El hombre que volvía caminando

Algunos amores se recuerdan porque nos enseñaron cuánto puede entregar un corazón joven.

La memoria tiene costumbres que nunca he logrado entender. Hay personas que desaparecen lentamente de nuestros recuerdos, como fotografías que el sol va desvaneciendo con paciencia. Otras, en cambio, permanecen intactas, ajenas al paso de los años. No importa cuánto tiempo transcurra ni cuántas cosas ocurran después; basta escuchar una canción, percibir un olor o caminar por una calle conocida para que regresen con una claridad casi dolorosa. Eso me ocurrió hace unos días. Sonaban unas viejas canciones de Depeche Mode mientras trabajaba, y sin proponérmelo volví a finales de los noventa. No regresé a un lugar específico. Regresé a una época. Y entre todos los rostros que aparecieron aquella noche, hubo uno que permaneció más tiempo que los demás: el de Ángel, aunque para nosotros hacía mucho que había dejado de llamarse así.

Lo conocí cuando ambos éramos apenas unos niños. Compartimos la primaria y los primeros años de secundaria en el mismo colegio, dentro de aquella urbanización donde crecimos creyendo que el mundo terminaba unas cuantas cuadras después de nuestras casas. Entonces no imaginábamos que la vida tenía la mala costumbre de dispersar a las personas justo cuando uno empieza a acostumbrarse a ellas. Terminado el colegio, nuestros caminos se separaron durante algún tiempo. Yo seguí la ruta exigente de la vida militar, donde los días comenzaban antes del amanecer y el orden parecía tener más importancia que cualquier otra cosa. Él eligió la vida civil, mucho más libre, menos rígida y mucho más parecida a su personalidad.

Nunca fue un hombre de horarios. Llegar unos minutos tarde parecía formar parte de su naturaleza. Sin embargo, bastaba que comenzara a hablar para que nadie recordara el retraso. Tenía esa clase de inteligencia que rara vez obtiene buenas calificaciones porque no cabe dentro de un examen. Las matemáticas nunca fueron su fuerte, tampoco las ciencias exactas. Su verdadero talento aparecía cuando la conversación giraba hacia la política, la economía o cualquier asunto relacionado con la realidad del país. Poseía una extraordinaria capacidad para observar, relacionar ideas y anticipar escenarios. Muchas veces lo escuché hacer análisis que parecían exagerados y que meses después terminaban ocurriendo casi exactamente como él los había descrito. No era un académico ni pretendía serlo. Simplemente tenía una intuición poco común para leer el mundo.

Cuando volvimos a encontrarnos ya bordeábamos los veinte años. Todavía éramos demasiado jóvenes para llamarnos adultos, pero lo suficientemente grandes como para sentir que el colegio pertenecía a una vida anterior. El barrio volvió a reunirnos con esa naturalidad que solo tienen los lugares donde uno creció. Nadie organizaba reuniones. Simplemente aparecíamos. Bastaba que cayera la noche para saber que, tarde o temprano, terminaríamos ocupando alguna vereda, compartiendo unas cervezas mientras el frío húmedo de Lima comenzaba a envolver las calles.

Por aquellos años alguien empezó a llamarlo Nandito, recordando a un personaje de las novelas que protagonizaba Thalía. Nunca supimos exactamente quién inventó el apodo. Lo cierto es que terminó imponiéndose con una rapidez sorprendente. Poco a poco dejamos de decirle Ángel. Hasta su propio nombre parecía extrañarse cuando alguien lo pronunciaba. Para nosotros, desde entonces, simplemente fue Nandito.

Las noches del barrio tenían una personalidad propia. Mientras en otras esquinas sonaban ritmos tropicales, nosotros parecíamos vivir dentro de otra banda sonora. Siempre había algún equipo de sonido dispuesto a dejar escapar las primeras notas de Enjoy the Silence, Just Like Heaven, Bizarre Love Triangle o alguna canción de Soda Stereo. A veces la noche se volvía más oscura y aparecía Nine Inch Nails, algo de rock industrial o cualquier banda alternativa que acompañara conversaciones interminables. La música nunca era protagonista. Estaba allí como la garúa, como la luz amarillenta de los postes o como el humo de los cigarrillos: formaba parte del paisaje.

Recuerdo aquellas madrugadas con una nostalgia que hoy me cuesta explicar. Éramos muchachos con más sueños que certezas. Ninguno tenía dinero de sobra. Casi todos seguíamos estudiando o recién comenzábamos a trabajar. Sin embargo, nunca nos sentimos pobres. Compartíamos lo poco que había sobre la mesa y eso bastaba. Una botella alcanzaba para todos. Si alguno aparecía con unos cuantos soles más en el bolsillo, terminábamos comiendo algo antes de que amaneciera. Nunca llevábamos la cuenta de quién había pagado. Éramos demasiado jóvenes para convertir la amistad en una contabilidad.

