El guardián del árbol


El guardián del árbol

Hoy, como tantas otras veces, regresaba a casa después de un día largo. La música sonaba baja, el tráfico limeño avanzaba lento y predecible. Iba repasando mentalmente los pendientes de la semana, cuando, al llegar a una conocida esquina de San Isidro, algo llamó mi atención: un resplandor tenue en medio de la oscuridad, justo detrás de un árbol frondoso, casi mimetizado con la oscuridad de su sombra. Era el brillo de una pantalla de celular.

Me acerqué lentamente, con el semáforo aún en verde, y lo confirmé: un policía de tránsito, sentado en su motocicleta, con el casco puesto, iluminado únicamente por la luz del teléfono que manipulaba con destreza. No dirigía el tráfico. No miraba a los conductores. Estaba quieto. Escondido.

La luz cambió a roja. Automáticamente detuve el auto y, como si fuera una coreografía ya ensayada, el oficial levantó la vista un segundo, miró los vehículos que pasaban, y volvió a ingresar algo en su celular. Luego lo entendí: en cada cambio de luz, con precisión mecánica, observaba si algún conductor cometía una falta… para anotar algo, presumiblemente una placa, o quién sabe qué más. Incluso sin cometer infracción alguna, solo bastaba ingresar la placa para cazar alguna situación “aprovechable”.

No impartía orden, no guiaba, no prevenía. Estaba al acecho, como quien espera paciente a que alguien tropiece para justificar su cacería. El árbol era su escondite. Su presencia, más que autoridad, era emboscada.

Y entonces me pregunté: ¿cuándo fue que algunos —porque no todos— de nuestros policías dejaron de ser orientadores del tránsito para convertirse en cazadores de errores? ¿En qué momento se asumió que esconderse para sorprender a quien se equivoca es más útil que enseñar a quien podría aprender?

Hay algo profundamente equivocado en esa lógica. El principio de autoridad no se basa en el miedo ni en la sorpresa, sino en el respeto. Y el respeto no se impone: se inspira. Se construye en el ejemplo.

Cuando un ciudadano ve a un policía ayudar a un adulto mayor a cruzar, ordenar el tránsito bajo el sol, prevenir con gestos claros una posible colisión o advertir con firmeza pero sin arrogancia una infracción, se siente parte de un sistema que funciona. Pero cuando lo ve oculto, casi como un espía al acecho, la sensación es otra: desconfianza, malestar, sospecha.

Porque sí: una falta es una falta. Pero la forma de enfrentarla lo cambia todo.

En el derecho administrativo peruano, particularmente en el marco de la Ley del Procedimiento Administrativo General (Ley N.º 27444), se establece el principio de “debido procedimiento” y el de “prevención”. Es decir, toda actuación de la administración debe procurar informar y prevenir antes que sancionar, y cuando se sanciona, debe hacerse con transparencia, proporcionalidad y legalidad. En el caso de las infracciones al tránsito, la normativa vigente exige que los efectivos estén visiblemente identificados y actúen con objetividad y previsibilidad.

¿Qué objetividad puede haber cuando el agente se esconde? ¿Qué prevención existe cuando se suprime la presencia? ¿Qué justicia se ejerce cuando la infracción parece más una oportunidad que una falta?

Seguí mi camino, dejándolo atrás, aún tras su árbol, con su celular, con su lista invisible. Me quedó una sensación extraña, como de derrota. Porque no se trata solo de un policía. Se trata de lo que esperamos de las instituciones. De lo que nos enseñaron que debía ser un uniforme. De la idea —casi ingenua— de que quien cuida el orden está, literalmente, para cuidarnos.

A veces, lamentablemente, pareciera que ese “orden” no es más que una cacería. Y que la autoridad se ejerce no desde el ejemplo, sino desde la sombra.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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