Cuando el invierno vuelve con sus memorias
El frĂo no siempre es el enemigo. A veces es el mensajero de un recuerdo que se niega a desaparecer.
Hay inviernos que no duelen en el alma, pero sĂ en el cuerpo.
A fines del 2010, un accidente cambiĂ³ por completo el rumbo de mi vida. No lo esperaba, como no se espera nunca aquello que parte en dos el antes y el despuĂ©s. Fue un atropello, simple y brutal, como muchas cosas en la vida que llegan sin permiso ni aviso. En un segundo, me encontrĂ© de frente con el dolor fĂsico mĂ¡s fuerte que habĂa sentido hasta entonces: un esguince, una fractura y un desgarramiento total del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha.
Una lesiĂ³n comĂºn entre atletas de alto rendimiento, pero que en mi caso fue causada por la violencia de un auto y la indiferencia de la calle. Tuve que someterme a una artroscopia —una cirugĂa mĂnimamente invasiva que permite visualizar, diagnosticar y tratar problemas dentro de una articulaciĂ³n— donde me implantaron un ligamento artificial y sujetaron los extremos con tornillos de titanio.
El resultado: 11 meses sin caminar. 11 meses sin poder trabajar. 11 meses en los que mi economĂa se desplomĂ³ y mi dignidad tambaleĂ³. Y luego, una lenta rehabilitaciĂ³n acompañado por muletas y muchas veces por la desesperanza.
Hoy, quince años despuĂ©s, el invierno trae mĂ¡s que neblina: trae el dolor de la rodilla, la inflamaciĂ³n, la rigidez. En dĂas hĂºmedos o frĂos, siento como si una garra invisible apretara desde dentro. El dolor es punzante, a veces difuso, pero siempre presente. Me impide subir escaleras con normalidad o caminar mucho sin cojear. A ratos parece que no queda huella alguna de aquel accidente, y sin embargo, cada paso me recuerda que sobrevivĂ… aunque no salĂ ileso.
A veces pienso en lo cerca que estuve de no poder caminar nunca mĂ¡s. De no contar esta historia. Pude quedar invĂ¡lido. Pude morir. No lo hice, y eso me obliga a ver cada cicatriz como un testimonio de la vida que aĂºn tengo.
Desde el derecho, esta vivencia puede mirarse bajo el concepto del “proyecto de vida”, reconocido por la jurisprudencia interamericana como parte del derecho a la integridad personal. No se trata solamente del daño fĂsico o econĂ³mico causado por un hecho traumĂ¡tico, sino del impacto profundo en los sueños, planes, metas y posibilidades futuras de una persona. Es decir, se afecta la arquitectura completa de lo que uno proyectĂ³ para su existencia.
Y en efecto, asĂ fue. Ese accidente me quitĂ³ años de movilidad plena, me obligĂ³ a reestructurar prioridades, a reinventarme. Pero tambiĂ©n, de algĂºn modo, me regalĂ³ otra forma de mirar la vida. A vivir con conciencia de cada paso dado.
No soy el mismo hombre que era antes de aquel 2010. Fui otro mientras me arrastraba en silencio con muletas, y soy otro hoy, que camino aĂºn con dolor, pero tambiĂ©n con agradecimiento. Porque estoy vivo. Porque camino. Porque sigo.
Y porque entendĂ —quizĂ¡ a la fuerza— que en esta vida el verdadero milagro no es evitar los golpes, sino aprender a reconstruirse con dignidad desde las ruinas.
Con cada invierno, vuelve el recuerdo… pero tambiĂ©n, la certeza de que sigo de pie.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro


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