Esta semana recibĂ una llamada que no esperaba. No por el tema, sino por el tono.
Desde el primer segundo fue un reproche. Me increpaban por no haber asistido a una cita que nadie me habĂa confirmado. Cuando expliquĂ© que no tenĂa conocimiento de ninguna cita, la respuesta fue: “¿Entonces no lee los correos?”
Eso vino del Ă¡rea de PsicologĂa del colegio de mi hija...
Me quedĂ© unos segundos en silencio. No por no tener quĂ© responder, sino porque me sorprendiĂ³ la naturalidad con la que alguien que trabaja con niños puede hablarle asĂ a un padre. Sin pausa. Sin consideraciĂ³n. Como si el tono no importara, o como si importara precisamente por eso.
Esa misma noche hablĂ© con mi hija. Me contĂ³ lo que habĂa pasado el lunes anterior. HabĂa salido del aula con permiso de su profesora porque estaba en su periodo menstrual y necesitaba privacidad. Fue al baño, estuvo un rato con dos compañeras que ya estaban ahĂ, conversaron, volviĂ³ a clase.
Por eso la citaron a PsicologĂa. Le dijeron que habĂa faltado a clase.
Sin consultar con la profesora que le dio el permiso. Sin verificar. Directo a la conclusiĂ³n, directo al juicio.
Ya eso me pareciĂ³ un error. Pero lo que me contĂ³ despuĂ©s fue distinto.
Durante esa intervenciĂ³n, la psicĂ³loga le preguntĂ³ si cree en Dios. QuĂ© religiĂ³n tiene. Si lee la Biblia. Si su familia va a la iglesia. QuĂ© religiĂ³n tiene su papĂ¡. Y le dijo, con la misma naturalidad con la que uno le explica una tarea, que si no van a misa “no son creyentes de verdad”. Que si no lee la Biblia “no es una buena cristiana”. Que Dios no escucha a todos.
Mi hija tiene 13 años. Ese dĂa estaba emocionalmente afectada, por razones fĂsicas y personales. Y eso fue lo que encontrĂ³ en el espacio que existe, en teorĂa, para cuidarla.
PensĂ© mucho en cĂ³mo contarlo. Y lo que mĂ¡s me rondaba no era la indignaciĂ³n, aunque estuvo. Era otra cosa: la imagen de mi hija sentada frente a un adulto en posiciĂ³n de autoridad, en un momento vulnerable, recibiendo ese tipo de preguntas y no teniendo manera de decir “esto no estĂ¡ bien” o simplemente levantarse e irse. Porque a los 13 años no siempre se sabe que uno puede hacer eso. Porque la autoridad, a esa edad, todavĂa pesa de una manera que los adultos muchas veces olvidamos.
Y ahĂ estĂ¡ el fondo del asunto, creo yo.
No es solo lo que se dijo. Es el contexto en el que se dijo. Un menor en estado emocional, frente a una figura de autoridad institucional, en un espacio cerrado que deberĂa ser seguro. Ese es el escenario en el que ocurriĂ³ esto.
La pregunta que me hago, y que creo vale la pena hacerse, no es si la psicĂ³loga tuvo mala intenciĂ³n. Puede que no la haya tenido. Puede que en su mente todo eso tuviera algĂºn sentido, alguna lĂ³gica que yo no alcanzo a ver. Pero la intenciĂ³n no borra el efecto. Y el efecto fue que una niña de 13 años saliĂ³ de esa oficina con la sensaciĂ³n de que su familia cree mal, vive mal, o simplemente no es suficiente.
Cuando un espacio de contenciĂ³n se convierte en un lugar de juicio, no solo falla una persona: se resquebraja la confianza entera en la instituciĂ³n.
Eso no se arregla con una disculpa rĂ¡pida.
He presentado una queja formal ante la direcciĂ³n del colegio. Con sustento escrito, con base en la ConstituciĂ³n, en el CĂ³digo de los Niños y Adolescentes, en la Ley General de EducaciĂ³n. No lo hice para hacer escĂ¡ndalo. Lo hice porque alguien tiene que responder, y porque el silencio, en estos casos, no protege a nadie.
Pero mĂ¡s allĂ¡ de ese proceso, hay algo que no me deja tranquilo y que tiene poco que ver con reglamentos o leyes.
Tiene que ver con lo que les estamos enseñando a los niños sobre los adultos.
Cuando un niño entra a un espacio de contenciĂ³n y sale sintiĂ©ndose cuestionado, algo en su relaciĂ³n con las instituciones se fractura. No de golpe, no dramĂ¡ticamente. Pero se fractura. Aprende que pedir ayuda puede tener un costo. Aprende que los espacios “seguros” no siempre lo son. Aprende a medir dos veces antes de ser honesto con un adulto.
Y eso, multiplicado por miles de niños y miles de interacciones parecidas, tiene consecuencias que van mucho mĂ¡s allĂ¡ de un colegio o un incidente.
No tengo manera de saber si esto fue un caso aislado. Genuinamente no lo sé. Pero sé que cuando estas cosas ocurren en silencio, cuando los padres no preguntan o los hijos no cuentan, el problema no desaparece. Simplemente no se ve.
Por eso lo cuento.
No como acusaciĂ³n. Como registro. Como la historia de un lunes en que mi hija fue al baño con permiso, volviĂ³ a clase, y terminĂ³ respondiendo preguntas sobre si su familia merece ser escuchada por Dios.
Si eso no incomoda, no sĂ© quĂ© deberĂa.

Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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