Fragmentos de espejismo


Las cosas que aĂºn me hacen feliz

Hay dĂ­as en los que me descubro pensando que la felicidad es un espejismo que se aparece solo cuando uno deja de buscarla. Ya no la persigo. Simplemente la dejo venir, como se deja entrar a la brisa por la ventana abierta, sin miedo a que enfrĂ­e demasiado la habitaciĂ³n. Porque aprendĂ­ que la felicidad no es un estado, es un suspiro. Y los suspiros duran poco, pero dejan huellas.

A veces llega en forma de aroma: el cafĂ© reciĂ©n hecho en las mañanas frĂ­as, el olor de la lluvia sobre el asfalto, el perfume de vainilla que una vez reconocĂ­ en una piel que aĂºn recuerdo. Otras veces llega en silencio, con el sonido del viento colĂ¡ndose entre las cortinas o con el tic tac insistente del reloj cuando la casa estĂ¡ dormida. En esos instantes, el mundo parece quedarse quieto, como si esperara que yo tambiĂ©n respirara despacio.

Me hace feliz ver a Luciana —Camille, como insiste que la llame— correr hacia mĂ­ con esa sonrisa que todavĂ­a conserva algo de niña. Su risa tiene un poder que desconozco: puede devolverme al centro, incluso cuando todo parece derrumbarse. A veces pienso que fue ella, y no yo, quien vino a salvarme de mĂ­ mismo.

TambiĂ©n me hacen feliz los libros viejos, las pĂ¡ginas amarillentas que huelen a tiempo, las frases subrayadas por alguien que nunca conocerĂ©. Leer es conversar con fantasmas amables. 

Hay una dicha secreta en el silencio de la madrugada, cuando el mundo parece pertenecerme por un rato. En ese silencio nacieron casi todos mis textos. Ahí también aprendí a escucharme sin miedo, a reconciliarme con mis sombras, a escribir lo que no pude decir cuando la tenía frente a mí.

El vino tinto en las noches frĂ­as, el humo que sube en espiral, la mĂºsica que se cuela desde algĂºn rincĂ³n del alma. Los acordes de The Cranberries o de Regina Spektor que me devuelven recuerdos que no quiero borrar. SĂ­, incluso ella —el lirio—, porque su nombre sigue flotando en algunas canciones, aunque ya no duela tanto escucharlas.

A veces la felicidad se parece a Rose, mi gata, durmiendo sobre mi pecho, ajena al ruido del mundo. Su respiraciĂ³n pausada me recuerda que la calma no estĂ¡ en los lugares, sino en las presencias.

TambiĂ©n soy feliz cuando conduzco sin destino, con la ciudad extendiĂ©ndose ante mĂ­ y el cielo cubriĂ©ndose de neblina. El sonido del motor, la mĂºsica baja, las luces lejanas: todo eso me recuerda que, aunque el camino cambie, sigo moviĂ©ndome. Y moverse —en cuerpo o en alma— siempre ha sido una forma de sobrevivir.

No lo niego: tambiĂ©n me hace feliz escribir. Tal vez porque en la escritura encuentro refugio, o quizĂ¡ porque al escribir dejo de ser yo para convertirme en todos los que fui. Hay algo de mĂ­stico en eso, como si las palabras tuvieran su propia alma, y cada una supiera exactamente dĂ³nde doler y dĂ³nde sanar.

Y sĂ­, el recuerdo del lirio tambiĂ©n me hace feliz. No porque todo haya sido perfecto, sino porque lo fue a su manera. Ella me enseĂ±Ă³ que el amor no siempre se queda, pero siempre deja algo. A veces, solo la certeza de haber sentido con todo el cuerpo, con todo el miedo y con toda la fe.

“A veces pienso que el universo se compone de pequeños instantes que solo existen para recordarnos que una vez fuimos capaces de amar.”
(Fragmento de mis notas de 2024)

Al final, creo que la felicidad no es mĂ¡s que eso: un collage de instantes que se pegan en la memoria con el pegamento invisible del afecto. No todos los dĂ­as son buenos, pero cada uno guarda algo rescatable. Y cuando la tristeza me visita —que lo hace a menudo—, solo tengo que cerrar los ojos y dejar que alguna de esas pequeñas cosas vuelva a mĂ­, como una brisa suave que sabe exactamente por dĂ³nde entrar.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

Publicar un comentario

0 Comentarios

zheard