Mis temores (veinte años después)
Es mĂ¡s de medianoche otra vez. Han pasado casi veinte años desde aquella noche en que escribĂ “Mis temores”, y, de algĂºn modo, sigo frente a la misma pĂ¡gina. La diferencia es que ahora ya no los escribo para entenderlos, sino para reconocerlos, casi como se reconoce a viejos conocidos que uno ya no teme, pero tampoco ignora.
En aquel 2008, todavĂa era un hombre sin demasiadas derrotas. TenĂa ilusiones, fe en el amor, y una especie de candor que me hacĂa pensar que con el tiempo uno vence sus miedos. Hoy sĂ© que no se vencen: solo se hacen manejables, se domestican, como animales que aprenden a caminar a tu lado sin morderte.

El divorcio (sin papeles, pero con ruinas)
Entonces decĂa que temĂa el divorcio, aunque aĂºn no conocĂa el matrimonio.
Hoy puedo decir que, sin casarme, vivĂ el divorcio igual.
El amor con la madre de mi hija no necesitĂ³ firmas para doler, ni abogados para marcarme.
Fue una separaciĂ³n con todas las letras: hogar, sueños y rutinas quebradas.
El proyecto de familia que imaginĂ© se rompiĂ³, y con Ă©l se rompiĂ³ una parte de mĂ que nunca volviĂ³ a ser la misma.
Aquel temor no era al divorcio en sĂ, sino al vacĂo que deja la vida cuando el amor se desmorona. Y ese miedo se cumpliĂ³, pero tambiĂ©n me enseĂ±Ă³ que no se muere de tristeza, aunque duela como si fuera la muerte misma. Me reconstruĂ lento, con parches de paciencia y la certeza de que, aunque una familia puede quebrarse, la paternidad —esa sĂ— no se divorcia nunca.
“El amor puede irse, pero ser padre no se deshace. Esa es la forma mĂ¡s pura de permanecer.”
La muerte (ya no me asusta, me interpela)
DecĂa que temĂa morir y dejar a mis hijos huĂ©rfanos, incluso antes de tenerlos. Era un miedo teĂ³rico, poĂ©tico, casi ingenuo. Hoy, que tengo una hija y conozco lo que significa ser indispensable para alguien, ese miedo se volviĂ³ real. No me asusta morir por mĂ, sino por ella: por su mirada si un dĂa no me encuentra, por el hueco que dejarĂa mi voz en su mundo.
Pero tambiĂ©n aprendĂ que la vida no se mide por duraciĂ³n sino por huella. Y si algo me calma, es saber que Luciana —o Camille, como prefiere que la llame— me recordarĂ¡ mĂ¡s por mis gestos que por mis palabras. Ya no temo tanto la muerte: temo mĂ¡s no haberle dejado suficiente luz para cuando me toque irme.
La desconfianza (el miedo que aprendĂ a cultivar)
Hace años escribĂ que cada vez confiaba menos en las personas. QuĂ© profĂ©tico fui. Hoy confĂo poco, casi nada, y no me avergĂ¼enza admitirlo. Las decepciones, las traiciones, los egoĂsmos, fueron puliendo ese mĂºsculo hasta dejarlo endurecido.
La desconfianza ya no es miedo: es una forma de cuidado. QuizĂ¡s la vida me enseĂ±Ă³ que hay mĂ¡s gente interesada que interesada en el bien, mĂ¡s palabras huecas que lealtades verdaderas. Pero, paradĂ³jicamente, sigo creyendo en los vĂnculos, porque, aunque la gente falle, el amor como concepto sigue siendo noble. Mi error fue pensar que todos lo entienden igual.
“La gente no miente por maldad; a veces solo no sabe cĂ³mo sostener lo que promete.”
La soledad (vieja compañera, leal y cruel)
En el 2008 dije que me gustaba la soledad, pero que sabĂa que algĂºn dĂa me pesarĂa. Ese dĂa llegĂ³, muchas veces. Y sin embargo, sigo aquĂ, acostumbrado a su voz. La soledad nunca se fue; se volviĂ³ parte de mi rutina, una presencia constante que no pide nada, pero lo observa todo.
A veces pesa, sĂ. En las noches largas, cuando el silencio se parece demasiado a la memoria. Pero aprendĂ a verla con gratitud: me ordena, me limpia, me devuelve la calma que el ruido del mundo me quita. No todos los vacĂos son castigos; algunos son refugios.
Y aunque a veces el pecho se aprieta con esa sensaciĂ³n de falta, sĂ© que la soledad tambiĂ©n me cuida. Porque no hay mayor libertad que saber estar contigo mismo sin que te duela.
Hoy temo menos cosas, pero las que temo pesan mĂ¡s. Ya no me asusta casarme ni separarme, ni el silencio ni la muerte. Me asusta la indiferencia. Me asusta que un dĂa los que amo me recuerden distinto, o peor aĂºn, que no me recuerden. Me asusta volverme un fantasma de mis propias rutinas.
TambiĂ©n temo la frialdad del mundo moderno, esa incapacidad colectiva de sentir. Temo las conversaciones vacĂas, los vĂnculos transaccionales, el amor de pantalla. Temo que el tiempo me vuelva prĂ¡ctico, porque lo prĂ¡ctico mata la poesĂa.
Pero si algo he aprendido, es que tener miedo no es debilidad: es prueba de que seguimos vivos. Y mientras algo me duela, me conmueva o me preocupe, sabré que sigo caminando.
“Los miedos no desaparecen, solo se vuelven mĂ¡s sabios. Y con el tiempo aprenden a sentarse contigo, en silencio, mientras tomas un cafĂ© y miras lo que queda del dĂa.”
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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