Un espacio para las memorias, las emociones y la introspecciĂ³n
Entre miradas que saben todo: la custodia emocional de una hija
Han sido ya muchos los años desde que la vida me enseĂ±Ă³ que ser padre no es solo un rol funcional, sino una forma de sentir a travĂ©s de otra persona. Y es en esa forma profunda, silenciosa y a veces invisible de conexiĂ³n donde Luciana —mi hija— se vuelve no solo testigo, sino guardiana de mi estado emocional.
Luciana tiene una particular forma de protegerme. No es con palabras, ni con actos teatrales. No es como quien cuida con las manos, sino como quien cuida con el alma. Nota cada sombra en mi rostro, cada pausa mĂ¡s larga de lo normal, cada intento mĂo por parecer tranquilo cuando en realidad algo me remueve por dentro. Y aunque rara vez lo dice en voz alta, sus ojos me delatan que ya lo sabe.
Tiene celos, sĂ. No de manera posesiva, sino como quien defiende lo que ama y teme perder. Sabe reconocer cuĂ¡ndo alguien no me cuida como ella cree que merezco, y basta una mirada suya, una frase dicha con ironĂa sutil o ese silencio que pesa mĂ¡s que cualquier juicio, para hacerme ver que estĂ¡ vigilante. Me he dado cuenta de que sus celos no son señal de inseguridad, sino de amor. Ese amor que se construye entre conversaciones cortas, canciones compartidas en el auto, y momentos donde no se dice nada, pero se entiende todo.
Luciana es fuerte. A veces me recuerda a mĂ mismo cuando era mĂ¡s joven. Tiene ese temple que parece imperturbable, esa mĂ¡scara que la vida nos enseña a llevar para no ser lastimados. Pero yo la conozco. SĂ© que debajo de esa fuerza hay una sensibilidad tremenda, una ternura que solo aparece cuando se siente segura, en casa, conmigo. No siempre expresa lo que siente, pero cuando lo hace, lo hace con una pureza que desarma.
Y en ese vĂnculo silencioso y a veces secreto, ella ha asumido —sin que se lo pida— una suerte de custodia emocional sobre mĂ. No una custodia legal, claro estĂ¡, pero sĂ una forma de tutela afectiva, de curatela simbĂ³lica sobre mis emociones. Si lo llevĂ¡ramos al lenguaje del Derecho, podrĂamos decir que Luciana ha constituido sobre mi alma una especie de “fideicomiso de cuidado”, donde lo afectivo se administra en beneficio mutuo, sin condiciones, sin clĂ¡usulas escritas, pero con una voluntad irrevocable: que estemos bien.
A veces pienso que el Derecho de Familia se queda corto para describir este tipo de vĂnculos. Porque no hay norma que capture la forma en que una hija percibe que su padre estĂ¡ siendo herido emocionalmente por otra persona. No hay artĂculo en el CĂ³digo que describa esa mirada protectora, ni jurisprudencia que defina el modo en que un corazĂ³n joven puede cuidar de uno que a veces se siente cansado.
Y sin embargo, existe. Es real. Y yo lo vivo.
Luciana y yo a veces no nos decimos muchas cosas en voz alta, pero tenemos una complicidad que no necesita ser explicada. Es como si ambos hubiĂ©ramos aprendido a caminar sobre la cuerda floja de la vida sin hablarnos innecesariamente, la adolescencia cambia algunas cosas, pero sabiendo siempre que el otro estĂ¡ ahĂ, por si uno cae.
Ella no lo sabe, pero yo también la cuido. En silencio. Con esa misma intensidad.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro


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