No sé en qué momento dejé de esperar algo de ella y empecé, simplemente, a recibir lo que viniera.
Tal vez fue cuando comprendà que hay amores que no se pueden moldear, que llegan con su propio caos y te arrebatan la paz, pero también te dan una forma nueva de sentir.
Anoche volviĂ³. No con palabras dulces ni con promesas. VolviĂ³ con el cansancio pintado en el rostro, con el cuerpo tenso, con ese aire que mezcla orgullo y rendiciĂ³n. TraĂa en los ojos algo parecido al agotamiento… y en el gesto, ese modo suyo de estar y no estar al mismo tiempo.
Me dijo que le dolĂa la cabeza, que sentĂa nĂ¡useas. Pero tambiĂ©n me dijo que tenĂa hambre, y esa simple confesiĂ³n me bastĂ³ para entender que detrĂ¡s de todo su desorden emocional todavĂa hay una chispa de vida que se resiste a apagarse. Le ofrecĂ quedarnos en casa. Y aceptĂ³.
Mientras cocinaba, la escuchĂ© moverse por la casa como si nunca se hubiera ido. DejĂ³ sus cosas sobre la cama, se soltĂ³ el cabello, se despojĂ³ del sostĂ©n, del pantalĂ³n, del peso que traĂa en el alma. Me pidiĂ³ una manta y unos calcetines limpios, y por un instante, el tiempo se detuvo. ParecĂa otra vez la misma mujer que dormĂa en mi pecho cuando todo era mĂ¡s simple, cuando creĂamos que bastaba con quererse.
Esa confianza suya me desarma. Esa forma en la que puede despojarse del mundo frente a mĂ, sin pudor ni explicaciĂ³n. No hay erotismo en eso, sino una pureza casi infantil, una entrega silenciosa que me recuerda por quĂ© nunca he podido cerrar la puerta del todo.
CenĂ³ tranquila. No hablamos mucho. Yo la miraba, y en su rostro cansado podĂa ver la huella de sus tormentas. En sus silencios hay mĂ¡s verdad que en cualquier palabra. Y cuando el sueño la venciĂ³, apenas alcancĂ© a cubrirla con una manta. La llevĂ© a la cama, como quien protege lo que ama, sin esperar nada mĂ¡s que su respiraciĂ³n acompasada al lado mĂo.
DormĂa profundamente, casi como una niña perdida que por fin encuentra reposo. Yo, mientras tanto, sentĂa esa vieja mezcla de ternura y deseo, de tristeza y plenitud. Porque sĂ, la deseaba. Y sin embargo, me contuve. No por miedo, sino por respeto. Porque cuando uno ama de verdad, aprende que hay momentos en los que el cuerpo se silencia para que el alma hable.
Y el alma, la mĂa, decĂa que aĂºn la amo. Con una calma extraña, con un amor cansado pero vivo, como un lirio que crece en medio del invierno.
A veces pienso que ella no vuelve por mĂ, sino por la paz que encuentra en mi presencia. Pero esa paz es lo Ăºnico que tengo para darle, y se la doy sin condiciĂ³n. Y aunque sĂ© que en unos dĂas se irĂ¡ otra vez, que volverĂ¡ a perderse en su propio laberinto, no puedo negarle este refugio. Porque ella, aunque no lo diga, sigue regresando a este lugar cuando el mundo se le vuelve insoportable.
Y yo, que alguna vez quise salvarla, ahora solo quiero acompañarla. Saber que mientras duerme aquĂ, nada malo le pasa. Saber que, por una noche, la vida se detuvo y el dolor se hizo silencio.
QuizĂ¡ eso sea amar a alguien como ella: esperarla sin exigirle, cuidarla sin tocarla, amarla sin nombrarla. Verla volver con los ojos nublados y aun asĂ sonreĂr porque sigue viva, porque sigue intentando, porque a su manera tambiĂ©n me quiere.
Anoche, mientras la observaba dormir, pensĂ© en todo lo que fuimos y lo que ya no seremos. Y sentĂ que el amor no muere… solo cambia de forma. Ya no es fuego, ahora es abrigo. Ya no quema, pero todavĂa calienta.
Ella, con su caos, con sus silencios, con sus huidas, sigue siendo mi centro. Y aunque duela admitirlo, si alguna vez vuelve a tocar mi puerta, la volverĂ© a abrir. Porque hay amores que no se eligen dos veces. Y porque, aun sabiendo que se irĂ¡, nunca dejarĂ© de esperarla.

Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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