Las conversaciones se extendían hasta que el cielo empezaba a aclararse. Hablábamos de política, de música, de mujeres, de libros, de películas y de cualquier teoría absurda que se nos ocurriera después del tercer vaso. Entre todos, Nandito siempre encontraba la forma de sorprendernos. Escuchaba más de lo que hablaba y, cuando finalmente intervenía, bastaban un par de minutos para que la conversación cambiara de dirección. Tenía una facilidad extraordinaria para encontrar ángulos distintos sobre cualquier tema. Nunca necesitó levantar la voz para hacerse escuchar.

Fue durante aquellos años cuando apareció Zully.

No recuerdo el día exacto en que comenzó a hablar de ella. Tal vez porque los grandes cambios rara vez llegan haciendo ruido. Simplemente, un día nos dimos cuenta de que Nandito sonreía con más frecuencia. Comenzó a mirar el reloj cuando estábamos reunidos, algo completamente extraño en alguien que jamás había mostrado demasiado interés por la hora. De vez en cuando desaparecía durante toda una tarde y regresaba recién entrada la noche. Bastaba verle el rostro para entender que había estado con ella.

Zully vivía en La Molina. Para cualquiera que tuviera automóvil aquella distancia habría sido insignificante. Pero nosotros apenas empezábamos la vida adulta. Ninguno tenía carro y el dinero alcanzaba solo para lo indispensable. Ir hasta allá significaba pensar dos veces en cada moneda que llevábamos en el bolsillo. Sin embargo, nunca vi a Nandito dudar. Si había dinero para un taxi, tomaba un taxi. Si no lo había, cualquier micro servía para acercarlo. Lo importante era llegar. Todo lo demás encontraba la forma de resolverse después.

Al principio pensamos que era uno de esos romances pasajeros que suelen aparecer a esa edad. Nos equivocamos. Poco a poco entendimos que no era un entusiasmo momentáneo. Nandito estaba profundamente enamorado. Y quizá lo supimos porque empezó a hacer algo que ninguno de nosotros habría considerado sensato.

Con el tiempo descubrimos que enamorarse no siempre cambia la personalidad de un hombre. A veces solo modifica sus prioridades. Nandito seguía siendo el mismo muchacho agudo, irónico y observador con el que pasábamos las noches conversando sobre política, música o cualquier tema que apareciera entre una botella y otra. Seguía llegando tarde, seguía riéndose de casi todo y conservaba esa capacidad de desmontar un argumento con apenas un par de frases. Pero cuando se trataba de Zully, algo en él se volvía distinto. Era como si toda aquella ironía desapareciera por unas horas para dejar espacio a una versión mucho más sencilla de sí mismo.

Nosotros empezamos a reconocer las señales sin necesidad de preguntarle nada. Bastaba verlo revisar el reloj o despedirse antes de lo acostumbrado para saber que aquella noche tenía planes. Nadie hacía comentarios. Apenas alguna sonrisa cómplice o una broma lanzada al pasar. Él respondía con otra sonrisa, levantaba la mano a modo de despedida y desaparecía rumbo a La Molina, donde una muchacha lo esperaba sin imaginar que, mientras ella ocupaba una parte de su noche, nosotros terminaríamos siendo testigos silenciosos de una de las historias de amor más honestas que recuerdo haber conocido.

La distancia nunca pareció preocuparle. Seis kilómetros pueden parecer poca cosa cuando uno los observa sobre un mapa, pero cambian de dimensión cuando se recorren de madrugada, con frío y sin dinero. Sin embargo, jamás escuché a Nandito quejarse por eso. Si había para un taxi, tomaba un taxi. Si el bolsillo obligaba a subir a una combi, lo hacía sin inconvenientes. Lo único verdaderamente importante era llegar a tiempo para verla.

Y cuando finalmente estaba con ella, el dinero dejaba de tener cualquier importancia. Ninguno de nosotros vivía una realidad económica cómoda. Éramos muchachos que apenas empezaban a construir su futuro. Cada billete tenía un destino previsto antes incluso de salir del bolsillo. Tal vez por eso siempre me llamó la atención la naturalidad con la que Nandito rompía todas esas previsiones. Lo que debía servir para regresar terminaba convertido en un postre compartido, en una cena sencilla, en una flor comprada a un vendedor ambulante o en algún detalle pequeño que, visto desde afuera, podía parecer insignificante. Para él no lo era. Porque nunca buscó impresionar a Zully con cosas costosas. Lo que realmente parecía importarle era regalarle un momento agradable, una sonrisa, una razón para que aquella noche fuera distinta de las demás.

