Con los sentimientos no se juega, ni siquiera cuando uno no sabe qué hacer con ellos.
Con los años uno aprende que no todas las heridas del corazón son producto de lo que nos hicieron; algunas nacen, inevitablemente, de lo que hicimos. A veces sin querer, otras sin saber cómo detenernos a tiempo. No hay manual que te prepare para lidiar con los sentimientos ajenos, y sin embargo, la vida te obliga a aprenderlo a fuerza de equivocaciones.
Siempre tuve claro que con los sentimientos no se juega. Nunca lo hice ni de joven ni de adulto, y menos ahora, cuando mis canas ya hablan de experiencia y de una pequeña dosis de sabiduría. Si vas a querer, quiere bien. Esa fue, y sigue siendo, mi regla de vida. Pero querer bien no siempre garantiza no herir.
“A veces la honestidad llega tarde, pero llega igual.”
Recuerdo con cierta vergüenza una historia breve, de esas que el tiempo empaña pero la conciencia no borra. Fue en la adolescencia, cuando los amigos eran jueces de nuestras emociones. Ella decía estar enamorada de mí, y yo, arrastrado más por la presión del grupo que por el deseo propio, me declaré para acallar los comentarios. Fue una semana larga y corta a la vez. Larga por la incomodidad de sostener algo que no sentía, corta porque la culpa me acompañaba en cada saludo, en cada sonrisa forzada. Entonces decidí hacer una segunda declaración, esta vez no de amor, sino de verdad. Y como suele pasar, la sinceridad no me salvó del enojo ni del dolor ajeno. Aquel día entendí que la verdad también puede doler, pero al menos no deja deuda.
“Las mentiras emocionales se pagan con intereses.”
Pasaron los años y volví a caer en otro laberinto parecido. Una noche de pasión casual se transformó en una pregunta que me descolocó: “¿Y ahora qué somos?” Yo no tenía respuesta. No quería herir, ni ser cruel, ni huir. Y sin embargo, terminé atrapado en una historia que no quería protagonizar. No por maldad, sino por miedo: miedo a decepcionar, miedo a lastimar, miedo a parecer un hombre sin corazón. Quizás un psicólogo diría que tengo cierta inclinación a satisfacer las expectativas de otros antes que las mías. Y probablemente tenga razón.
“El corazón noble también comete errores; su pecado no es la intención, sino el silencio.”
Fueron esas dos veces —solo dos— las que recuerdo como manchas en mi forma de querer. No fueron engaños, ni juegos, ni conquistas. Fueron errores humanos, nacidos del deseo de no causar daño y del desconocimiento de que a veces el daño se causa igual, incluso queriendo evitarlo. Me sentí miserable entonces, y aún hoy, cuando lo recuerdo, me acompaña una mezcla de vergüenza y ternura por ese muchacho que quiso hacer lo correcto y terminó equivocándose.
Con los años aprendí que la lealtad emocional no se mide en duración, sino en transparencia. Y que la verdad, incluso cuando duele, es el único regalo que el corazón puede ofrecer sin culpa.
“Uno no se vuelve sabio evitando el error, sino aprendiéndolo con humildad.”
Si lo miro desde el lenguaje del derecho —ese que tanto se parece al amor cuando hablamos de responsabilidad—, podría decir que en el tribunal de la conciencia no hay prescripción. Cada sentimiento mal manejado deja su acta abierta, esperando el momento en que uno se reconcilie con su propio fallo. Y aunque el juez sea uno mismo, la sentencia no siempre es castigo: a veces es simple comprensión.
Porque después de todo, crecer también es aceptar que, alguna vez, fuimos la causa del dolor que no queríamos provocar. Y que haberlo entendido, sin justificarlo, ya es una forma de redención.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro


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