Antes de Aprender


Negros problemas de comunicaciĂ³n

La Molina, era una medianoche del 2008. El aire olía a humedad, cansancio y cigarro a medio apagar. La niebla, esa vieja compañera de Lima, caía como una cortina sobre las luces de la avenida. Yo acababa de salir del trabajo, de esos turnos interminables que acaban cuando ya no queda nadie en los pasillos y los monitores parpadean en silencio. Era joven, soltero, y todavía no sabía que el insomnio laboral se parece mucho a la soledad.

La empresa tenĂ­a la cortesĂ­a de llevarnos a casa en movilidad. Yo, fiel a la rutina, esperaba la unidad 22. Pero esa noche, la suerte —o el azar que juega con los cansados— me asignĂ³ la unidad 37, la movilidad mĂ¡s temida. Su conductor era un hombre grande, de piel muy oscura del tipo que ahora llaman "afroperuana" pero en aquel entonces solĂ­amos llamar mĂ¡s duramente, su carĂ¡cter aĂºn mĂ¡s oscuro. Nunca supe su nombre. Solo sabĂ­a que discutĂ­a con todo: con el trĂ¡nsito, con los pasajeros, con la mĂºsica, con la vida. Y esa noche, conmigo.

—Buenas noches —le dije al acercarme, buscando mi nombre en la lista.
Solo hubo silencio.
—Buenas noches —repetĂ­, creyendo que quizĂ¡ no me escuchaba.
Me mirĂ³ de reojo y con voz solemne respondiĂ³:
—Buenos dĂ­as.

CreĂ­ haber entendido mal e insistĂ­;
—PerdĂ³n, ¿cĂ³mo dijo?
—Buenos dĂ­as, señor —repitiĂ³ con una seguridad que rozaba la santidad.

Intenté nuevamente:
—No, no, buenas noches.
—Buenos dĂ­as.
—Pero si es de noche.
—Son las doce y cinco, señor. Ya es dĂ­a.

El diĂ¡logo se convirtiĂ³ en un duelo absurdo:
—Buenas noches.
—Buenos dĂ­as.
—Buenas noches.
—Buenos dĂ­as.
—¡Es de noche!
—¡Pero es dĂ­a!

Hasta que la lĂ³gica se rindiĂ³ y el silencio ganĂ³. Yo, aferrado a mi sentido del tiempo; Ă©l, defendiendo el suyo como si fuera bandera. FirmĂ© la hoja con resignaciĂ³n, subĂ­ al auto y mirĂ© por la ventana cĂ³mo Lima seguĂ­a igual de gris, igual de terca.


Durante años contĂ© esa anĂ©cdota con sarcasmo. Era mi historia favorita de turno tarde: la prueba viviente de que hay personas con las que simplemente no se puede razonar. Pero con el tiempo —con las arrugas, las canas y los silencios que dejan los años— entendĂ­ que tal vez no era Ă©l el terco. O tal vez ambos lo Ă©ramos. Porque la verdad, despuĂ©s de todo, es un animal indomable: no vive en los relojes ni en los argumentos, vive en la percepciĂ³n de quien la mira.

Él tenĂ­a razĂ³n: el calendario lo respaldaba, el reloj tambiĂ©n. Yo tambiĂ©n tenĂ­a razĂ³n: la noche seguĂ­a ahĂ­, el cielo era negro, el cansancio era real. ¿QuiĂ©n estaba equivocado? Ninguno. O los dos.

Hoy, tantos años despuĂ©s, pienso que aquel encuentro fue una pequeña metĂ¡fora de la vida —y del amor—. Hay quienes entienden el mundo desde la razĂ³n exacta del reloj, y quienes lo entienden desde la emociĂ³n que los habita. Algunos saludan con la mente despierta; otros con el alma dormida. Y en ambos casos, el saludo es verdadero.

Lo mismo pasa con el amor: unos lo viven como claridad; otros, como sombra. Yo siempre creĂ­ que amar era quedarse, resistir, cuidar. Pero aprendĂ­ —por ella, por el tiempo, por mĂ­ mismo— que hay personas que aman distinto, que necesitan irse para sentirse libres, o callar para no romperse. Y no estĂ¡n equivocadas. Solo aman con otro idioma.

“La verdad, igual que el amor, se fragmenta en versiones. Cada quien defiende la suya, creyendo que es la Ăºnica.”

A veces pienso que entre ese chofer y yo no hubo una pelea de palabras, sino un reflejo de los desencuentros que despuĂ©s vivirĂ­a en la vida y el amor. Él decĂ­a “buenos dĂ­as” con convicciĂ³n; yo decĂ­a “buenas noches” con certeza. Y, sin embargo, ambos mirĂ¡bamos el mismo cielo. AsĂ­ tambiĂ©n nos pasa a quienes amamos desde lugares distintos: miramos el mismo sentimiento, pero lo nombramos de forma diferente. Yo lo llamĂ© permanencia, ella lo llamĂ³ espacio. Yo creĂ­ en quedarse, ella en respirar. Y tal vez, como aquel hombre y yo, los dos tenĂ­amos razĂ³n. O ninguno.

El amor, igual que aquella medianoche en La Molina, sigue siendo un punto medio entre la luz y la oscuridad. Y yo, con los años, entendĂ­ que no hay error en sentir diferente, que incluso cuando uno dice “buenas noches” y el otro responde “buenos dĂ­as”, lo importante no es quiĂ©n tiene la razĂ³n, sino que —por un instante— ambos miran el mismo cielo.

“A veces el amor tambiĂ©n es eso: dos verdades mirando el mismo cielo desde Ă³pticas distintas.”

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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