El hombre que fui


Inspirado en un texto que escribĂ­ en 2005, cuando aĂºn confundĂ­a la ironĂ­a con el coraje.

Hay textos que envejecen contigo, otros que maduran antes que tĂº. En el 2005 escribĂ­ uno que se llamaba “PresentĂ¡ndome”, aunque en realidad no me presentaba: me defendĂ­a. Era una lista de gustos, manĂ­as, ironĂ­as y pequeñas rebeliones que pretendĂ­an describirme sin mostrarme. AĂºn no sabĂ­a que uno no se define por lo que dice, sino por lo que calla.

LeĂ­do hoy, parece una especie de inventario emocional de aquel hombre que fui: el que fumaba compulsivamente, vivĂ­a solo, coleccionaba encendedores y frases cortantes, y tenĂ­a el talento de esconder la melancolĂ­a detrĂ¡s del sarcasmo. Era una versiĂ³n acelerada de mĂ­ mismo: todo el tiempo a medio camino entre la risa y el cansancio.

El Carlos del 2005 no se tomaba nada en serio —ni siquiera a sĂ­ mismo—. ReĂ­a fuerte, hablaba rĂ¡pido, y escribĂ­a como si quisiera convencer al mundo de que nada podĂ­a afectarlo. DecĂ­a que le aburrĂ­a la gente tonta, los diminutivos, los programas cĂ³micos y las mujeres voluptuosas. Era un hombre que tenĂ­a una opiniĂ³n para todo, pero respuestas para muy poco. Y sin embargo, en medio de su ironĂ­a, se notaba una lucidez precoz: sabĂ­a exactamente quĂ© no querĂ­a ser, aunque aĂºn no tuviera idea de quiĂ©n serĂ­a.

“Solo una persona en este mundo me conoce tal cual, el resto solo lo cree.”
— Carlos, 2005.

Esa frase, que en su momento fue una provocaciĂ³n, hoy me parece una sĂºplica disfrazada. DetrĂ¡s de esa seguridad, habĂ­a un hombre que querĂ­a ser visto sin ser juzgado, comprendido sin tener que explicarse. Y si pienso bien, ese sigue siendo mi motor al escribir: el deseo de que alguien, en algĂºn punto del camino, entienda la complejidad sin huir.

El 2005: el tiempo del ruido

Recuerdo perfectamente cĂ³mo eran mis dĂ­as. VivĂ­a entre el humo, los miedos disfrazados de autosuficiencia, las madrugadas sin sueño y las conversaciones con amigos que ya no veo. La soledad era cĂ³moda, como un cuarto ordenado al que nadie entraba sin permiso. La independencia era una forma de orgullo; no sabĂ­a que tambiĂ©n podĂ­a ser una herida.

Todo lo decĂ­a con humor. Si hablaba de mis alergias, mis rarezas o mis vicios, lo hacĂ­a riendo. Era mĂ¡s fĂ¡cil asĂ­. HabĂ­a construido una versiĂ³n de mĂ­ que parecĂ­a impermeable: el tipo que lo sabe todo, que lo puede todo, que se burla del mundo mientras le da la espalda. Era joven, sĂ­, pero sobre todo era inconsciente de su fragilidad.

Y sin embargo, incluso entonces había poesía escondida entre las líneas. Aquel Carlos, sin darse cuenta, estaba creando su propia voz: la que muchos años después usaría para escribir sobre el amor, la pérdida y la ternura. Porque todo sarcasmo esconde una sensibilidad que no se atreve a mostrarse.

El 2025: el tiempo del silencio

Hoy miro atrĂ¡s con afecto. El Carlos de ahora no fuma, no corre, no grita su independencia. Ha aprendido que la paz no se consigue ganando discusiones, sino entendiendo silencios. Ya no necesita tres celulares, tampoco fumar ni llenar los vacĂ­os con ironĂ­as. Ahora escribe despacio, mira mĂ¡s, escucha mĂ¡s.

He cambiado el exceso por el equilibrio. Donde antes habĂ­a un comentario sarcĂ¡stico, hoy hay una reflexiĂ³n. Donde antes habĂ­a prisa, hoy hay pausa. Y aunque la vida ha puesto cicatrices, tambiĂ©n me ha enseñado a quererlas.

Hoy entiendo que la madurez no llega con los años, sino con la capacidad de mirarse con compasiĂ³n. Y eso es lo que mĂ¡s diferencia a aquel Carlos del de ahora: antes me juzgaba; hoy me entiendo. Antes hablaba con rabia del mundo; hoy hablo del mundo con ternura. Y esa ternura, paradĂ³jicamente, tambiĂ©n viene de haber conocido el dolor.

ConversaciĂ³n entre dos tiempos

A veces imagino un diĂ¡logo entre ambos. El Carlos de 2005 encendiendo un cigarro y riĂ©ndose de todo, y el de 2025, tranquilo, con una taza de cafĂ© entre las manos. El primero dirĂ­a:

— Eres mĂ¡s serio de lo que pensĂ©.
— No, solo aprendĂ­ a estar en silencio sin sentirme solo.

El joven se burlaría del tono poético, y el mayor sonreiría, sabiendo que aquel humor fue su primera defensa contra la tristeza. No se odiarían. Se reconocerían. Uno ve en el otro su raíz y su destino.

Porque aquel sarcasmo me enseĂ±Ă³ a observar, y esa observaciĂ³n me salvĂ³. Aquel desdĂ©n por la superficialidad me preparĂ³ para amar lo profundo. Y ese deseo de pasar desapercibido me convirtiĂ³, sin saberlo, en alguien que escribe desde las sombras para alumbrar recuerdos.

El hombre que seré

No sĂ© cĂ³mo serĂ© dentro de otros veinte años, pero me gusta pensar que seguirĂ© escribiendo. Que aĂºn recordarĂ© al Carlos de 2005 como a un hermano menor: terco, brillante, irĂ³nico, algo perdido, pero profundamente humano. Y que cada vez que vuelva a leer ese texto llamado “PresentĂ¡ndome”, no me dĂ© vergĂ¼enza, sino gratitud. Porque aquel hombre fue el borrador de este. Y este —el de ahora— es la versiĂ³n que aprendiĂ³ a amar sus errores, a reconciliarse con sus pasados y a escribir con el alma en lugar de con la defensa.

“El hombre que fui todavĂ­a vive en mĂ­, pero ya no toma decisiones. Solo me acompaña y sonrĂ­e, como si por fin entendiera que el viaje valiĂ³ la pena.”
“A veces el crecimiento no se nota en lo que ganamos, sino en lo que dejamos de necesitar para sentirnos vivos.”

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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