Los domingos que no fueron
Hay dĂas que resumen la vida. Pedro SuĂ¡rez VĂ©rtiz lo decĂa con esa claridad que solo logran quienes han vivido con intensidad: "Porque el dĂa domingo, aunque sonso y largo, resume tu vida."
Y cuĂ¡nta razĂ³n tenĂa.
Los domingos de mi infancia eran sinĂ³nimo de calidez. Eran mesa llena, aroma a guiso desde temprano, sobremesa sin apuros, risas de hermanos, conversaciones cruzadas y el eco de una radio que acompañaba de fondo. No habĂa grandes eventos, pero sĂ algo mucho mĂ¡s valioso: la sensaciĂ³n de hogar. El domingo era la fiesta del descanso en familia.
Con el paso del tiempo, uno intenta replicar esa fĂ³rmula, como si con eso se pudiera detener el reloj o reeditar aquellos dĂas. Quise que mi vida adulta tuviera domingos parecidos a los de entonces, rodeado de mis seres mĂ¡s cercanos, construyendo un refugio para mi hija Luciana como el que me dieron mis papis a mĂ. Pero no siempre la vida concede esos anhelos. A veces se presentan realidades nuevas, caminos distintos, separaciones inevitables, silencios prolongados. Y sin darte cuenta, los domingos se vuelven pausas silenciosas, no celebraciones.
No son los domingos que soñé. Son los domingos que me tocaron.
Y aunque en ellos tambiĂ©n hay instantes de belleza, mĂºsica, reflexiĂ³n o escritura, a menudo hay tambiĂ©n una ausencia que pesa. Una silla vacĂa. Una risa que no suena. Un eco de lo que alguna vez fue.
A quienes aĂºn pueden construir esos domingos familiares, los invito a atesorarlos. Porque el domingo no es solo el Ăºltimo dĂa de la semana; es el espejo donde se refleja lo que somos, lo que fuimos, lo que aĂºn podemos llegar a ser.
Y si tienes la fortuna de compartirlo con alguien, incluso en la escasez o el cansancio, no es un domingo cualquiera: es un domingo feliz.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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