
No siempre se bebe para olvidar; a veces se bebe apenas lo suficiente para que la conversación pierda el miedo y el alma se anime a salir sin escándalo.
Nunca vi la bebida como una necesidad. Tal vez por eso nunca le entregué un lugar importante en mi vida. Estuvo ahí, sí, como están tantas cosas que rodean la juventud: las reuniones, las risas fáciles, la costumbre de hacer lo mismo que hacen todos. Pero incluso en esos años en que el fin de semana parecía exigir alguna forma de exceso, yo no dejaba de hacerme la misma pregunta, casi como una pequeña objeción moral nacida en silencio: ¿para qué sirve llenarse la sangre de tanto alcohol?
No encontraba en la ebriedad ninguna victoria. Había algo triste, incluso un poco torpe, en esa forma de renunciar a uno mismo con tanta prisa. Como si para divertirse hubiera que desertar antes de tiempo del propio juicio, del propio lenguaje, de la propia dignidad. Nunca me convenció esa idea de que la noche solo se abre cuando ya no recuerdas del todo quién eres. Yo prefería otra cosa, una forma más leve de desorden, una inclinación sutil hacia el placer, pero sin romper del todo el hilo de la conciencia.
Por eso el vino siempre me pareció distinto. No solo por el sabor, aunque también. No solo por la ceremonia, aunque sin duda importa. Me gustaba porque no pedía brutalidad, sino atención. Una copa de vino no irrumpe: sugiere. No empuja la conversación: la acompaña. No exige ruido: reclama presencia. En un mundo donde tantas cosas se consumen con apuro, el vino conserva todavía una pequeña vocación de pausa.
Quizá por eso nunca me interesó tanto la cerveza. Siempre la sentí más cerca de la costumbre que del rito, más un gesto colectivo que una experiencia íntima. Tiene algo práctico, inmediato, incluso alegre, y no le niego sus méritos. Pero el vino tiene otra respiración. Pide ser mirado, olido, esperado. Tiene una forma de entrar en la noche que se parece más a una confidencia que a una celebración. Y yo, sin saberlo del todo al comienzo, siempre preferí las cosas que llegan hablando bajo.
Con el tiempo, ese gusto dejó de ser una simple inclinación y se volvió una pasión callada. Aprendí mucho de vinos, muchísimo más de lo que cualquiera imaginaría al verme sostener una copa con aparente ligereza. Estudié, probé, escuché, memoricé. Incluso llevé clases de enología en una escuela francesa, un detalle que casi nadie conoce, y que tampoco he sentido nunca la necesidad de contar demasiado. Hay saberes que uno guarda como se guarda una carta importante: no para presumirla, sino porque basta con saber que existe.
Conocer el vino, además, no le quitó misterio; al contrario, me enseñó a respetarlo más. Entender la vid, la tierra, el tiempo, la paciencia de una cosecha, me hizo ver que en cada copa hay algo más que una bebida: hay una historia que ha atravesado estaciones enteras para llegar hasta esa mesa. El vino no se improvisa. Tal vez por eso me conmueve. Porque en su fondo hay una lección discreta sobre la espera, sobre la madurez, sobre el arte de no forzar aquello que solo puede revelarse cuando ha tenido tiempo suficiente.
El vino no inventa el alma de nadie, pero a veces le corre la cortina.
Y luego está la conversación. Ese territorio donde el vino se vuelve casi un cómplice. Me gusta ese momento exacto en que las primeras copas no adormecen, sino que despiertan. Cuando las palabras empiezan a encontrar una temperatura distinta. Cuando la gente, sin darse cuenta, afloja un poco la armadura con la que suele atravesar el día. No hablo de perderse, sino de permitirse. No de caer, sino de ceder apenas. Como si el vino suspendiera por un instante ese severo código interno que tantas veces nos obliga a ser prudentes incluso con lo que sentimos.
Hay algo profundamente seductor en una charla sostenida entre copas de vino. No por la promesa del exceso, sino por la elegancia del límite. Porque uno sigue siendo uno mismo, pero con una luz distinta. Las ideas se animan, la memoria se vuelve más hospitalaria, y hasta los silencios adquieren otra textura. De pronto una historia parece mejor contada, una risa encuentra su momento justo, una confesión se vuelve posible. El vino no inventa la verdad, pero sí puede abrirle la puerta.
Y entonces pasa algo extraño y hermoso: la gente se hace más bonita cuando piensa más allá de sus cohibiciones. No es una belleza física, o no solamente. Es otra clase de resplandor. La inteligencia se vuelve más visible. La sensibilidad deja de esconderse. Los gestos se suavizan. Las palabras ya no están defendiendo una imagen, sino tratando de alcanzar una verdad. Y en ese tránsito, aunque sea breve, aparece una versión más humana de cada persona, menos pendiente del juicio ajeno, más cerca de lo que realmente es.
Siempre me ha parecido que el vino favorece ese estado intermedio donde nadie ha perdido la dignidad, pero todos han bajado un poco la guardia. Como si existiera una suerte de pacto tácito entre la lucidez y el deseo. Una convivencia rara, difícil de explicar, entre el pensamiento y el impulso. Uno sigue midiendo sus palabras, sí, pero ya no con miedo, sino con una libertad más honesta. En eso hay una seducción que no necesita aspavientos: la de quien todavía se posee a sí mismo, pero se permite ser un poco más verdadero.
Tal vez por eso me atrae tanto esa imagen de una mesa, dos o tres copas, una conversación que se extiende sin urgencia. No necesito más. Nunca necesité más. Hay algo casi jurídico, en el mejor sentido de la palabra, en ese equilibrio: como si el vino celebrara una especie de acuerdo tácito con el cuerpo y con el ánimo, un consentimiento sereno donde el placer no atropella la razón, sino que convive con ella. No se trata de absolver el exceso, sino de reconocer que también hay maneras nobles de abandonarse un poco.
Con los años entendí que no me gusta beber por beber. Me gusta lo que una copa de vino puede abrir cuando se bebe con medida: un pensamiento más libre, una emoción que encuentra lenguaje, una noche que no necesita volverse borrosa para ser memorable. Me gusta esa pequeña ebriedad elegante que no humilla, que no degrada, que no rompe nada esencial. Esa forma de acercarse al borde sin caer en él. Esa manera de sentirse más suelto sin dejar de ser dueño de sí.
Quizá, en el fondo, eso es lo que siempre busqué: no la fuga, sino la revelación. No la torpeza del exceso, sino la belleza tenue de una conversación que se enciende. No el olvido, sino una forma más amable de estar presente. Y entre una cerveza que acompaña el ruido y un vino que acompaña el pensamiento, yo siempre supe, aunque me tomara años decirlo con claridad, de qué lado quería sentarme.
Porque hay noches que no piden descontrol, sino profundidad; y para esas noches, una copa de vino basta para recordarnos que a veces la verdadera embriaguez no está en perderse, sino en atreverse a pensar y sentir con un poco menos de miedo.
Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.
Carlos Ebert Gestro

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