Ladrona de Libros 4 | ¿Cómo se destruye un amor así?


¿Cómo se destruye un amor así?

No lo sé. Todavía no lo entiendo del todo. Quizás el amor no se destruye de golpe, sino que se va astillando en pequeñas traiciones cotidianas: en los silencios que duran más de lo normal, en las respuestas frías, en la indiferencia que se disfraza de cansancio. A veces no hay un día exacto en el que todo se rompe, sino una sucesión de días en los que uno empieza a sentir que ya no es necesario, que su presencia pesa más de lo que acompaña.

Yo la amé. No lo digo con orgullo ni con vergüenza; lo digo con esa calma amarga de quien sabe que dio todo lo que tenía. La amé con ternura, con paciencia, con esa mezcla de fe y dolor que solo se tiene cuando uno cree de verdad que el amor puede curar algo. Pero el amor no siempre cura; a veces solo acompaña mientras el otro se desangra sin querer ser salvado.

Ella tenía una manera de estar y no estar. Podía ser el silencio más cálido y, al mismo tiempo, el ruido más hiriente. Había días en los que parecía necesitarme, en los que su mirada buscaba refugio en la mía… y luego, sin aviso, se cerraba, se apartaba, me dejaba con las manos llenas de preguntas. Yo siempre creí que su distancia era miedo, no desinterés. Y quizás fue así. Pero el miedo también destruye. El miedo convierte la ternura en sospecha, los gestos en cadenas, la cercanía en amenaza.

No sé cuántas veces la esperé. Esperé que me respondiera, que regresara, que me mirara como antes. Esperé tanto que terminé olvidando cómo era vivir sin esperar. Y sin embargo, cada vez que volvía, algo en mí se encendía otra vez. Una parte ingenua, testaruda, seguía creyendo que esta vez sería diferente. Pero siempre fue igual: venía, me removía todo, y se iba dejándome más vacío que antes.

Dicen que cuando uno ama a alguien inestable, el amor se vuelve una especie de adicción. Te acostumbras a los altibajos, a la intensidad, a la angustia, y confundes eso con pasión. Yo caí en esa trampa. Creí que resistir era amar más, que aguantar era prueba de amor. Pero ahora lo entiendo: el amor que duele demasiado no crece, solo se desgasta. Y yo me desgasté queriéndola.

A veces pienso que lo que más duele no es que se haya ido, sino que siga existiendo sin mí. Que respire, ría, suba fotos, se pinte el cabello, salga con otros… como si nada de lo nuestro hubiera existido. Como si mi amor hubiera sido apenas un paréntesis en su vida y no el eje en torno al cual giraban mis días. Pero no puedo odiarla. No puedo. Porque odiarla sería negar todo lo que sentí, y eso sería negarme a mí mismo. Y si algo aprendí de este amor, es que uno no deja de amar de golpe; solo aprende a hacerlo desde más lejos, más despacio, más en silencio.

Ella destruyó algo hermoso, sí. Pero quizás no lo hizo con crueldad, sino con torpeza. Quizás nunca entendió lo que tenía entre las manos. Y yo… yo tampoco supe soltar a tiempo. Me aferré al recuerdo de lo que fuimos, sin aceptar que ya no éramos eso.

Ahora me queda la nostalgia, esa forma suave del dolor que se instala sin permiso y que, con el tiempo, se convierte en compañía. La nostalgia es lo único que no me pide nada, que no grita, que no hiere. Solo me recuerda —cada tanto— que hubo un tiempo en que mi corazón latía más fuerte por alguien que nunca aprendió a sostenerlo.

Y aunque duela, sigo agradecido. Porque incluso en su caos, incluso en su huida, ella me enseñó de qué está hecho el amor cuando se entrega sin medida. Y también, de qué está hecho el hombre que sobrevive después de verlo morir.

“Hay amores que no mueren; solo se quedan dormidos en el rincón más tierno de lo que fuimos.”

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

Publicar un comentario

0 Comentarios

zheard