CrĂ³nica de una canciĂ³n que aĂºn suena en algĂºn rincĂ³n del tiempo
A veces la memoria tiene la costumbre de ponerle mĂºsica a los recuerdos. Y cuando suena Linger o Dreams de The Cranberries, inevitablemente regreso —no a ella, sino a mĂ mismo, al muchacho que fui—. Han pasado casi treinta años desde entonces, y me veo sentado en aquella habitaciĂ³n frĂa del 2007, fumando un cigarrillo que hoy ya no necesito, escuchando a Dolores O’Riordan cantar como si lo hiciera solo para mĂ.
Aquella noche escribĂ un texto que nunca enviĂ©. Era una carta que hablaba de alguien a quien habĂa querido mal, o tal vez de mĂ, que todavĂa no sabĂa querer bien. Se llamaba Brenda, y habĂa aparecido en mi vida a finales de los noventa, cuando The Cranberries sonaban en todas las radios y yo creĂa que el futuro era algo que no me incluirĂa por mucho tiempo. Por aquellos años pensaba que no llegarĂa muy lejos, que morir joven era una especie de destino inevitable. La adolescencia no fue amable conmigo; el amor tampoco.
Brenda fue esa clase de persona que siente demasiado, que mira con ternura lo que otros apenas notan. Me quiso con una intensidad que me asustĂ³. Yo, con el ego tonto de los 18, creĂ que podĂa controlarlo todo, incluso las emociones ajenas. Ella me amaba; yo la evitaba. Y cuando se fue —porque la vida la llevĂ³ lejos—, entendĂ que a veces el miedo se disfraza de indiferencia.
La escena que no se olvida: los dos sentados en el peldaño de su puerta, a la hora en que el barrio se queda sin ruido. Ella me miraba como si yo fuera lo mĂ¡s hermoso que habĂa visto en su vida; yo, torpe y tranquilo, la querĂa como amiga. Sus manos —lo recuerdo con una claridad que duele— se alzaban de vez en cuando para apartar mi cabello largo que me caĂa sobre el rostro. Ese gesto suave, cotidiano, era su idioma. Yo no lo entendĂ. Y, sin embargo, fue ahĂ donde el tiempo puso un marcador luminoso: aquĂ hubo amor, aunque yo no supiera leerlo.

En esa Lima de 2007 que olĂa a humedad y soledad, me encontrĂ© escuchando a Dolores otra vez. Y escribĂ:
“…But you’re so happy now. I didn’t go along with you…” —Dolores O’Riordan.
Lima duerme, viernes 12:00 a.m., mĂ³vil apagado. Me acompaña el humo del cigarro y la voz de Dolores. Hace frĂo y pienso en ti. En tu cabello, en tus manos, en cĂ³mo acomodabas el mĂo cuando me cubrĂa la cara. No supe leer lo que tus ojos decĂan, ni entender que tus gestos eran amor. Me duele haber sido tan ciego. No quiero cambiar el pasado, solo dejar constancia de que te recuerdo, que exististe, que fuiste especial. Donde estĂ©s, ojalĂ¡ seas feliz.— Carlos.
Era una madrugada frĂa. EncendĂ un cigarrillo, abrĂ la laptop y dejĂ© que los dedos escribieran sin filtro. No era amor; era deuda. Era una forma torpe de cerrar un ciclo que nunca habĂa tenido final. No esperaba que ella lo leyera, ni que el universo lo devolviera. Solo querĂa dejar registro de que habĂa comprendido tarde lo que de joven ignorĂ©: que el cariño no correspondido tambiĂ©n deja huellas, y que quien ama sin recibir nada no es dĂ©bil, sino valiente.
Hoy, en el 2025, leo aquel texto con una mezcla de ternura y pudor. Ya no fumo. Ya no temo morir joven. Ya no pienso en Brenda. Pero me gusta saber que, en algĂºn rincĂ³n de mi historia, existiĂ³ una muchacha que me quiso sin medida, y que su recuerdo quedĂ³ suspendido entre las notas de Animal Instinct y el eco de una Ă©poca en que todavĂa creĂa que el amor dolĂa porque debĂa doler.
“Close your eyes, breathe the air out there, we are free…”
Ahora entiendo que no era libertad lo que buscĂ¡bamos entonces, sino consuelo. Y que aquellas lĂ¡grimas y canciones, los cigarrillos, las cartas no enviadas y los vuelos de despedida, eran simplemente formas de aprender a ser adultos.
Brenda pertenece a ese tiempo como una fotografĂa sepia que uno guarda no por nostalgia, sino por gratitud. Porque fue real. Porque me recordĂ³ —sin quererlo— que incluso en la inmadurez mĂ¡s torpe hay belleza, y que los errores de juventud tambiĂ©n saben convertirse, con los años, en una forma discreta de amor.
Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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