No siempre se recuerda el error; a veces lo que permanece es la forma en que alguien decidiĂ³ repararlo.
Hoy no me sentĂa bien. TenĂa dolor de cabeza, fiebre y un malestar de barriga que ya llevaba mĂ¡s de diez horas conmigo. Aun asĂ, fui al almuerzo de la oficina, esa despedida simbĂ³lica para un compañero que deja la empresa buscando nuevos horizontes. LleguĂ© tarde, no por descuido, sino porque una agenda previa me retrasĂ³, y en ese contexto solo querĂa algo simple: un plato ligero, rĂ¡pido y lo bastante amable como para no empeorar cĂ³mo me sentĂa.
PedĂ un filete de pescado a la plancha con papas y ensalada. Nada complejo. Algo casi obvio. Pero el pedido tardĂ³ mĂ¡s de lo normal y, cuando por fin llegĂ³, fue una decepciĂ³n: el pescado estaba excesivamente seco, como si hubiera sido olvidado en la plancha. En otro momento quizĂ¡ lo habrĂa dejado pasar. Pero cuando uno ya viene sintiĂ©ndose mal, hasta lo mĂ¡s pequeño pesa el doble.
LlamĂ© entonces a la señorita que estaba a cargo del salĂ³n. Y ahĂ cambiĂ³ todo. No por el error, sino por la forma de enfrentarlo. Fue una conversaciĂ³n especialmente amable, sostenida no solo por las palabras, sino por la actitud. Hubo disposiciĂ³n real para resolver, interĂ©s genuino por corregir lo ocurrido y una cortesĂa que no se ve tan seguido. Y eso vale muchĂsimo.
Porque al final, las empresas no se definen solo por sus aciertos. TambiĂ©n se revelan en la manera en que subsanan lo que hicieron mal. Equivocarse puede pasar; lo verdaderamente importante es no abandonar al cliente dentro de esa incomodidad. Hay marcas que creen que basta con ofrecer un buen producto, pero olvidan que en los momentos crĂticos lo que realmente sostiene la experiencia es la actitud.
Ellos me ofrecieron varias alternativas: preparar nuevamente el plato, cambiarlo por otro, encontrar otra opciĂ³n. Yo insistĂ en devolverlo y dejarlo ahĂ, pero aun asĂ buscaron una forma de compensar el mal momento. Me ofrecieron una bebida y un postre de cortesĂa. AceptĂ© ambos, y al final ese gesto no solo cerrĂ³ bien mi incomodidad, sino que incluso sumĂ³ a la celebraciĂ³n del agasajado, porque el postre terminĂ³ siendo parte de ese pequeño homenaje. AdemĂ¡s, no cobraron ni el plato fallido, ni la bebida, ni el postre.
A veces el cliente no espera perfecciĂ³n; espera, sobre todo, no ser dejado solo dentro del error.
Y pensĂ© en el NPS, ese indicador con el que convivimos tanto en el trabajo. Muchas veces creemos que el NPS se juega cuando todo sale perfecto, pero no siempre es asĂ. A veces se define, mĂ¡s bien, en el momento en que algo falla. En cĂ³mo una empresa transforma un posible detractor en alguien que, pese al error, termina valorando la experiencia por la manera en que fue atendido. No porque no hubo problema, sino porque hubo respuesta.
Incluso desde una mirada jurĂdica, la idea no es ajena. Nuestro CĂ³digo de ProtecciĂ³n y Defensa del Consumidor, en la Ley N.° 29571, reconoce el derecho a la idoneidad: recibir un producto o servicio acorde con lo que razonablemente se espera. Pero mĂ¡s allĂ¡ de la norma, hay algo mĂ¡s humano detrĂ¡s de todo esto: entender que reparar tambiĂ©n es una forma de respeto.
A veces una empresa no puede evitar el error. Lo que sĂ puede evitar es la indiferencia. Y eso, en cualquier experiencia de servicio, hace toda la diferencia.
PD.- Los malestares siguen…

Gracias por leerme. La escritura tambiĂ©n es una forma de compañĂa.
Carlos Ebert Gestro

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