Segunda parte de una historia que nunca dejó de doler.
Este texto continúa lo que empecé en “La ladrona de libros I”. Ya no escribo desde el impulso, sino desde la calma que llega después del torbellino. No busco reproches ni explicaciones: solo dejar por escrito lo que aprendí al amar, acompañar y finalmente aceptar. Si algo de estas líneas te toca, que sea la parte serena: la que entiende que a veces el cariño no termina, solo cambia de lugar.
Hay días en los que pienso que todo esto fue solo un sueño, uno de esos que te dejan una sensación extraña al despertar. A veces me cuesta creer que tanta ternura, tanta complicidad, se haya convertido en silencio. No en distancia física, sino en ese tipo de distancia que se siente cuando dos miradas ya no se buscan igual.
No sé en qué momento empezó a irse. Quizá fue tan poco a poco que ni ella ni yo lo notamos. Un día simplemente dejó de escribir temprano, otro día ya no quiso salir, y al siguiente su voz sonaba apagada, como si hablarle al mundo le pesara. Y yo, que la conocía en cada gesto, sabía que estaba cayendo en uno de esos pozos donde el alma se le hunde sin avisar.
Me esforcé tanto por sostenerla, por ayudarla a no romperse. Fui su oído, su compañía, su calma cuando sus tormentas amenazaban con arrastrarlo todo. Pero también fui su desahogo, su saco de box, el que escuchaba los gritos, el que aguantaba la furia cuando el dolor se disfrazaba de rabia. Nunca supe si lo hacía bien, si mis palabras ayudaban o solo la asfixiaban más. A veces sentía que la estaba perdiendo, y otras, que por un momento volvía a mí solo para recordarme que aún podía hacerla sonreír.
Me pregunto si alguna vez se dio cuenta de lo mucho que la quise. No de ese amor romántico de películas, sino de ese amor real, torpe, lleno de cansancio y paciencia. El amor de quedarse incluso cuando ya duele, de acompañar sin condiciones, de entender sin exigir. El amor que no pide nada más que verla bien, aunque eso signifique verla lejos.
Hoy ya no espero sus mensajes. Ya no reviso el teléfono pensando si leerá lo que escribí. Pero igual, en algún rincón, sigo pendiente. Como si una parte de mí no pudiera soltar del todo. Porque aunque me repita que ella no está preparada, que su vida es un caos que no puedo ordenar, el corazón se niega a cerrar esa puerta. Y a veces, sin querer, la nostalgia entra y se sienta a mi lado.
He aprendido que no se puede salvar a quien no quiere ser salvado, y que amar a alguien roto no garantiza que te deje quedarte mientras sana. Ella lucha con algo que va más allá de mí, de nosotros. Y aunque duela, tengo que aceptar que mi papel no era cambiar su historia, sino acompañarla un tramo. Ser ese pedazo de calma en medio del ruido.
No la juzgo. Sé que carga con más de lo que puede decir. Sé que cada vez que huye no lo hace por falta de cariño, sino por miedo. Y aunque me duela, entiendo. Porque si algo me enseñó amarla, es que a veces el amor no cura, solo enseña a mirar con ternura lo que no se puede arreglar.
Hoy la extraño, pero ya no con desesperación. La extraño con ese tipo de tristeza serena que llega cuando uno entiende que algo se terminó, pero fue real. Y si alguna vez vuelve, si alguna vez la vida la trae de nuevo, ojalá sea porque encontró paz. Porque aprendió a quererse sin tanto dolor, sin tanto peso. Y si no vuelve, igual está bien. Porque al final, aunque no lo sepa, sigue siendo parte de todo lo bueno que aún me queda.
Yo sigo aquí, con el corazón cansado pero entero. Ya no la espero como antes, pero tampoco la olvido. Solo dejo que el tiempo haga lo suyo, que la distancia acomode las cosas, y que el amor, ese amor que me queda, se convierta en algo más tranquilo.
Quizá algún día lea esto, o quizá no. Pero si lo hace, quiero que sepa que la recuerdo sin rencor, con la misma ternura de siempre, y con la esperanza —aunque mínima— de que algún día pueda mirar atrás y sonreír sin dolor.
— Carlos, octubre 2025
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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