Aquel día del que tenía miedo
El amor se fue apagando, pero el miedo de dejar de sentirlo fue lo más desgarrador. Y cuando llegó ese día, solo quedó la desolación.
Hace muchos años, escribí unas palabras que nunca llegué a decir en voz alta. Eran para una persona a la que amé profundamente, aunque ya sabíamos ambos que nuestra relación estaba resquebrajada. Aquello que escribí no era una despedida ni una súplica, sino una forma de mantenerme en pie, de darme valor para no rendirme. Lo hice como quien, frente a una tormenta, decide seguir construyendo el techo sabiendo que quizás no resistirá. Era mi modo de luchar, de aferrarme.
Fueron días duros. Mi rostro hablaba cuando mi voz callaba. En el trabajo me lo notaron: las bromas se esfumaron, el humor se volvió niebla. Me preguntaban si podían acercarse o si aún el mal humor me tenía preso, pero lo cierto es que lo que me tenía preso era el miedo. Miedo profundo. Miedo de ese día… ese temido día.
Tengo miedo
Tengo miedo de aquel día en que ya no me duela perderte.
Miedo de no extrañar tu voz, de no esperarte en la madrugada, de no buscarte con la mirada cuando el silencio se instala en casa.
Miedo de no prepararte el desayuno, porque tal vez el sueño me importe más que tus mañanas.
Miedo de no querer cuidarte, porque quizá empecé a pensar que primero tengo que cuidarme a mí.Miedo de que tus abrazos no me alcancen, de que tu ausencia no me duela, de que no me afecte si estás con alguien más.
Miedo de que mi corazón deje de agitarse cuando escucho tu nombre.
Miedo, sí, de que llegue ese día y no sienta absolutamente nada.
Y ese día, llegó.
La desolación
Cuando llega ese día, no es como en las películas. No hay una epifanía, ni gritos, ni catarsis. Llega de a poco. Como cuando estás en medio del mar y no te das cuenta que ya no tocas el fondo. Es una calma que no se celebra. Es una paz llena de desolación.
Lo peor no es dejar de amar. Lo peor es todo lo que se rompe en ese proceso. Porque no somos solo dos. No éramos solo ella y yo. Estaba también, nuestra hija, que quedó en medio, como muchas veces pasa.
Y ahí es donde duele más. Porque aunque hagas lo imposible —como lo he hecho yo— por suavizar la caída, por acolchar el golpe, por mantener la rutina, el amor, la estabilidad… uno sabe que nunca será suficiente. Que su alma también tendrá cicatrices. Que aunque no te lo diga, lo siente. Que aunque la veas feliz a ratos, hay momentos en los que no entiende por qué mamá y papá ya no son lo que eran.
Y eso, sinceramente, parte el alma.
No culpo a nadie. Ni siquiera a mí. A veces el amor no basta. A veces el desgaste nos gana. Y lo que nos queda es recoger los pedazos, mantener la dignidad, abrazar a nuestros hijos con más fuerza y tratar de no mirar atrás con odio. Solo con verdad. Y con la frente alta por haberlo intentado.
La vida después
Hoy, años después, puedo decir que sobreviví a ese miedo. Pero no salí ileso. Nadie lo hace. Algunas cosas se reconstruyen, otras simplemente se aceptan como ruinas.
Mañana es lunes. Y como siempre, la vida continúa.
Pero cada tanto, aún me permito mirar atrás, leer aquellas palabras que nunca dije, y entender que incluso en el dolor… también hubo amor.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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