CanelĂsimamente, tu familia
Una historia sobre amor, pérdida y lealtad que no se olvida
Hay presencias que, aunque breves, marcan una vida entera. A veces, ese impacto viene con cuatro patas, una mirada pura y una cola que se mueve con la fuerza de todo un corazĂ³n. En mi caso, esa presencia se llamĂ³ Canela.
Era una labradora color canela —sĂ, de ahĂ su nombre, tan simple como perfecto—. Fue mi Ăºnica mascota propia, aunque en casa, como en muchas familias peruanas, siempre hubo perros compartidos. Pero Canela fue distinta: nos eligiĂ³ a nosotros, o tal vez nosotros a ella. Nos acompaĂ±Ă³ desde cachorra, nos eligiĂ³ como su manada, y con el paso de los dĂas dejĂ³ de ser simplemente una mascota para convertirse en parte del nĂºcleo mĂ¡s Ăntimo de nuestras vidas.
Canela creciĂ³ junto a nosotros, en una etapa de reconstrucciĂ³n emocional y fĂsica. A mĂ me acompaĂ±Ă³ cuando aĂºn caminaba con dificultad tras mi accidente de rodilla. A Vanessa, mi compañera de ese entonces, le ofreciĂ³ calor en los dĂas en que la ilusiĂ³n de ser padres aĂºn era solo una esperanza. Canela fue amor, fue compañĂa, fue hogar. Jugaba con nuestras medias, dormĂa en la alfombra como si fuera el trono de una reina chiquita, y era celosa como una niña cuando le dĂ¡bamos mĂ¡s atenciĂ³n al televisor que a ella.
Pero la vida, como suele pasar, tambiĂ©n tiene sus curvas inesperadas. Cuando llegĂ³ el embarazo de Vanessa —de riesgo moderado— el mĂ©dico fue claro: debĂamos prescindir de la compañĂa de animales durante esos meses crĂticos. Y entonces vino una de las decisiones mĂ¡s duras de nuestras vidas: buscarle un nuevo hogar a Canela. Porque si bien podĂamos soportar casi todo, no podĂamos arriesgar la salud de quien llegaba.
No la abandonamos. No la dejamos a su suerte, como tristemente ocurre cada vez mĂ¡s en nuestro paĂs, donde se han reportado casos de mascotas abandonadas incluso en consultorios veterinarios o dejadas en plena vĂa pĂºblica. Nosotros decidimos entregarla en adopciĂ³n a una familia que pudiera cuidarla bien, que pudiera amarla como nosotros la habĂamos amado. Pero el dolor no fue menor. La tristeza, tampoco.
Y entonces escribĂ esto, una carta sencilla, honesta, escrita desde el corazĂ³n de quien ha tenido que despedirse con amor:
Estoy triste, porque comiste y bebiste, creo que fuiste feliz con tu hueso, luego me miraste y con tus ojitos me dijiste "No quiero..." Pero tenĂas que...
Te reencontraste con viejas caras conocidas, luego te engañé y te fuiste casi sin darte cuenta.
Te extrañaremos, hija. Gracias por todo lo que nos diste (tĂº lo sabes). PĂ³rtate bien y no hagas enojar a tu nueva familia, come bien y nunca pierdas tu cara de loca.
CanelĂsimamente,
Tu Familia.
Hoy, mĂ¡s de una dĂ©cada despuĂ©s, aĂºn recuerdo ese dĂa. Su mirada. La sensaciĂ³n de haber perdido una parte del corazĂ³n. Y tambiĂ©n la tranquilidad de saber que hicimos lo correcto, por ella y por Luciana, que pronto llegarĂa a nuestras vidas para darles un nuevo sentido.
Una reflexiĂ³n jurĂdica y social
En el PerĂº, la Ley N.º 30407 - Ley de ProtecciĂ³n y Bienestar Animal establece claramente que los animales no son cosas, sino seres vivos que sienten. El artĂculo 3 reconoce el derecho de los animales a recibir protecciĂ³n, cuidado, buen trato y a vivir en condiciones adecuadas. El abandono, en cualquiera de sus formas, estĂ¡ tipificado como una falta administrativa grave y puede derivar en sanciones e incluso acciones penales si hay maltrato comprobado.
Sin embargo, la ley aĂºn no alcanza a erradicar el desinterĂ©s social por las mascotas. Abandonar un perro o gato es mĂ¡s fĂ¡cil que nunca para muchos: abrir la puerta y dejarlo ir. Pero no deberĂa ser asĂ. Las mascotas no son desechables. No son un entretenimiento temporal. Son parte del proyecto de vida familiar, y su inclusiĂ³n o exclusiĂ³n debe ser analizada con el mismo respeto que cualquier otro integrante del hogar.
En nuestro caso, tuvimos el privilegio de decidir con dolor, pero tambiĂ©n con responsabilidad. Canela fue parte de una etapa hermosa, difĂcil, formativa. Fue el ensayo de lo que serĂa luego ser padres humanos.
Y aunque nunca supimos mĂ¡s de ella, me gusta pensar que aĂºn corre en algĂºn parque, con esa cara de loca que tanto nos hacĂa reĂr.
Porque algunas despedidas no son un adiĂ³s. Son una forma de decir: siempre serĂ¡s parte de nosotros.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro


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