La herida invisible: el asco de la traición

Hay algo particularmente nauseabundo en la infidelidad. 

Y no me refiero solamente al acto físico, sino a todo lo que representa: la mentira sostenida, la doble vida, el disfraz diario frente a quien confía, el beso robado con la misma boca que horas antes dijo “te amo” a alguien más. Me cuesta describirlo sin que un nudo se forme en mi garganta. Me cuesta pensar en ello sin que la palabra “asco” no aparezca con todas sus letras.

Detesto la infidelidad. La aborrezco. No como una postura moral rígida o por una educación estricta que me formó en extremos. La rechazo porque implica el más repugnante de los atentados contra la dignidad emocional de quien ama de forma honesta.

Es traicionar no solo la confianza, sino todo aquello que se construyó con esfuerzo: las promesas en silencio, los planes sin fecha, los mensajes al despertar, las manos entrelazadas en medio de la tormenta. Todo eso se desmorona con la traición. Y lo más terrible: a veces, ni siquiera se rompe con estruendo. A veces, simplemente se pudre en silencio.

He sentido repulsión al ver escenas de infidelidad en películas, en novelas, incluso en series que pretenden mostrarlo como algo normal, hasta gracioso. ¿Qué nos pasó como sociedad? ¿En qué momento comenzamos a romantizar lo que debería causarnos indignación?

Y ni qué decir de ciertos géneros musicales —en especial parte de la música urbana actual— que no solo normalizan, sino glorifican la infidelidad. Letras que celebran el engaño, que lo convierten en hazaña o en picardía, sin reparar en el daño que legitiman. Se canta con orgullo a la doble vida, a las amantes escondidas, al “yo tengo a alguien más”, como si el dolor ajeno fuera una anécdota o una medalla de conquista. Esa banalización del compromiso está desfigurando la manera en que muchos jóvenes entienden el amor y la lealtad.

La fidelidad no es una obligación legal. No hay contrato que garantice la lealtad del corazón. Pero incluso en el derecho civil, la figura del matrimonio —y de la convivencia formal— reconoce el principio de buena fe como elemento indispensable. Y aunque la ley no castigue el engaño con cárcel, lo sanciona moralmente al permitir incluso la disolución del vínculo si ese principio se vulnera. En otras palabras, el sistema legal entiende que la lealtad emocional no es un detalle menor.

La infidelidad no es solo un acto. Es una forma de cobardía. Es no tener el valor de decir: “ya no te amo” antes de herir. Es usar a una persona como comodín mientras se busca una salida o una aventura. Es traicionar mientras se exige respeto. Es, en resumen, una forma profundamente egoísta de amar.

Y lo que más duele no es el otro cuerpo. Es el engaño en el alma. Es el “todo está bien” dicho con descaro. Es el beso de Judas cuando ya se tenía el puñal listo.

A quien alguna vez lo vivió, sabe que no se olvida. No del todo. Quizá se perdone. Pero no se olvida.

Y por eso, para mí, la fidelidad no es una carga. Es una elección diaria. Es mirar al otro con los ojos limpios. Es decidir —incluso en los momentos más oscuros— que no traicionarás aquello que prometiste cuidar.

Porque el amor, cuando es real, no pide cadenas. Solo exige respeto.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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