Las horas que también cuentan


Hay desgastes que no siempre se nombran, pero igual ordenan el día y le cambian el peso a la vida.

Ahora mismo llevo tres horas en el tráfico, si,  esta tan pesado que puedo escribir. Y Waze, con su exactitud indiferente, me dice que todavía faltan veintinueve minutos. Diez kilómetros. A veces no es la distancia la que agota, sino la sensación de que el tiempo se diluye sin hacer ruido.

Por eso la noticia sobre el estudio de la Universidad de Australia del Sur me dejó pensando. Durante cuatro años analizaron cómo el teletrabajo influye en la salud mental, la calidad del sueño y el desempeño profesional. Y, en el fondo, lo que encontraron no parece una revelación extraña, sino la confirmación de algo que muchos ya intuíamos: cuando esta modalidad se elige, la vida encuentra un poco más de equilibrio.

No se trata de idealizar el trabajo remoto ni de convertir la oficina en antagonista. Se trata, más bien, de reconocer que entre un punto y otro del día también se juega una parte importante de nuestro bienestar. Hay rutinas que no parecen graves, pero van dejando una fatiga lenta, de esas que no se notan de inmediato y, sin embargo, terminan instalándose en el cuerpo.

Estar tantas horas en la ruta da tiempo para pensar en eso. En cómo el día no solo se mide por lo que uno produce, sino también por la energía que debe invertir para sostenerlo. En cómo hay formas de cansancio que no vienen del trabajo mismo, sino de todo lo que lo rodea.

Hay tiempos que no figuran en ningún balance, pero igual terminan escribiéndose sobre el cuerpo.

Quizá por eso el estudio resulta tan cercano. Porque no habla solo de rendimiento, sino de descanso, de salud mental, de esa posibilidad tan simple y tan escasa de llegar al final del día con algo de uno todavía intacto. Como si, de pronto, alguien hubiera decidido mirar no solo la jornada, sino también sus bordes.

Nuestra Constitución, en el artículo 23, dice que el trabajo, en sus diversas modalidades, es objeto de atención prioritaria. Siempre vuelvo a esa frase: diversas modalidades. Me gusta pensar que allí también hay una idea de fondo. Que no existe una única forma legítima de cumplir, y que la dignidad laboral no debería medirse por cuánto desgaste previo somos capaces de soportar.

No toda casa es refugio y no todo teletrabajo funciona igual. Eso también es cierto. Pero hay algo valioso en admitir que la flexibilidad, cuando nace de una decisión voluntaria, puede aliviar no solo la agenda, sino también la mente. Y ese alivio, aunque parezca pequeño, cambia el tono entero de una vida.

Hoy, mientras la ciudad avanza con lentitud y la pantalla insiste en decirme que aún falta un poco más, pienso que hay tiempos que no se registran como trabajo, pero igual cuentan. Cuentan en el sueño. Cuentan en el humor. Cuentan en la manera en que uno llega a casa y en la parte de sí mismo que todavía consigue conservar.

Tal vez de eso se trata realmente esta conversación sobre teletrabajo. No de comodidad ni de resistencia. Sino de algo más callado y más esencial: la posibilidad de organizar la vida con un poco menos de desgaste y un poco más de humanidad.

Porque hay horas que no se registran como trabajo, pero igual terminan formando parte del costo de vivir.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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