Extintores de azúcar y huevos de codorniz
Una reflexión cotidiana sobre los cambios que no notamos... hasta que nos sirven el desayuno.
Esta mañana, mientras el silencio del sábado se colaba por la ventana y el aroma tenue del pan tostado envolvía la cocina, decidí prepararme un desayuno sencillo: avena tibia, un par de tostadas, un huevo frito… nada especial, nada complicado. Pero bastó romper el cascarón para sentir que algo, de algún modo, ya no era igual.
El huevo parecía minúsculo. Pequeñísimo. Como si en lugar de uno de gallina, me hubiera tropezado con un huevo de codorniz disfrazado. No era la primera vez que lo notaba, claro, pero hoy me golpeó con cierta nostalgia. ¿En qué momento las cosas empezaron a menguar sin que nos diéramos cuenta?
Los huevos antes eran más grandes, o al menos eso creo. De niño, cuando aún vivía con mis abuelos, los desayunos eran rituales. Un huevo frito ocupaba todo el centro del plato, y la yema era tan generosa que se podía mojar el pan más de una vez. Hoy, en cambio, parece que las gallinas andan economizando recursos o las granjas han aprendido el arte de reducir sin avisar. ¿Será un truco del mercado? ¿Una de esas jugadas invisibles donde se reduce el contenido pero no el precio?
Técnicamente eso tiene nombre: reduflación, y aunque no lo creas, en países como el nuestro —donde el Código de Protección y Defensa del Consumidor (Ley N.º 29571) garantiza el derecho a recibir información clara sobre los productos— podría ser cuestionable desde el punto de vista jurídico si no se informa al consumidor de este cambio.
Pero lo que me resulta más curioso es el contraste. Mientras los huevos son cada vez más pequeños, las botellas de gaseosa parecen extinguidores. De pronto, las de dos litros ya no son las más grandes. En mi niñez una botella de 1lt era llamada “familiar” y en efecto, alcanzaba para toda la familia (por muy grande que fuera); ahora las familias son minúsculas y las gaseosas gigantescas. He visto botellas que parecen diseñadas para apagar incendios, pero que terminan encendiendo otros: obesidad, diabetes, y hasta problemas renales. Dulces, grandes, llamativas. Y ahí están, desafiando la lógica de un mundo que intenta —supuestamente— ser más saludable.
Pienso entonces que algo no anda bien cuando la proteína encoge y el azúcar crece. Es una metáfora de la vida moderna. Nos llenan los ojos de cosas grandes, pero muchas veces nos nutren con lo mínimo. Productos de tamaño monumental que no alimentan, y pequeñas porciones de lo esencial que apenas sobreviven.
Lo mismo sucede, quizá, con las emociones. Hoy se gritan amores en redes sociales, se inflan gestos románticos para la vitrina digital, pero lo auténtico —ese cariño cotidiano, esa lealtad en lo simple— parece encogerse cada día, como los huevos de esta mañana.
En fin… desayuné igual. No sin cierta risa resignada al ver la tostada cubrir casi todo el huevo. Pero me quedó la reflexión: ¿qué otras cosas están cambiando sin que lo notemos? ¿Cuándo fue la última vez que alguien te ofreció algo grande de verdad, sin que venga cargado de azúcar o vacíos?
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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