Cuando el amor fue medicina

A veces el cuerpo calla cuando el alma al fin descansa.
Y a veces duele mĂ¡s cuando la calma se va

Hay quienes dicen que el amor cura. Que no hay remedio mĂ¡s potente que una mirada sincera, una voz cĂ¡lida o la emociĂ³n contenida de un mensaje inesperado. Confieso que durante mucho tiempo pensĂ© que eso no era mĂ¡s que poesĂ­a romĂ¡ntica, hasta que me pasĂ³ a mĂ­.

No sĂ© en quĂ© momento exacto ocurriĂ³. QuizĂ¡ fue un dĂ­a cualquiera, mientras salĂ­a apurado de la oficina o simplemente al volver a casa con ese silencio que a veces lo llena todo. Pero lo cierto es que, cuando me enamorĂ©, algo cambiĂ³. No solo en mi Ă¡nimo o en mis rutinas. CambiĂ³ en mi cuerpo.

Durante meses, habĂ­a estado arrastrando un cĂºmulo de dolencias:

  • Mi rodilla derecha resentida por la artroscopĂ­a y por los años de cargar mĂ¡s de lo que podĂ­a,
  • cefaleas persistentes al final de cada jornada,
  • la vista cansada, turbia, como si incluso el mundo se viera mĂ¡s gris,
  • y esa caĂ­da de cabello que todos achacaban al estrĂ©s, la edad o al exceso de obligaciones.

Pero cuando el amor llegĂ³, todo pareciĂ³ apagarse. Como si el cuerpo —ese otro yo que no siempre escuchamos— entendiera que ya no necesitaba defenderse. Que podĂ­a descansar. Que habĂ­a encontrado un refugio mĂ¡s cĂ¡lido que cualquier tratamiento, una esperanza mĂ¡s poderosa que cualquier vitamina.

Me despertaba sin dolor, caminaba sin pensar en la rodilla, trabajaba sin el peso sobre la frente, y hasta el espejo parecĂ­a devolverme una imagen mĂ¡s viva, mĂ¡s serena. Incluso, el peine dejĂ³ de llevarse mechones cada mañana. No exagero. Fue asĂ­. El amor no me cambiĂ³ la vida. Me cambiĂ³ el cuerpo.

Y es que no era solo la ilusiĂ³n del momento. Era algo mĂ¡s profundo. Era paz.

Esa paz que no grita, que no salta de emociĂ³n ni necesita explicaciĂ³n. La paz de sentir que tu alma, despuĂ©s de tantos combates, al fin encontrĂ³ un espacio donde reposar. Donde no tenĂ­a que ser fuerte, ni lĂ³gica, ni invencible. Donde podĂ­a simplemente estar.

En esa quietud emocional donde todo parece alinearse, los dolores pierden fuerza, el cuerpo agradece, y uno se duerme no porque esté cansado, sino porque al fin se siente a salvo.

Fue como llegar a casa luego de años de andar. Como entrar en un cuarto tibio en medio del invierno limeño. Y cerrar los ojos sabiendo que, por una noche al menos, no hay nada que temer.

Pero como todo lo que es humano, lo que vino tambiĂ©n se fue. Y con su partida, regresaron las molestias. Primero, pequeñas. Luego, cada vez mĂ¡s presentes. Volvieron los crujidos al subir escaleras, las punzadas en la sien al final del dĂ­a, la resequedad en los ojos tras las largas horas frente a la pantalla. El peine, una vez mĂ¡s, se volviĂ³ confidente de mis ausencias capilares.

Y no, no fue coincidencia. Fue el cuerpo hablando otra vez, recordĂ¡ndome que sentir —o no sentir— tambiĂ©n deja huella fĂ­sica.

Hoy, que he aprendido a convivir con mis dolencias como viejos conocidos, no dejo de pensar en cuĂ¡nto nos afecta lo que no se ve. Y me doy cuenta de que la medicina tambiĂ©n puede tener forma de abrazo. Que no todo se cura en una farmacia. Y que algunas de nuestras enfermedades no buscan pastillas, sino paz.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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