Entre tormentas y silencios: la adolescencia de mi hija y los ecos de la mía


Entre tormentas y silencios: la adolescencia de mi hija y los ecos de la mía

Esa edad en la que parece que el mundo gira en contra, y donde ser padre exige más que reglas, exige memoria, paciencia... y amor.

Hay una etapa en la vida en que el alma se rebela. No por maldad, sino por necesidad. No se trata de desafiar por el gusto de hacerlo, sino por buscar sentido cuando todo parece confuso. Esa etapa se llama adolescencia, y es quizá una de las más duras para quienes la viven... y también para quienes la acompañamos.

Hoy mi hija tiene trece años. Ya no es una niña, pero aún no es del todo una mujer. Y en ese tránsito incierto hay días en que me mira como si fuera su peor enemigo. A veces sus palabras son filosas, otras veces su silencio lo es aún más. Me duele, claro que sí. Me golpea en el pecho ese trato arisco, esos portazos que parecen decir "ya no te necesito", aunque en el fondo sé que lo que realmente quiere es que esté ahí… aunque sea para discutir.

A veces me esfuerzo en recordarme que su lucha no es contra mí, sino contra su propio desconcierto. Que su rebeldía no es desamor, sino miedo. Que su furia no es desprecio, sino ansiedad. Y que lo que yo debo ser en medio de todo esto es un padre completo: firme y amoroso, guía y refugio, muro y espejo. No es fácil. No lo es.

Lucho por encontrar el equilibrio entre el padre que debe corregir las malas actitudes, el psicólogo que explica que sus emociones no son anormales, el amigo que la escucha y aconseja, y el cómplice que puede guardar los secretos que brotan desde el corazón cuando uno apenas empieza a entender lo que es querer, sentir, sufrir.

Y mientras la acompaño a ella, vuelvo a encontrarme conmigo.

Mi adolescencia no fue la suya. En mi caso, la infancia se cortó de golpe cuando la pérdida de mis padres me forzó a madurar antes de tiempo. No hubo espacio para pataletas, ni tardes enteras discutiendo con el mundo. La vida me empujó sin preguntar. Pero eso no significa que no tuviera miedos. Que no sintiera ese desgarrador sentimiento de estar solo, sin entender qué lugar ocupaba en un mundo que parecía no escucharme. Lo superé, sí… pero me costó. Años después, todavía hay noches en las que esa soledad me visita en sueños.

Verla a ella ahora, con ese torbellino en el pecho, con esos días en los que parece que la piel le arde solo por existir, me recuerda cuánto duele crecer. Y cuánto más duele ver crecer a alguien a quien uno ama.

A nivel jurídico, la adolescencia es reconocida por el Derecho como una etapa de especial vulnerabilidad y transición. En Perú, por ejemplo, el Código de los Niños y Adolescentes (Ley N.º 27337) establece en su artículo 3 que se considera adolescente a toda persona entre los 12 y 17 años, y reconoce su derecho al desarrollo integral, al respeto de su identidad y opinión. Pero estas garantías legales, que son fundamentales, no alcanzan a regular la complejidad emocional que vive un padre en carne propia cuando su hija comienza a romper los lazos que un día la protegieron… solo para volver a atarlos, con más libertad, desde el amor adulto.

La ley puede brindar protección, establecer márgenes, prohibir abusos… pero no hay código que enseñe cómo sobrellevar el dolor de ser apartado por un rato del corazón de tu propia hija, mientras ella explora el mundo con los ojos entrecerrados por la inseguridad.

Sé que esta etapa pasará. Que más adelante, quizás muchos años después, ella entenderá que nunca dejé de estar allí, incluso cuando parecía que me alejaba. Que mis silencios eran respeto, y mis límites también amor. Y sé que entonces —cuando esa calma llegue— todo esto habrá valido la pena.

Por ahora, respiro hondo, recojo los pedazos de mi orgullo herido, y vuelvo a su lado.

Porque si algo me enseñó mi adolescencia, es que el peor error de los adultos es olvidarse de que también fueron jóvenes.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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