Ladrona de Libros 5 | Genesis, el inicio

No hablamos, no prometimos nada. Solo nos miramos… y eso fue suficiente.

No hubo conversaciones, ni presentaciones formales. Solo miradas. De esas que no piden permiso, que no se explican, que simplemente ocurren y desordenan lo que uno creĂ­a tener en orden.

La conocĂ­ asĂ­: en ese espacio intermedio donde el silencio dice mĂ¡s que cualquier palabra. No recuerdo con exactitud quĂ© dĂ­a fue, pero sĂ­ recuerdo la sensaciĂ³n. No fue un sobresalto ni una emociĂ³n desbordante; fue algo mĂ¡s sutil, una especie de pausa en medio del ruido cotidiano, una curiosidad tranquila, como cuando uno se encuentra mirando un paisaje que no esperaba ver y, sin embargo, siente que lo ha visto antes.

“Hay miradas que no se cruzan: se reconocen.”

En ese tiempo, yo no buscaba nada. La vida ya tenĂ­a su ritmo, su rutina, sus historias previas. Pero a veces el destino no necesita permiso para introducir un nuevo capĂ­tulo. Ella estaba ahĂ­, y bastĂ³ una sola coincidencia —una presencia, una esquina, una distancia mĂ­nima— para que todo cambiara un poco sin que nada se moviera realmente.

Recuerdo su forma de mirar, la serenidad con la que parecĂ­a observar el mundo, como si no necesitara decir nada para que uno comprendiera que habĂ­a mucho detrĂ¡s de esos ojos. Esa mezcla de calma y misterio me inquietĂ³. No era un enamoramiento inmediato, era algo mĂ¡s profundo: una curiosidad que se instalĂ³ sin ruido, pero sin marcha atrĂ¡s.

“Algunas conexiones no comienzan con palabras, sino con silencios que se entienden.”

Los dĂ­as siguientes fueron un juego de coincidencias: lugares compartidos, tiempos que parecĂ­an cruzarse solos, esa presencia que se volvĂ­a inevitable sin ser buscada. No hablĂ¡bamos, pero algo se construĂ­a en la invisibilidad. Y a veces bastaba con eso, con sentir que el otro estĂ¡, aunque no diga nada.

“Ella no cambiĂ³ mis planes, cambiĂ³ mis pausas.”


QuizĂ¡s fue esa falta de palabras lo que hizo todo mĂ¡s real. No habĂ­a promesas, no habĂ­a conquistas, no habĂ­a guiĂ³n. Solo miradas que empezaron a volverse rutina, silencios que ya no pesaban y una tensiĂ³n leve que no incomodaba, solo anunciaba algo que ninguno se atrevĂ­a a nombrar. Era el preludio de algo que todavĂ­a no sabĂ­amos cĂ³mo vivir.

“Los comienzos mĂ¡s profundos no suenan a trompetas; suenan a respiraciones contenidas.”

Con el tiempo, entendĂ­ que la conexiĂ³n con ella naciĂ³ en ese terreno frĂ¡gil donde el alma reconoce antes de que la mente entienda. Y aunque despuĂ©s llegaron las palabras, las risas, los dĂ­as compartidos y las heridas inevitables, ese primer instante —aquel donde solo nos miramos— sigue siendo el mĂ¡s puro, el mĂ¡s verdadero. Porque no necesitĂ³ explicaciĂ³n, ni intenciĂ³n, ni deseo. Solo sucediĂ³.

Si tuviera que explicarlo desde la mirada jurĂ­dica —la que traduce los hechos del alma al lenguaje del deber—, dirĂ­a que aquel primer encuentro fue un acto sin clĂ¡usulas: sin firma, sin condiciones, sin promesas, pero con plena validez emocional. Un vĂ­nculo tĂ¡cito, no escrito, pero plenamente vigente en la memoria.

“No hubo pacto, solo presencia; y a veces, eso basta para que algo sea eterno.”

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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