Dieciséis años después: lectura de un hombre que todavía no sabía cuánto iba a cambiar

Hoy vuelvo sobre un texto que escribí en marzo de 2010, cuando acababa de terminar un proceso de selección para ascender de asesor de servicio a supervisor. 

Lo releo desde el 21 de marzo de 2026, dieciséis años y un día después, no para corregir al hombre que fui, sino para entenderlo mejor. Hay algo íntimo en enfrentarse a las palabras que uno escribió cuando todavía no había vivido lo suficiente. Como si el tiempo, más que tachar, añadiera notas al margen.

En aquel entonces escribía con una mezcla de ironía, cansancio y entusiasmo mal disimulado. Quería parecer ligero cuando en realidad estaba profundamente involucrado con lo que me estaba pasando. Hoy entiendo que uno muchas veces se protege del peso de sus emociones burlándose un poco de ellas, como si al restarles solemnidad pudiera soportarlas mejor.

“Nuevamente un verano que se va, pena no me da realmente…”

Algo de esa frase sigue siendo cierto. Nunca fui hombre de sol feroz, de arena ardiente ni de multitudes celebrando la incomodidad como si fuera sinónimo de felicidad. Pero hoy ya no la leo solo como una ocurrencia. La leo como una primera confesión de carácter: incluso entonces, sin saber decirlo bien, ya intuía que mi manera de estar en el mundo no pasaba por lo evidente ni por lo que a todos les gustaba.

“Las pocas veces que he ido a alguna playa he tratado de llegar lo más alejado posible de la sociedad…”

Hoy sonrío al releer eso. Antes me parecía una extravagancia simpática; ahora lo reconozco como una necesidad genuina de silencio. No era desprecio por los demás, aunque así sonara, sino una forma todavía torpe de buscar aire propio. Con los años aprendí que no toda distancia es frialdad; a veces también es defensa, pausa o simple necesidad de escuchar mejor lo que uno piensa.

También escribí sobre lo difícil que era satisfacerme, sobre mi poca tolerancia a ciertos rituales sociales y sobre esa imposibilidad de fingir entusiasmo por lo que no me nacía. En ese tiempo lo decía con un tono medio insolente, como quien convierte su rareza en un pequeño escudo. Hoy lo diría distinto: no era antipatía, era una temprana conciencia de incompatibilidad con ciertas formas vacías de compartir.

“Si salgo con alguna linda chica no puedo llevarla a bailar… prefiero llevarla a un teatro o a beber unos tragos mientras la conversación se extiende por horas…”

Esa frase, mejor escrita y menos desafiante, todavía me representa. Ya no la leería como una pose de sofisticación, sino como una defensa honesta de lo que siempre valoré: la palabra, la atención real, la inteligencia que no necesita exhibirse. En el fondo, incluso entonces, yo ya sabía que no hay vínculo verdadero donde no existe conversación. Y quizá también intuía, aunque no lo admitiera, que ser comprendido me importaba más que ser celebrado.

Luego aparece el centro de todo: el proceso de selección. Ahí estaba la verdadera materia del texto, aunque en ese momento yo la recubriera de bromas y cierta arrogancia. No era solamente una evaluación para ascender; era una prueba que yo vivía casi como un examen de identidad, una especie de veredicto sobre si estaba o no a la altura de lo que imaginaba para mí.

“Pasé satisfactoriamente muchísimas pruebas y test psicológicos…”

Lo escribí casi como desafío, como quien quiere dejar constancia de haber salido ileso de una suerte de tribunal extraño. Y sí, de alguna forma lo fue. Durante un mes y medio atravesé etapas eliminatorias, evaluaciones psicológicas, psicotécnicas, pruebas de conocimiento, entrevistas y ese desgaste silencioso que producen los procesos donde uno siente que lo observan incluso cuando calla.

“Dibujos de figuras humanas, las clásicas manchas amorfas, figuras geométricas tridimensionales, conversaciones con uno y otro psicólogo…”

Recuerdo bien esa sensación: estar siendo medido no solo por lo que sabía hacer, sino por lo que parecía ser. En ese tiempo me defendía del nervio ridiculizando un poco a quienes evaluaban, como si la ironía me devolviera el control. Hoy puedo reconocer otra verdad: sí me importaba, sí me agotaba, sí quería pasar. No era indiferencia; era pudor. Me importaba tanto que necesitaba fingir que no.

“Físicamente me agoté, pero mentalmente jamás…”

Hay juventud en esa frase, una arrogancia casi inevitable, pero también una convicción que el tiempo no ha desmentido del todo. Siempre tuve resistencia para sostener la presión, aun cuando por dentro el cuerpo reclamara descanso. Lo que no sabía en 2010 era que la fortaleza no consiste solo en soportar la exigencia, sino en aprender a leer el peso ajeno, a gestionar el propio cansancio sin volverlo castigo para otros, y a descubrir que la madurez no se prueba venciendo pruebas, sino haciéndose responsable de lo que viene después.

Cuando finalmente quedé apto para el nombramiento como supervisor, lo viví como una resolución favorable. El esfuerzo había sido admitido y el resultado, por fin, salía a mi favor. Pero lo que entonces veía como un logro puntual, hoy lo entiendo como el inicio de una transformación más profunda. Ascender de asesor de servicio a supervisor no solo significó tener otra función, un mejor sueldo o personas a cargo. Significó empezar a dejar atrás una versión de mí que todavía creía que el reconocimiento externo podía resolver todas sus dudas.

