Un recuerdo que huele a tiza y sol… El primer amor, cuando bastaba mirar para creer en la belleza.
TenĂa yo entre diez y once años cuando el mundo todavĂa era un patio de recreo con olor a tiza y pan caliente. Aquella mañana entrĂ³ al aula una niña nueva. Su nombre sonĂ³ sencillo, pero al pronunciarlo sentĂ que algo se movĂa dentro de mĂ, como si la infancia hubiera encontrado un motivo para latir mĂ¡s fuerte.
EligiĂ³ sentarse en el extremo izquierdo del salĂ³n, justo donde la luz del dĂa entraba con suavidad. El sol, curioso, iluminaba su cabello negro y lo convertĂa en un manto de oro. Yo, apenas un niño, la miraba con la inocencia de quien reciĂ©n comprende que existe algo mĂ¡s bello que los juegos: la posibilidad de amar sin entenderlo.
Cada mañana era la misma escena y, sin embargo, nunca igual. El sol entraba oblicuo por la ventana del aula, tropezando con los pupitres hasta encontrarla a ella. HabĂa en su forma de estar sentada una serenidad casi etĂ©rea, como si supiera que la luz la buscaba. Su cabello, negro y liso, recogĂa cada destello del amanecer, y por momentos parecĂa un rĂo oscuro cruzado por hilos de oro.
Cuando giraba un poco la cabeza o se inclinaba sobre el cuaderno, el reflejo la envolvĂa y el aire parecĂa detenerse, reverente. Yo la miraba en silencio, con la inocencia de quien no sabe explicar lo que siente, pero comprende que algo importante estĂ¡ sucediendo. Aquella imagen —el brillo, la quietud, su sombra alargĂ¡ndose sobre su carpeta— se quedĂ³ tatuada en mi memoria como una fotografĂa que el tiempo nunca ha podido desteñir.
Desde entonces cada mañana tuvo sentido. Despertar era un privilegio porque me esperaba su presencia, esa pequeña eternidad que duraba lo que tardaba en entrar la profesora y empezar la clase.
“Los primeros amores no se buscan, se tropiezan con la luz.”
Con el tiempo, cambiĂ³ de lugar y se sentĂ³ adelante, al lado de una compañera amable llamada Edith. Yo seguĂa atrĂ¡s, junto a Gustavo, amigo fiel de mi infancia. Aquellas carpetas bipersonales eran territorios donde nacĂan las lealtades, las risas y los silencios cĂ³mplices. Desde mi sitio la observaba, fingiendo mirar el pizarrĂ³n, pero en realidad memorizando los movimientos de su cabello al viento de la ventana.
Un dĂa, el impulso me venciĂ³. No sabĂa hablar de amor, asĂ que lo expresaba con el gesto mĂ¡s tonto y puro: tocarle el cabello. No era un juego ni una travesura, era un acto de adoraciĂ³n infantil. Mi mano apenas rozaba esos hilos oscuros, temblorosa como quien toca algo sagrado. La profesora Adela no entendĂa mis devociones y me reprendĂa con severidad: “¡La mano de los hombres malogra el cabello de las chicas!”. Desde entonces supe que algunos mitos no mueren, solo cambian de forma. Ella —mi musa de once años— no decĂa nada, no parecĂa molesta. Tal vez tambiĂ©n intuĂa que aquel niño no querĂa dañarla, solo asegurarse de que existĂa.
“El primer amor es torpe, pero sincero; no conquista, cuida.”
VivĂ un amor callado, de esos que se esconden tras los cuadernos y las tareas. Nunca me atrevĂ a decĂrselo. Solo la acompañaba, caminando cerca, sin palabras. Los niños de esa Ă©poca no tenĂamos discursos, ni sabĂamos inventar excusas para acercarnos. Lo mĂo era un amor silencioso, pero constante; una especie de guardia del alma que se instala sin permiso.
El año siguiente me llevĂ³ lejos: una escuela militar, una vida mĂ¡s rĂgida, un mundo nuevo donde ya no estaba ella. El uniforme reemplazĂ³ las tardes soleadas y su ausencia se volviĂ³ una sombra persistente en el corazĂ³n. Pasaron los años, el tiempo se volviĂ³ adulto, y un dĂa la vida —esa gran cĂ³mplice de los reencuentros— la trajo de vuelta. Ambos habĂamos terminado la secundaria, y entre palabras torpes y sonrisas viejas confesĂ© lo que habĂa callado tanto tiempo.
Aquella noche nos besamos en un puente, sobre una autopista donde los autos corrĂan a mĂ¡s de ochenta kilĂ³metros por hora. El viento nos cortaba la piel, pero habĂa calor en nuestras manos. Nos prometimos mucho, como solo los jĂ³venes saben hacerlo: creyendo que el amor basta. Pero a los diecisĂ©is años no se tienen herramientas, solo ilusiones. Ella cargaba su historia, buscaba respuestas en lugares lejanos. Yo tenĂa mis propias batallas, mis dudas, mis vacĂos. El destino, como un rĂo que bifurca su cauce, nos separĂ³ otra vez.
“Los amores jĂ³venes no se pierden: se transforman en memoria.”
Años despuĂ©s supe que la vida la llevĂ³ a Italia. A veces me pregunto si alguna mañana, mientras el sol toca su rostro, recuerda aquel salĂ³n iluminado desde la izquierda. Yo aĂºn puedo verla: una niña de cabello negro envuelta en un resplandor que parecĂa no pertenecerle a la tierra.
Y cada vez que lo recuerdo, sonrĂo. Porque hay amores que no buscan quedarse, solo enseñarte cĂ³mo se siente el alma cuando descubre por primera vez la belleza.

Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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