Un espacio para las memorias, las emociones y la introspección
Cuando el corazón se llena, también se ablanda
Han pasado trece años desde aquel texto que escribí cuando Luciana apenas tenía cinco meses. Recuerdo cada palabra como si la hubiera escrito ayer. Y sin embargo, el tiempo no ha pasado en vano: me ha transformado, me ha vencido y, al mismo tiempo, me ha salvado.
Aquel hombre que describían algunos como “impávido”, hecho de acero, que había aprendido a caminar entre los días con una entereza casi obstinada, hoy vuelve a escribir —no para desdecirse, sino para dar testimonio de algo más profundo: el amor verdadero no solo te cambia, te reestructura.
Luciana ya no es una bebé de sonrisa constante y manos suaves que recorrían mi rostro con curiosidad; hoy es una adolescente en todo el sentido amplio de la palabra. Y aunque su sonrisa sigue iluminando los días más grises, ahora esa luz tiene matices nuevos: pensamiento crítico, emociones complejas, silencios cargados de sentido. Es otra etapa. Otro tipo de amor. Y sin embargo, sigue siendo lo mismo: un corazón lleno.
En aquellos días, dejé el cigarrillo y reduje todo aquello que no armonizaba con la vida nueva que comenzaba. Hoy, sigo tomando decisiones con el filtro de lo que Luciana significa en mi vida. No porque sea una obligación, sino porque es lo natural. El amor llena vacíos, transforma el instinto de subsistencia en propósito, convierte a un hombre rígido en alguien dispuesto a llorar por cosas que antes ni siquiera lo tocaban.
Ser padre, entendí en estos años, no es solo una responsabilidad afectiva, moral o biológica. Es también —aunque suene extraño— un acto jurídico con consecuencias en lo más profundo del alma. No me refiero a la filiación ni a los derechos civiles que nos unen en papel, sino a esa jurisdicción silenciosa en la que una hija legisla, sin saberlo, sobre el rumbo emocional de su padre. Y en ese tribunal íntimo, ella siempre tiene la razón.
Vanessa —a quien en esos años llamaba con ternura “Vane-zzita”— fue parte fundamental de ese cambio. Fue, aunque por caminos diferentes, el origen compartido de esa vida que nos transformó. Hoy nuestras historias han tomado rutas distintas, pero no puedo evitar agradecerle por ese regalo irrepetible: Luciana.
Y yo, que creía que las lágrimas se habían extinguido en mí desde 1985, he descubierto que siguen ahí. Que no me hacen débil, sino humano. Que se activan al ver a mi hija bailar, al escuchar una canción que escuchábamos juntos cuando ella era pequeña, o al encontrar, como ahora, un texto escrito hace más de una década que sigue tan vivo como mis sentimientos.
Ya no me creo invencible, ni quiero serlo. Prefiero esta vulnerabilidad que me permite amar sin barreras. Que me recuerda que la frialdad del corazón no se vence con fuerza, sino con amor. Y que un alma tibia, sensible y atenta vale mucho más que una coraza perfecta.
Gracias por ese regalo, Vanezzita.
Gracias por existir, Lucianita.
Gracias, tiempo, por no haberte llevado todo.
Escribí estas cortas palabras a poco tiempo del nacimiento de Luciana cuando volvieron a mi las emociones, las lagrimas, los sentimientos.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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