Ladrona de Libros 10 | Símbolos, el final

Un Snoopy en el universo

Hay símbolos que sobreviven al paso del tiempo. Algunos nacen del amor, otros del dolor, y unos pocos —los más profundos— nacen del intento de entender lo que no puede explicarse. Ella, el lirio y la medusa; yo, el Snoopy. Cuatro formas de existir, cuatro maneras de recordar.

El lirio fue siempre su manera de florecer en medio de la ruina. No necesitaba primavera, bastaba con una grieta, un respiro, una palabra dicha a medias. La medusa, en cambio, era su reflejo más íntimo: translúcida, etérea, vulnerable al tacto, pero capaz de iluminar la oscuridad con apenas un movimiento. Entre ambas —la flor y la criatura— habitaba su alma, oscilando entre la calma y el caos.

Su madre, era un cisne: blanca en apariencia, pero con las alas cansadas de cruzar inviernos.

De ella heredó la melancolía, la tristeza hereditaria de las mujeres que aman sin mapa.

El lirio floreció desde ese dolor, y la medusa aprendió a moverse entre sus mareas interiores.

Yo le pregunté una noche cómo me reconocería en el universo. Su respuesta fue breve, casi un susurro: “Un Snoopy.” Y entonces entendí. No me veía como un símbolo, ni como una historia, sino como una presencia. Una constancia silenciosa, como quien está ahí sin pedir lugar, como quien observa desde la ternura. El Snoopy no es un símbolo de tristeza, sino de lealtad; el que acompaña al alma incluso cuando duerme en otra galaxia.

Durante mucho tiempo intenté comprenderla, hasta que comprendí que no se comprende lo que se ama: solo se siente. Su vida era una marea, la mía una orilla. Yo la sostenía cuando el oleaje la vencía, y ella —sin saberlo— me enseñaba a mirar el horizonte con menos miedo.

Con el tiempo descubrí que los amores no mueren: se transforman en silencios, en señales, en cosas que siguen pasando cuando ya nadie las cuenta. Y eso fue lo que nos ocurrió. No hubo final, solo una pausa infinita en la que aprendimos a reconocernos sin tocarnos.

Hoy, mientras escribo estas líneas, sé que el ciclo termina no porque la haya olvidado, sino porque ya no necesito recordarla para sentir que fue real. El lirio sigue floreciendo, la medusa sigue flotando, y el Snoopy —ese que alguna vez buscó un cielo donde esperarla— ahora descansa. No porque haya dejado de amar, sino porque entendió que el amor también sabe dormir.

“Un Snoopy. Te reconozco así.”
—Leí eso en su mensaje y supe que el universo, por un instante, me había devuelto mi nombre.

Y así se cierra esta historia. No con un portazo, sino con una caricia que se apaga en el aire. Con la certeza de que alguna vez fuimos dos almas que se encontraron en mitad del universo —ella, con su luz marina; yo, con mi ternura cansada— y que bastó un solo momento para que todo tuviera sentido.

Porque los símbolos, cuando nacen del amor, no se destruyen. Solo cambian de forma, y siguen existiendo... como ecos que flotan entre las estrellas.


El ciclo se cierra.
No porque la haya olvidado, sino porque la he recordado lo suficiente.

Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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