Temores que persisten

 

Temores que persisten: una conversación entre el 2009 y el 2025

Por Carlos Ebert Gestro

Era el año 2009. En una noche helada —no por el clima, sino por el silencio mental que a veces se vuelve abismo— me senté frente a una hoja en blanco a escribir mis temores. No eran muchos, al menos no en cantidad. Pero bastaban para helarme la sangre. Hoy, dieciséis años después, rescato ese texto no como quien relee un viejo poema, sino como quien regresa a sí mismo para entender cómo fue cambiando con los años.

Esto escribí entonces:

“Es más de medianoche en el lado oscuro de mi mente, y hoy más que nunca pensaba en los temores que asaltan mi corazón. Tal vez con el tiempo logre vencerlos, pero por lo pronto mi tarea se centra en empezar a conocerlos.”

1. El divorcio

Decía que el divorcio era uno de mis más grandes temores. Que, a diferencia de quienes temen casarse, yo aspiraba al matrimonio como meta, y que la sola idea de la separación me helaba el alma. Hoy sé que ese miedo no era abstracto: era una intuición. El tiempo, como siempre, se encargó de ponerme frente a esa realidad. Pero también aprendí que la separación, si bien puede ser dolorosa, no es siempre una tragedia. En muchos casos —y lo digo desde la experiencia como padre y como ex— puede ser una herramienta jurídica legítima para preservar la dignidad, la salud emocional y la estabilidad de los hijos.

De hecho, el artículo 333 del Código Civil peruano regula el divorcio por causales, y desde la reforma del 2008 se amplió la figura del divorcio por mutuo acuerdo, permitiendo cerrar ciclos sin exponer innecesariamente la intimidad de las partes. En mi caso, entendí que lo verdaderamente terrible no es el divorcio, sino el olvido de uno mismo dentro de una relación que ya no tiene razón de ser.

2. La muerte

No le temía a morir, sino a dejar hijos huérfanos. En ese entonces no los tenía. Hoy tengo a Luciana, mi hija, y mi temor se ha vuelto más concreto, más visceral. El miedo a no estar para ella no desaparece, solo cambia de forma: se convierte en cautela, en deseo de cuidar mi salud, en necesidad de estar presente en su vida emocional, no solo física.

La Constitución Política del Perú, en su artículo 4, reconoce el deber del Estado y de los padres de proteger integralmente al menor. Pero más allá de lo legal, cada padre sabe que ninguna ley suple el abrazo diario, la palabra justa o la compañía silenciosa cuando todo va mal.

3. La desconfianza

En 2009 escribí que confiaba menos con cada año que pasaba. Que necesitaba más que palabras para volver a creer en alguien. Y duele reconocer que eso no ha cambiado mucho. El mundo se volvió más desconfiado, más escéptico, más áspero. Tal vez todos nos volvimos así. Pero también aprendí a leer los gestos, a valorar los actos pequeños. A dar espacio a quienes, sin prometer nada, se quedan.

Desde el derecho, se puede hablar de la buena fe como principio rector de los contratos y relaciones jurídicas (artículo 1362 del Código Civil). Pero en lo humano, la confianza no se redacta ni se firma: se cultiva. Y se cuida.

4. La soledad

Decía entonces que me gustaba la soledad, pero que temía su permanencia. Que algún día sería más pesada. Hoy lo confirmo. No siempre duele, pero cuando lo hace, lo hace con una profundidad distinta. Ya no es el miedo de estar solo, sino el de no poder compartir ciertas cosas. Algunas victorias saben mejor con testigos. Algunas derrotas duelen menos cuando alguien te abraza.

La vida ha traído personas que iluminaron momentos, pero también despedidas. Algunas elegidas, otras inevitables. Aprendí que la soledad es parte del trayecto, pero no la totalidad del viaje. Que hay formas de compañía que no exigen presencia diaria, sino conexión emocional sincera.


Han pasado muchos años desde aquella noche de 2009. Hoy, mis temores no son exactamente los mismos, pero sus raíces siguen vivas. Se han ramificado. A ellos se suman otros: la incertidumbre del país, la fragilidad de la salud mental de quienes amo, el miedo a perder la memoria de lo vivido con quienes ya no están.

Y sin embargo, sigo siendo, en el fondo, el mismo: un hombre que escribe para entenderse, que se muestra fuerte pero que, al caer la noche, también duda, también siente, también recuerda.

Gracias a aquel yo de 2009, que tuvo el valor de escribir sus temores. Y gracias al yo de hoy, que los sigue enfrentando, ahora con más cicatrices, pero también con más herramientas.

No se trata de no tener miedo. Se trata de caminar con ellos sin dejar que guíen el rumbo.

A quienes se enfrentan a sus propios miedos con la frente en alto, este texto los acompaña.

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