Con los años he conocido personas que calculan cada gesto de afecto como si administraran una empresa. Personas que llevan la cuenta de quién llamó primero, quién pagó la última salida o quién hizo el esfuerzo mayor dentro de una relación. Tal vez por eso, cuando vuelvo a pensar en Nandito, descubro que lo que más extraño de aquella época era precisamente la ausencia de esos cálculos. Él no parecía preguntarse cuánto estaba dando ni cuánto recibiría después. Simplemente quería verla feliz. Y esa convicción era suficiente para justificar cualquier sacrificio.

Muchas veces salía con el dinero exacto para ir y volver. Nosotros lo sabíamos. También sabíamos que, casi con absoluta seguridad, terminaría regresando caminando. No porque alguien lo obligara ni porque hubiera ocurrido algún imprevisto. Era él quien, una y otra vez, elegía gastar el pasaje de regreso en un detalle para ella. Nunca fue un acto heroico. Ni siquiera creo que él fuera plenamente consciente de lo que hacía. Era, sencillamente, su manera de querer.

Con el paso de las semanas aquello se convirtió en una especie de costumbre silenciosa. Mientras Nandito estaba con Zully, nosotros seguíamos reunidos en el barrio. Las conversaciones continuaban como siempre. Sonaban The Cure, Depeche Mode, New Order o Soda Stereo mientras la garúa comenzaba a cubrir lentamente las pistas y las veredas. El humo de los cigarrillos se mezclaba con el vapor que salía de nuestras bocas al hablar, y las horas pasaban sin que nadie pareciera tener demasiada prisa por volver a casa.

De vez en cuando alguno miraba hacia la esquina y decía, casi como quien anuncia algo inevitable:

—Ya debe estar regresando el enamorado.

Y casi siempre acertábamos.

Al cabo de unos minutos aparecía su figura caminando bajo las luces amarillas de los postes. Venía despacio, con las manos en los bolsillos y esa expresión imposible de fingir. Había cansancio en sus pasos, porque después de todo acababa de recorrer varios kilómetros. Pero también había una tranquilidad difícil de describir. No era la sonrisa exagerada de quien quiere demostrar que todo salió bien. Era algo mucho más discreto. La satisfacción íntima de haber pasado unas horas con la persona que quería.

Entonces comenzaban las bromas.

—¿Y? ¿Te quedó para el micro?

Él respondía metiendo la mano en el bolsillo. A veces sacaba unas cuantas monedas. Otras veces no encontraba absolutamente nada. Bastaba ese gesto para que todos estalláramos en carcajadas.

—Este va a terminar hipotecando la juventud por amor.

—Cualquier día va a llegar caminando desde Arequipa si Zully se muda.

—No aprende nunca.

Él se reía con nosotros. Nunca intentó justificarse. Nunca dijo que había gastado demasiado. Nunca se quejó de la caminata. Simplemente aceptaba el vaso que alguno le alcanzaba y volvía a ocupar su lugar entre nosotros, como si aquellas largas caminatas fueran la cosa más natural del mundo.

Entonces alguien levantaba el vaso y pronunciaba una frase que terminó convirtiéndose en una tradición.

—¡Un brindis por ese estúpido y hermoso amor!

Todos reíamos.

Pero con los años comprendí que nunca nos estábamos burlando de él.

En realidad celebrábamos otra cosa.

Celebrábamos el privilegio de tener cerca a un amigo que todavía era capaz de enamorarse con una sinceridad absoluta. En un mundo donde los adultos terminan enseñándonos a desconfiar, a protegernos y a medir cada paso antes de darlo, nosotros asistíamos, sin saberlo, a una de las últimas manifestaciones de aquella inocencia que solo pertenece a la juventud. Nandito no caminaba de regreso porque no tuviera otra opción. Caminaba porque, antes de pensar en sí mismo, había preferido gastar hasta el último sol en regalarle un momento feliz a la mujer que amaba.

Y lo más extraordinario era que jamás parecía arrepentirse.

Llegaba al barrio con los zapatos cubiertos por el polvo de la madrugada, los bolsillos completamente vacíos y el corazón rebosante. Había algo profundamente digno en esa imagen. Nunca buscó dar lecciones sobre el amor. Ni siquiera creo que supiera que nos estaba enseñando algo. Simplemente vivía sus sentimientos con una honestidad que hoy, después de tantos años, continúa pareciéndome extraordinaria.

