El orden y la tormenta
Mi mente siempre fue una especie de taller donde todo tiene un propĂ³sito. AhĂ dentro, las ideas se alinean como soldados que esperan instrucciones. No hay espacio para la improvisaciĂ³n, no hay desorden permitido. Cada cosa tiene su sitio, cada sentimiento su lĂmite, cada pensamiento su medida. Es el Ăºnico territorio donde no siento que el mundo me pesa. AhĂ estĂ¡n mis principios, mis valores, mi Ă©tica. AhĂ vive el hombre que siempre intento ser incluso cuando la realidad me contradice.
Pero afuera, en lo tangible, el orden se disuelve. La habitaciĂ³n se desarma en un dĂa, los platos se acumulan como si contaran las horas que me faltan de energĂa, y los objetos parecen conspirar para recordarme que el control es una ilusiĂ³n. El cuerpo se fatiga, la voluntad se extravĂa, y el caos gana terreno. A veces no es pereza, es tristeza; otras veces es simplemente agotamiento del alma. El orden de mi mente no alcanza para sostener el desorden del mundo.
Ella era todo lo contrario. VivĂa en un universo donde la limpieza era un lenguaje. El polvo no duraba, las cosas respiraban en su lugar, las sĂ¡banas parecĂan reciĂ©n puestas incluso al final del dĂa. Era como si cada acto domĂ©stico fuera un intento de domar el caos que la habitaba por dentro. Su mente, a diferencia de la mĂa, era una constelaciĂ³n desordenada de ideas que chocaban entre sĂ, una tormenta de pensamientos que nunca encontraba reposo. Su ansiedad no dormĂa. Sus emociones no descansaban. Cada hora era una nueva batalla entre lo que imaginaba y lo que temĂa.
A veces pensaba que su mundo era un templo erigido sobre ruinas invisibles. Ella pulĂa el exterior como quien intenta que el brillo contenga la oscuridad interna. Y en cierto modo lo lograba. Porque su orden fĂsico era su forma de sobrevivir.
Yo, en cambio, sobrevivĂa desde dentro. Desde la estructura invisible de mi mente, desde la lĂ³gica que no siempre me salvaba, pero me mantenĂa cuerdo. Y tal vez por eso nos encontramos. Porque lo que le faltaba a uno, el otro lo tenĂa en exceso.
Yo era el arquitecto de las formas; ella, la corriente que las derribaba para ver quĂ© habĂa debajo.
Nos equilibrĂ¡bamos sin saberlo. Yo buscaba en ella la libertad que me negaba; ella buscaba en mĂ la calma que no conocĂa. Mi mente la organizaba, su caos me humanizaba. Y cuando nuestras naturalezas se entrelazaban, el mundo parecĂa respirar distinto.
Tal vez, si existiera en el Derecho una figura para esto, se llamarĂa colisiĂ³n de naturalezas: dos principios que en teorĂa se contradicen, pero que en la prĂ¡ctica se complementan hasta que la realidad los obliga a separarse.
HabĂa en sus manos una energĂa que yo no podĂa comprender. Era fuego. Fuego que creaba, destruĂa, imaginaba, temĂa. Yo la observaba fascinado por su modo de vivir en lo incierto; ella se recostaba sobre mi pecho buscando el silencio que su mente no podĂa darle.
Pero todo equilibrio es efĂmero. Porque ni el fuego puede quedarse quieto, ni la piedra puede seguir al viento. Y asĂ, poco a poco, el desajuste se hizo costumbre. Ella comenzĂ³ a huir de su propio torbellino y yo, de mi exceso de control. Nos perdimos en el punto medio: donde el caos ya no inspiraba y el orden ya no protegĂa.
Yo ponĂa las lĂneas, ella los colores. Pero cuando se fue, el cuadro se quedĂ³ sin movimiento, y la estructura, sin alma.
A veces pienso que fuimos un ejercicio del destino para demostrarnos que el equilibrio existe, pero no dura. Que hay mentes que se buscan para enseñarse lo que les falta, aunque el aprendizaje duela mĂ¡s que la pĂ©rdida.
Ella era una tormenta en un frasco de perfume; yo, una brĂºjula con miedo a perder el norte. Y en algĂºn punto, durante un tiempo que no sabrĂa medir, el caos y el orden fueron la misma cosa. Fueron, quizĂ¡, amor.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro


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