Ser mujer mañana también duele hoy

Desde que soy padre de una niña, el futuro dejó de ser una idea bonita y se volvió una pregunta incómoda: qué tan duro puede seguir siendo el mundo con ella solo por ser mujer.

Hay algo que cambia para siempre cuando uno tiene una hija. Ya no miras la calle igual, ni las noticias, ni ciertas bromas que antes parecían solo ruido. Todo empieza a sentirse más cerca, más real, más urgente. Porque de pronto entiendes que el miedo ya no es abstracto: tiene el tamaño de sus manos pequeñas y el nombre con el que la llamas en casa.

Ser mujer hoy, al menos en una sociedad que todavía arrastra tantas sombras, muchas veces significa aprender demasiado temprano a cuidarse de más. A desconfiar. A medir el tono, la ropa, la hora, el camino. Y eso duele, porque ninguna niña debería crecer ensayando defensas para un mundo que tendría que recibirla con respeto.

Lo más inquietante es que la violencia no siempre entra gritando. A veces se instala en la costumbre. En frases que minimizan, en gestos que invaden, en silencios que encubren. Se vuelve paisaje. Y quizá ahí está lo más grave: cuando el maltrato deja de escandalizar y empieza a parecer parte natural de las cosas.

Como padre, uno quisiera creer que en diez años todo será distinto. Que su hija caminará con más libertad que miedo. Que podrá ocupar el mundo sin sentirse observada, expuesta o juzgada. Que ser mujer no vendrá acompañado de advertencias, sino de posibilidades. No de cuidado excesivo, sino de tranquilidad.

Y, sin embargo, a veces cuesta ser optimista. Porque hemos avanzado en discursos, sí, pero no siempre en humanidad. Se habla de igualdad, pero la realidad todavía contradice demasiado. Como si la sociedad hubiera firmado un compromiso bonito de puertas para afuera, pero en la práctica siguiera incumpliendo lo esencial.

La propia Constitución peruana reconoce la dignidad de la persona como fin supremo de la sociedad y del Estado, y prohíbe la discriminación por razón de sexo. Y la Ley N.° 30364 recuerda, al menos en el papel, que la violencia contra la mujer no debería ser una costumbre tolerada, sino una urgencia que debe prevenirse y sancionarse.

Yo quisiera que dentro de diez años ser mujer no signifique aprender a resistir, sino simplemente vivir. Vivir sin miedo al volver a casa. Sin tener que endurecer la voz para ser tomada en serio. Sin cargar culpas que nunca le pertenecieron. Sin sentir que su libertad está siempre bajo apelación, como si el mundo quisiera revisarla y limitarla a cada paso.

No quiero que mi hija aprenda a sobrevivir por ser mujer; quiero que pueda vivir sin que eso le cueste tanto.

Tal vez ahí empiece todo: en no normalizar más lo que está mal. En educar mejor. En corregir a tiempo. En criar hombres que no confundan poder con abuso, ni cariño con control. Porque el futuro de nuestras hijas no debería depender de su capacidad para defenderse, sino de la capacidad de todos para construir un entorno más justo.

Ser mujer en diez años debería ser algo más libre, más seguro, más digno. Y ojalá para entonces mi hija no tenga que aprender el miedo que tantas mujeres aprendieron antes que ella. Ojalá le toque, por fin, un mundo menos cruel que el que hoy todavía estamos permitiendo.

Mientras tanto sigamos deseándoles “feliz día de la mujer”  


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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