¿Hola, cómo estás?: el experimento que nunca vivimos
Una mañana cualquiera, una respuesta inusual y una lección inesperada sobre humanidad y conexión.
Salía del ascensor esta mañana, como cualquier otra. Con el piloto automático encendido, el celular en la mano y la prisa que se ha convertido en mi sombra para no caer preso del trafico de la hora punta. Frente a mí, en el pasillo, estaba la chica que hace la limpieza del edificio. Una joven venezolana de andar tranquilo y sonrisa serena. Me saludó:
— ¡Buenos días!
Y yo, sin pensar mucho, respondí con esa frase ya tan desgastada:
— Hola, ¿cómo estás?
Lo curioso es que me contestó.
— Bien, gracias por preguntar… aunque espero que hoy no llueva.
No sé si fue el tono, la sinceridad, o el simple hecho de que en pleno 2025 alguien aún responde cuando se le pregunta cómo está, pero por un instante me quedé sin palabras. La frase que yo había lanzado al aire como una formalidad —vacía, automática, socialmente correcta— había sido recibida como una pregunta real. Y respondida como tal.
Eso me hizo pensar en el experimento de Arthur Aron, ese que proponía que dos personas podían vincularse (o al menos conectarse profundamente) respondiendo 36 preguntas diseñadas para generar intimidad. El experimento, realizado varias décadas atras, planteaba algo revolucionario para su época: la cercanía emocional no era un milagro, sino una construcción intencional.
Hoy en día, ni siquiera la intención parece quedar.
Vivimos en una sociedad donde se ha perdido la costumbre de escuchar respuestas. Preguntamos por cortesía, no por interés. Saludamos por rutina, no por conexión. Y cuando alguien rompe esa rutina y responde con honestidad, nos desarma, nos recuerda que la humanidad todavía late bajo las capas de prisa, de indiferencia, de desarraigo emocional.
A veces me pregunto si el verdadero experimento de intimidad no es contestar 36 preguntas personales, sino responder de verdad a un “¿cómo estás?”.
Echo de menos los días en que la conversación no era un trámite. Cuando los vecinos no te preguntaban solo por educación, sino porque de verdad querían saber cómo te sentías. Echo de menos el tiempo en el que uno se tomaba un momento para mirar al otro a los ojos y esperar una respuesta real.
La chica de la limpieza no sabe que me regaló una lección hoy. Una que no venía en libros, ni en redes, ni en cursos de desarrollo personal. Una lección sencilla: aún hay humanidad en los gestos pequeños.
Quizá el verdadero experimento de Arthur Aron esté ocurriendo todos los días, en los ascensores, en los saludos automáticos, en las personas que se atreven a responder. Y nosotros, sin saberlo, lo estamos desaprovechando.
Referencia jurídica: En la doctrina del derecho a la comunicación humana (reconocido como parte del espectro del derecho a la dignidad en muchas constituciones modernas), existe un principio no escrito pero profundamente vigente: el derecho a ser oído con atención y respeto. Aunque no sea jurídicamente exigible en lo cotidiano, sí representa un ideal hacia el que nuestras interacciones deberían orientarse.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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