Esa lealtad que no se exige: la extraña fidelidad de quienes no hablan
Algunas presencias no se miden por el ruido que hacen, sino por el silencio que acompañan.
Hay lazos que no se pueden explicar con palabras. Vínculos que no surgen de la razón ni de promesas, sino de algo más hondo. Una especie de complicidad tácita, ancestral, que simplemente ocurre.
Yo tengo una gata. Se llama Rosita pero también la llamamos Rose. No es particularmente obediente. Ni afectuosa en el sentido clásico. Tiene esa majestad felina que la hace parecer altiva, incluso soberbia. Camina como si flotara por la casa, dueña de cada habitación, juez de todas mis decisiones.
Pero hay momentos, casi imperceptibles, en los que su fidelidad se revela como una verdad que duele y reconforta al mismo tiempo.
Esta mañana, por ejemplo, iba medio dormido camino al baño, con esa sensación de quien aún vive entre dos mundos: el del sueño y el de la vigilia. Caminaba como un zombi, sin sentido del tiempo, con los ojos entrecerrados y el cuerpo en automático. Y ella, sin motivo aparente, bajó de su cálida y confortable cama y me siguió. Llegamos al baño y sin miramientos se echó en el suelo frío, ahí, como si fuera el lugar más cómodo del mundo, solo para acompañarme en mi pequeño exilio del amanecer.
No me pidió nada. No maulló. No buscó caricias. Solo estaba ahí.
Y no era la primera vez.
Durante la pandemia, cuando caí enfermo en la segunda ola del COVID-19 y me vi obligado a aislarme por completo, hubo noches oscuras. No solo por la fiebre o el dolor corporal. Sino por la angustia de no saber si ese aliento corto, esa falta de aire, no era el último. Nadie podía acercarse. Ni familia, ni amigos. Nadie. Solo Rose.
Ella no tenía cómo entender protocolos ni riesgos. Pero sí entendía algo esencial: yo necesitaba compañía.
Se sentaba a mi lado, o cerca, a una distancia precisa. Me miraba con una expresión que —juro— parecía preguntar:
“¿Qué puedo hacer para que te sientas mejor?”
En esos días largos de aislamiento, donde los relojes se detenían y el mundo parecía lejos, su ronroneo fue la única frecuencia constante. Su mirada, la única que no me juzgaba por mi fragilidad. En un mundo inmóvil, ella caminaba hacia mí.
Y no fue solo entonces.
Una madrugada también durante la cuarentena, mientras dormía, un dolor lacerante me despertó. Empezó como una punzada suave en la espalda baja y en minutos se transformó en una punzada desesperante. Había escuchado hablar de los cólicos renales, pero jamás imaginé que dolieran tanto. Es una especie de puñalada interna, profunda y sorda, que no te permite estar quieto ni moverte. Te encorvas, sientes náuseas, sudas frío. Y el miedo... el miedo se mete en los huesos.
Pensé muchas cosas esa noche: que podía ser el apéndice, que se había perforado algo dentro de mí, que tal vez moriría ahí mismo por una septicemia sin que nadie se enterara. La cuarentena en Perú aún era estricta y el aislamiento era absoluto. Otra vez, estaba solo. Pero no del todo.
Rose se despertó con mi movimiento. No huyó. No se escondió. Se acercó con cuidado, con esa calma suya, y se quedó ahí mientras yo me retorcía. Solo miraba. Y en esa mirada había más presencia que en cualquier otra cosa. A veces, la sola existencia de alguien a tu lado cambia todo. Ella lo sabía.
Algunos dicen que los gatos no son leales. Que son oportunistas, que se van con quien les da comida. Yo no sé si todos son iguales, pero sí sé que algunos corazones —como el de Rose— no se rigen por intereses, sino por una extraña y hermosa fidelidad que no exige nada a cambio.
Una mirada desde lo legal
En Perú, la Ley N.º 30407 de Protección y Bienestar Animal reconoce a los animales como seres sintientes. No obstante, aún falta avanzar hacia una legislación que comprenda el valor emocional de las mascotas en contextos de emergencia o enfermedad. Durante la pandemia, muchas personas vivieron en soledad y fueron acompañadas por sus animales domésticos. Este vínculo afectivo —que en muchos casos sostuvo la salud mental de miles— debería ser considerado como parte del marco normativo en situaciones de aislamiento prolongado o vulnerabilidad sanitaria.
Al final, creo que los gatos —como las personas— no siempre están para decir algo. A veces solo están para no dejarte solo. Y eso, en ciertas noches, vale más que cualquier palabra.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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