“He pasado pues con éxito todas las pruebas… estoy apto para mi nombramiento y nuevo cargo…”

Debajo del humor, de la vanidad y de la pose, ya estaba ahí una preocupación real por ejercer bien el rol. No quería únicamente ganar más o mandar; quería estar a la altura. Y aunque entonces no tenía la experiencia suficiente para entender la complejidad de liderar personas, al menos había una intuición correcta: la autoridad solo tiene sentido si está acompañada de justicia.

“Espero ser lo suficientemente bueno, serio y justo para con ellos, confiable y eficiente para la empresa…”

Esa línea, releída hoy, me parece una de las más limpias del texto original. Porque, pese al tono juguetón de ese post, ahí ya asomaba algo verdadero: el deseo de no fallarle ni a la empresa ni a la gente que dependería de mí. Los años me enseñaron que supervisar no es vigilar, sino sostener. Que la gente no necesita jefes que impongan miedo, sino personas que sepan responder con firmeza sin perder humanidad. Aprendí también que cada trabajador carga su propio expediente invisible: preocupaciones, duelos, urgencias y cansancios que no figuran en ningún reporte.

Por eso, al releer mis agradecimientos de entonces, ya no me detengo en el tono desordenado o bromista con que fueron escritos. Me conmueve más bien descubrir que, incluso en medio de la inmadurez, yo sabía agradecer.

“Las gracias a P por su confianza y apoyo, a J por su amistad y afecto sincero…”

A mi manera, reconocía que ningún logro se construye completamente solo. El hombre de hoy valora eso mucho más: detrás de cada ascenso hay una red silenciosa de personas que amortiguan el estrés, toleran el mal humor, sostienen la fe cuando uno todavía duda y acompañan incluso cuando no entienden del todo la batalla que uno está peleando.

También hay en el texto un humor que hoy releo con menos soberbia y más ternura.

“Seré un superior generoso y nada cruel con ustedes…”

Esa broma, que entonces me servía para bajar la tensión, hoy me revela otra cosa: que incluso en medio de la ansiedad por el cargo, yo necesitaba decirme que no quería convertirme en alguien temido. Quizá no lo sabía formular así, pero ya había en mí una resistencia a la crueldad, una intuición de que mandar no debía significar humillar. Con los años esa intuición se volvió convicción.

Y si ese ascenso a supervisor fue el inicio de un proceso, hubo otro después que terminó de consolidarlo: llegar al puesto de jefe. Ahí el aprendizaje dejó de ser promesa y se volvió estructura. Ya no era solo la emoción de haber sido elegido, sino la responsabilidad de encarnar con más amplitud lo que antes apenas empezaba a comprender. Ese siguiente ascenso ordenó muchas cosas en mí: afirmó mi criterio, templó mi carácter y terminó de demostrarme que crecer en el trabajo no es subir escalones, sino aprender a cargar mejor el peso de las decisiones.

Sin embargo, incluso ese desarrollo profesional habría quedado incompleto frente a la experiencia que más me transformó: ser padre. Porque si el trabajo me enseñó a conducir, la paternidad me enseñó a cuidar de verdad. Si un cargo me dio autoridad, un hijo me dio medida. Y si los años dentro de la empresa me hicieron más competente, la vida me volvió más humano. Hay una forma de madurez que ningún organigrama concede: la que nace cuando uno deja de pensar solo en su avance y empieza a comprender que también debe ser refugio, ejemplo y presencia.

“Es sábado, debería estar celebrando, pero estoy cansado…”

Esa confesión final, tan simple, quizá era la más honesta de todas. Detrás del entusiasmo, del sarcasmo y del alivio, lo que había era cansancio. Un hombre joven sosteniendo la emoción como podía. Hoy lo miro con más compasión que juicio. No estaba vacío. Estaba apenas empezando. No sabía todavía que después vendría otro ascenso, más responsabilidad, más carácter; y menos aún que la vida terminaría de afirmarlo por un camino más hondo y más decisivo que cualquier cargo: el de la paternidad.

Por eso releer aquel texto no me produce vergüenza. Me produce algo más raro y más valioso: reconocimiento. Veo en esas líneas a un hombre que todavía se protegía con ironía, que disfrazaba de burla lo que en realidad le importaba, y que no imaginaba cuánto iba a cambiar con los años. El supervisor de 2010 quería demostrar que estaba listo. El hombre de 2026 ya no necesita demostrar tanto: prefiere sostener, comprender, decidir mejor y volver a casa sabiendo que allí también lo espera la parte más verdadera de sí mismo.

Hace dieciséis años creí que estaba celebrando un ascenso. No sabía que también estaba firmando el comienzo de una transformación. Después vendría el puesto de jefe, que consolidó mi desarrollo profesional; y tambien, ser padre, que terminó de afianzarme como ser humano. Lo demás —los títulos, los rangos, las felicitaciones— importa, sí, pero en el fondo son solo constancias. Lo verdaderamente decisivo fue convertirme, con el paso del tiempo, en alguien más firme para el trabajo y más tierno para la vida.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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