Cuando llovían memorias
No recuerdo con exactitud cuándo empezó a llover esa noche. Quizá fue después de una de nuestras conversaciones, o tal vez mientras guardábamos silencio. Pero la lluvia, como casi siempre, nos acompañó pues lo nuestro nació y creció en el frío invierno. A veces pienso que fue un espejo de lo que éramos: un cielo que no sabía contenerse, un desborde inevitable.
En esos días, mi auto fue más que un medio de transporte; fue refugio, confesionario, testigo. Dentro de él nos resguardábamos del mundo. La ciudad pasaba a nuestro alrededor como una película muda mientras ella, recostada en el asiento, me hablaba de sus miedos, de sus recuerdos, de la niebla que a veces cubría su mente. Yo escuchaba, sin buscar respuestas. Había aprendido que lo que ella necesitaba no era una solución, sino un espacio donde no doliera tanto existir.
En uno de mis escritos antiguos, cuando aún no sabía que todo se repetiría, escribí:
“Nos encontramos en el filo de la noche, donde la tristeza y la calma se abrazan. Ella mira por la ventana y no sabe que la estoy observando, que intento memorizar el temblor de su respiración.”
Hoy, al releerlo, descubro que no hablaba de una noche cualquiera, sino de todas las nuestras.
A veces, cuando las palabras se agotaban, bastaba con mirarla. Había algo en su forma de cerrar los ojos, en la manera en que apoyaba la cabeza en el vidrio, que me hacía sentir que todo lo que había vivido antes me había traído hasta ese instante. Nunca lo dije en voz alta, pero en aquellas noches entendí que el amor también podía ser silencio, compañía sin promesa, ternura sin destino.
No siempre fue así. Hubo días —muchos— en los que el amor tuvo forma de piel. Cuando ya dormir juntos era parte de la costumbre y no de la novedad, y las madrugadas eran un ritual de cuerpos que se buscaban sin prisa. Ella solía quedarse dormida después, desnuda, con el cabello revuelto y la respiración pausada. Yo la miraba, con ese miedo absurdo de que al cerrar los ojos dejara de existir. La tocaba despacio, repasando la línea de su espalda, como si con eso pudiera tatuar su presencia en mis manos. Le decía que su piel era de seda, y no era metáfora: era verdad. Había en su suavidad algo que detenía al mundo, algo que hacía que respirar doliera menos.
En otra de mis notas —escrita una madrugada que no quise dormir— decía:
“Si pudiera definir la paz, llevaría su forma dormida sobre mi pecho, la respiración sincronizada, el tiempo suspendido. Afuera la noche, adentro ella.”
Era cierto entonces. Y sigue siéndolo ahora.
Esas fueron las noches más humanas que tuve. Y, sin embargo, también las más frágiles. Porque mientras yo creía que el amor nos cubría, ella luchaba contra tormentas invisibles. La veía apagarse de a pocos, como si el brillo se escapara entre los huecos de su alma. Su sombra era un visitante que llegaba sin aviso, y cuando se instalaba, yo solo podía mirar desde la puerta, impotente, queriendo entrar y sabiendo que no debía. Y luego, cuando la otra cara del ciclo llegaba, cuando su ánimo se encendía con esa intensidad que desbordaba todo, también me perdía. En esos días, el mundo la reclamaba y yo quedaba atrás, viendo cómo su necesidad de sentirse viva la llevaba a buscar fuera lo que yo creí que habíamos construido juntos.
No sé si llamarlo traición. Creo que fue más bien una forma de huida. Y aunque dolía —porque dolía—, no pude odiarla. El amor, cuando es profundo, no guarda espacio para el rencor. Solo para la tristeza.
En un fragmento que escribí en aquellos días, anoté:
“Hay amores que no se pierden, solo se desvanecen. Como el eco de una voz que sigue hablando dentro de uno, aun cuando ya nadie está escuchando.”
No imaginaba que esa frase se escribiría sola en mi pecho durante largos meses.
Volvimos muchas veces a ese punto de inicio. Cada reencuentro era como un invierno que no terminaba: la llovizna cayendo, los cristales empañados, su voz temblorosa diciendo que no sabía por qué hacía lo que hacía. Y yo, sabiendo que tampoco yo sabía por qué la seguía esperando.
A veces pienso que lo nuestro fue una sucesión de comienzos interrumpidos, una historia escrita en ciclos: la calma, el fuego, la distancia, la caída, el retorno. Y en cada regreso, una parte de mí se quedaba atrás, exhausta pero fiel. Porque, a pesar de todo, seguía sintiendo que estar con ella —incluso en el desorden— era preferible a no estar con nadie.
Hay noches en las que la recuerdo dormida en mi pecho, otras en las que la imagino llorando sola en su habitación, y otras en las que todavía puedo sentir la vibración de su risa mezclándose con el ruido del motor mientras conducíamos sin rumbo. Todos esos recuerdos se confunden, se superponen, se desdibujan como la lluvia sobre un parabrisas. Pero no desaparecen. Viven en mí como estaciones que regresan sin calendario.
Y quizás eso fue lo que realmente fuimos: un amor que se movía por estaciones, que florecía y se marchitaba en el mismo gesto, que no supo durar pero sí existir.
Hoy, cuando llueve, cierro los ojos y la veo. No con el dolor de lo perdido, sino con la gratitud de haberla conocido así, tan frágil, tan intensa, tan suya. No sé si alguna vez me amó con la misma fidelidad con la que yo la amé, pero eso ya no importa. Lo que importa es que, alguna vez, bajo una llovizna igual a la de anoche, dos personas se encontraron, se abrazaron en su quebranto, y por un instante —solo un instante— el mundo fue un lugar más habitable.

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro

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