y muchas veces —no lo niego— he sentido cierta envidia por esa pertenencia casi orgánica a una tierra concreta. Por ese terroir, como dicen los franceses, que les da identidad, pertenencia, memoria.

No quiero decir que mi vida haya estado ausente de tradiciones. Al contrario, las costumbres familiares han sido fundamentales en mi historia. Aún conservo el sabor de los domingos en casa de mami Emma: una mesa hermosamente decorada, donde nunca faltaba un buen vino tinto para acompañar las pastas o cualquier platillo elegido. Y después, las largas sobremesas, esas charlas que podían extenderse por horas, guiadas por las anécdotas de papi Nemesio, por su tono pausado, sabio, lleno de vida.

Recuerdo también las celebraciones más solemnes: los bautizos, los matrimonios, el compadrazgo que mi familia vivía con auténtico respeto, como si fuera un pacto sagrado. Siempre me ha parecido que Al Pacino en “El Padrino” describe muy bien ese universo de códigos no escritos, donde un padrino no es solo alguien que aparece en una foto, sino una figura de peso, de afecto, de responsabilidad.

Del lado germánico, quizás he heredado esa forma de entender la vida donde el respeto por el tiempo ajeno, la formalidad, y la palabra empeñada son valores inquebrantables. No siempre tienen un gentilicio, pero hay algo profundamente europeo en ese estilo de educación que me formó y que aún conservo.

Y sin embargo, confieso que he sentido una falta: no tengo un pueblo al que regresar en vacaciones, ni parientes que visitar en sus aniversarios patronales. No hay una calle que lleve el apellido de mi bisabuelo ni una casa antigua donde se guarden retratos de generaciones pasadas. Todos estamos en Lima, o en el extranjero. Y eso, señores, es lo que muchas veces me hace mirar con admiración —y sí, con cierta envidia— a quienes sí provienen de algún rincón de nuestra amada patria.

Pero hay algo que tengo claro: soy peruano. Y aunque limeño, no necesito una comunidad rural para sentirme parte de este país. Mi sangre se ha peruanizado con el tiempo. Hablo con la cadencia de esta tierra, tengo los sabores de sus platos grabados en el alma, y cuando me duele algo —como a todos los peruanos— no siempre lo digo: lo aguanto, lo proceso, lo transformo en aprendizaje.

Mis raíces son europeas, sí. Pero mi alma, mi historia, mis luchas y mis logros, todo eso me lo ha dado el Perú. Y eso me basta para sentirme, sin duda alguna, en casa.

Y así, como lo establece el artículo 52 de la Constitución Política del Perú, que reconoce la nacionalidad peruana por nacimiento, soy peruano por derecho y por elección. Y no hay herencia extranjera que me quite esa pertenencia profunda a esta tierra que me formó, me desafía y me abraza cada día.

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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