La grieta invisible

A veces, las cosas mĂ¡s simples —o eso creemos— pueden convertirse en una lecciĂ³n profunda.

Llevaba ya una semana notando que la llanta delantera de mi auto estaba ligeramente desinflada. No era nada alarmante, apenas un pequeño descenso en la presiĂ³n, uno de esos detalles que, como muchos, vamos postergando con el pretexto del tiempo, la prisa o simplemente el olvido.

Cada dĂ­a al ver el neumĂ¡tico me decĂ­a: “hoy sĂ­, hoy paro en el grifo y le pongo aire.” Pero nunca lo hacĂ­a. Siempre surgĂ­a algo mĂ¡s urgente. O no encontraba una estaciĂ³n con punto de aire. O simplemente se me iba de la cabeza. Y asĂ­ fueron pasando los dĂ­as.

Pero hoy algo fue diferente. Apenas salĂ­ de la oficina y me dirigĂ­ al estacionamiento, vi el auto y algo en mĂ­ dijo “ya no mĂ¡s”. Era como si una voz interna —o quiĂ©n sabe, externa— me empujara con mĂ¡s firmeza que nunca a resolverlo de una vez. AsĂ­ que manejĂ© hasta una estaciĂ³n cercana, una de esas que uno ya reconoce por costumbre. Me bajĂ©, tomĂ© la manguera de aire, me agachĂ©... y entonces la vi.

No era solo un neumĂ¡tico bajo en presiĂ³n. HabĂ­a un tajo. Uno profundo. Uno que no se veĂ­a de pie, ni siquiera al dar una vuelta rĂ¡pida al auto. Un corte que hablaba de riesgo, de fragilidad, de esa delgada lĂ­nea que nos separa del accidente.

Cerca del mĂ³dulo de aire habĂ­a un pequeño puesto de reparaciĂ³n de llantas. AhĂ­ estaba Wilfredo, un joven con una mirada curiosa, sentado con un termo a medio tomar, probablemente una infusiĂ³n que acompañaba su turno en estas frias tardes de invierno. Lo llamĂ©:
—"Amigo, ven un segundo, mira esto..."
Se acercĂ³, vio el tajo y su expresiĂ³n cambiĂ³:
—"Uy, amigo… eso estĂ¡ feo. ¿Quiere que le dĂ© una revisada?"

Transamos rĂ¡pido. Diez soles por una inspecciĂ³n completa. Un precio que en ese momento sonaba mĂ¡s a formalidad que a costo real.

Tres minutos despuĂ©s estaba horrorizado. La cara posterior de la llanta, esa que nadie ve a simple vista, estaba completamente rajada. Una grieta enorme recorrĂ­a la circunferencia entera. Era como una herida abierta, a punto de romperse con cualquier acelerĂ³n brusco o un frenazo inesperado.

—"Amigo, usted estĂ¡ vivo de milagro", dijo Wilfredo, casi como quien recita un diagnĂ³stico fatal.

Y mientras desmontaba el neumĂ¡tico dañado, me fue contando que en sus diez años de experiencia atendiendo vehĂ­culos en distintos grifos y estaciones, nunca habĂ­a visto una llanta tan comprometida estructuralmente sin haberse reventado antes.
—"CrĂ©ame, he visto llantas dañadas, pero esto... esto es otra cosa. De verdad, tiene que agradecer que no le pasĂ³ nada. PodrĂ­a haber acabado como ese jugador español que falleciĂ³ hace poco en la autopista."

No hizo falta que dijera su nombre, yo también recordaba la noticia. Y tragué saliva.

RecordĂ© de inmediato las decenas de veces que habĂ­a recorrido la vĂ­a expresa de la Costa Verde, de Miraflores a Bellavista, por tramos largos a 80 o 90 km/h, a veces mĂ¡s. No lo pensĂ© dos veces. Me ofreciĂ³ llantas nuevas y, sin dudar, comprĂ© dos para reemplazar ambas delanteras. SentĂ­ que no podĂ­a arriesgarme a menos. Si hubiera tenido un poco mĂ¡s de efectivo, habrĂ­a cambiado las cuatro sin pensarlo. Porque una vez que ves el abismo tan cerca, no te la juegas mĂ¡s.

Mientras Wilfredo desmontaba el neumĂ¡tico dañado, yo observaba en silencio… una mezcla de alivio y estupor me recorrĂ­a entero. ¿CuĂ¡ntas veces habĂ­a confiado ciegamente en que todo estaba en orden? ¿CuĂ¡ntas veces ignoramos las señales pequeñas del desgaste cotidiano?

Me quedĂ© mirando la grieta como quien mira una advertencia escrita por la vida. Y pensĂ© en lo frĂ¡gil que es todo. En cĂ³mo un "mañana lo hago" puede marcar la diferencia entre seguir la rutina o no volver a casa.

A veces los milagros no vienen con luces ni Ă¡ngeles... vienen con una manguera de aire y un tĂ©cnico llamado Wilfredo.

Conduje de regreso con mĂ¡s suavidad que nunca. No por miedo, sino por gratitud. Porque entendĂ­ que vivir no es avanzar sin pausa, sino tambiĂ©n saber cuĂ¡ndo frenar.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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