Cuando el amor cruzaba la ciudad
Hubo noches —tantas que ya no sé cuántas fueron— en las que Lima dejó de ser una ciudad y se convirtió en un territorio que yo atravesaba por instinto, impulsado por una sola certeza: ella me necesitaba.
Era septiembre de 2024 cuando comenzó. La ciudad dormía, pero mi corazón no. El teléfono vibraba a las dos, tres de la madrugada, siempre con el mismo mensaje disfrazado en palabras distintas: “No puedo más… duele.”
Tomaba las llaves, bajaba sin pensar, encendía el motor. El frío del Callao quedaba atrás mientras aceleraba hacia La Molina, cruzando avenidas como quien atraviesa un puente invisible entre dos almas. Es curioso cómo el cuerpo puede estar exhausto pero el amor no: mis manos temblaban por el sueño, pero al llegar a su casa, ella era lo único que importaba.
Llegaba a "su casa" y la encontraba encorvada, pálida, respirando como si cada inhalación fuera una batalla. La sostenía, a veces la ayudaba a subir al auto, la acomodaba en el asiento del copiloto con la delicadeza que solo se tiene con lo irremplazable.
Y entonces volvíamos a cruzar la ciudad, esta vez juntos, ella quebrándose en silencio mientras yo corría nuevamente contra semáforos, contra distancias, contra el tiempo y contra mi propio miedo.
Nunca pensé demasiado en el peligro. Cruzar un semáforo en rojo parecía un riesgo pequeño comparado con verla sufrir. Dormir dos horas o ninguna tampoco tenía relevancia si al amanecer ella estaba un poco mejor. Y las deudas, la gasolina, las medicinas, las madrugadas en salas de espera… todo eso era apenas un ruido de fondo frente a la verdad central: quería verla vivir sin dolor.
Esas madrugadas se repitieron durante meses. Septiembre, octubre, noviembre, diciembre. Tópicos, análisis, calmantes insuficientes, médicos desconcertados. No sabíamos aún el nombre de aquella sombra que la habitaba, pero yo le ponía el cuerpo como si pudiera detenerla con mis brazos.

Hasta que una noche —la última— la verdad se reveló. La cirugía era inevitable. Y aun así, incluso en ese momento donde el miedo se mezclaba con el amor hasta hacerse indistinguible, sentí una calma extraña: estábamos haciendo lo correcto. Ella estaba en manos de quien podía devolverle lo que la vida le había arrebatado.
La vi entrar al quirófano con los ojos brillantes de cansancio y esperanza, y ahí me quedé, con las manos entrelazadas y el alma abierta. Recé sin saber rezar, esperé sin saber esperar, y amé con la certeza absoluta de que no hay acto más grande que querer que alguien exista sin dolor. Esperé horas incontables, con hambre, con sueño pero con la esperanza de verla de una vez y para siempre, libre de dolores.
Hoy ella ya no sufre esos cólicos insoportables. Las madrugadas en emergencia quedaron atrás. El bisturí cortó algo más que tejido: abrió una puerta hacia días más tranquilos para ella.
Y aunque el tiempo pasó y muchas cosas cambiaron, si la vida pusiera la misma escena frente a mí otra vez —la noche, el mensaje, su dolor— volvería a tomar las llaves, a cruzar la ciudad, a arriesgar el sueño, la calma y hasta mi propia seguridad, solo para verla respirar sin lágrimas; solo para alejarla, una vez más, de todo aquello que la lastima.
Porque hay amores que se miden en besos, otros en promesas, y algunos —los más raros, los más verdaderos— se miden en kilómetros recorridos en silencio para que otro pueda descansar.
Yo crucé la ciudad por ella. Y si la vida me lo pidiera de nuevo, volvería a hacerlo sin dudar.
No fui un héroe, ni un mártir, ni alguien excepcional.
Solo fui un hombre que amó lo suficiente como para creer que cada kilómetro podía salvarla.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro

0 Comentarios