Mayo: Aquella música, aquella voz

 

Aquella música, aquella voz

Mayo 2025. Lima.

Una vez más es mayo, ese mes que se instala sin pedir permiso, que remueve sin aspavientos pero con fuerza. El calendario trae consigo un eco antiguo y profundo, y en este 2025, he vuelto a encontrarme con un viejo escrito mío, de mayo del 2008. Hace diecisiete años de aquel texto que surgió una madrugada cualquiera, justo días después del Día de la Madre. Volver a leerlo ha sido volver a sentirla, como si nunca se hubiera ido.

"De vez en cuando viene bien dormir... viene bien... Si uno solo sabe dormir, solo le queda soñar o morir... La verdad es que cuesta reír; pero en fin, haciendo un esfuerzo se puede vivir..."

Mi madre partió en 1985. Han pasado ya cuarenta años. Cuarenta septiembres sin ella. Y, sin embargo, su presencia no es un recuerdo lejano, sino una constante reciente. Es una figura que me acompaña, que susurra desde lo profundo de la memoria, especialmente cuando suenan las canciones que la traen de vuelta: Los Iracundos, Leo Dan, Los Pasteles Verdes. Cada nota musical parece recoger su voz, sus silencios, su forma de mirar al cielo mientras cantaba en la noche.

En aquella madrugada del 2008 escribí sobre mi insomnio, sobre la compañía de la música y el recuerdo de su figura, su voz, sus enseñanzas. Hoy lo vuelvo a hacer, con la certeza de que no estoy solo. Que ella sigue aquí, no como un fantasma, sino como raíz viva de lo que soy.

Recuerdo especialmente aquel día en que corrí emocionado a preguntarle si era cierto que yo era “bonito”, como me dijo una niña. Ella me respondió con firmeza y ternura:

"Los hombres no son bonitos, hijo. Solo las mujeres y las flores lo son."

Era una lección de fondo: no alimentar la vanidad. Ella quería que yo fuera valioso por dentro. Como años después entendería también el derecho, cuando aprendí que la esencia de las normas no está solo en su forma sino en su fin. El artículo VI del Título Preliminar del Código Civil Peruano establece que “La ley no ampara el ejercicio abusivo de los derechos”. Mi madre, sin necesidad de códigos, ya me había enseñado que lo verdadero no necesita adornos.

Tal vez sin su ausencia habría aprendido a ser más consciente del amor, del tiempo, de la nostalgia. Tal vez con su presencia, yo sería distinto. Tal vez tendría muchos nietos para ella. Pero no me reprocho: me reconozco en este camino trazado con sus valores, su recuerdo y esa música que cada mayo me la devuelve.

Una vez más ha pasado el Día de la Madre, y aunque no pude decírselo frente a frente, sé —porque lo siento— que lo oyó desde mi corazón:

Feliz Día, mamá.
Tu voz sigue sonando, y yo sigo escuchándola.


Publicado por Carlos Ebert Gestro. Basado en un escrito original de mayo de 2008.

Etiquetas: Día de la Madre, Nostalgia, Reflexión, Música del recuerdo, Derecho y vida

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