Los años, sin pedir permiso, fueron haciendo lo que siempre hacen. Las reuniones comenzaron a espaciarse. Algunos encontraron trabajo, otros cambiaron de distrito, aparecieron nuevas responsabilidades y, casi sin darnos cuenta, aquellas noches interminables dejaron de ser una costumbre para convertirse en un recuerdo. Nunca hubo una despedida formal. Simplemente un día dejamos de coincidir con la frecuencia de antes, como si la vida hubiera decidido repartirnos por distintos caminos.

Nandito tampoco escapó a ese destino. Las dificultades económicas obligaron a su familia a empezar de nuevo lejos del Perú y terminó emigrando a los Estados Unidos. Sé que allá construyó una nueva vida, como hacen tantos compatriotas que un día se marchan llevando poco equipaje y demasiados recuerdos. Desde entonces nuestras conversaciones ya no fueron las mismas y la distancia hizo lo que inevitablemente hace: convertir la presencia cotidiana en una memoria entrañable.

Sin embargo, hay algo curioso en los recuerdos. Uno cree que conserva los grandes acontecimientos y termina descubriendo que la memoria es mucho más caprichosa. De Nandito podría recordar las interminables conversaciones sobre política, aquellas discusiones donde parecía adelantarse varios meses a la realidad. Podría hablar de su sentido del humor, de las bromas inteligentes con las que siempre encontraba la forma de hacernos reír o de las noches en que el barrio parecía demasiado pequeño para todo lo que queríamos conversar.

Pero no.

Cuando pienso en él, la imagen que vuelve una y otra vez es otra. Siempre la misma. Lo veo caminando por alguna avenida de La Molina cuando ya es de madrugada. El tránsito casi ha desaparecido, la garúa cae con esa delicadeza tan limeña que uno apenas la siente, las luces amarillas de los postes dibujan sombras alargadas sobre el pavimento y un muchacho de apenas veinte años emprende el regreso a casa sin un solo sol en el bolsillo.

Podría parecer la imagen de alguien que perdió algo durante la noche. Sin embargo, ocurría exactamente lo contrario. Nunca regresaba derrotado. Nunca volvía con el gesto amargo de quien lamenta una mala decisión. Caminaba despacio, casi siempre sonriendo para sí mismo, como quien todavía sigue repasando una conversación o recordando una mirada. A veces pienso que esos seis kilómetros eran la última parte de la cita. El camino le permitía revivir cada instante antes de regresar a la realidad del día siguiente.

Mientras tanto, nosotros seguíamos esperándolo en el barrio.

No porque hubiera quedado establecido de antemano, sino porque sabíamos que tarde o temprano aparecería. Alguno levantaba la vista al escuchar unos pasos y enseguida comenzaban las bromas.

—Ahí viene el romántico... seguro otra vez se gastó hasta el pasaje.

Él no respondía con grandes explicaciones. Sonreía, aceptaba el vaso que alguien le alcanzaba y ocupaba su lugar de siempre, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Pero nosotros sabíamos que sí había ocurrido. Habíamos aprendido a reconocer esa expresión que solo tienen quienes regresan de haber pasado unas horas felices junto a la persona que aman.

Entonces levantábamos los vasos y repetíamos el brindis que terminó convirtiéndose en una tradición.

Por ese estúpido y hermoso amor.

Han pasado más de veinticinco años desde aquellas madrugadas y confieso que nunca volví a ver una escena parecida. Quizá el mundo cambió. Quizá nosotros cambiamos con él. Hoy parece que el amor necesita garantías, condiciones y cálculos. Se habla mucho de reciprocidad, de no dar demasiado, de protegerse, de medir cada paso antes de entregarse. Tal vez sea lo correcto. Tal vez la experiencia obligue a pensar así.

Pero cuando la memoria me lleva de regreso a finales de los noventa, descubro que conocí a un muchacho que todavía no sabía hacer esas cuentas. Un hombre que prefería caminar varios kilómetros antes que privar a la mujer que quería de un postre, una flor o una cena sencilla. No porque fuera ingenuo, sino porque en ese momento de su vida había comprendido algo que los años suelen complicar: cuando el cariño es sincero, los pequeños detalles siempre valen más que el dinero que cuestan.

Nunca supe cómo terminó la historia entre Nandito y Zully. Nunca sentí la necesidad de preguntarlo. Hay recuerdos que encuentran su belleza precisamente en permanecer suspendidos en el tiempo, como una fotografía que jamás necesita una segunda toma. Prefiero pensar en ellos como los vi entonces: dos jóvenes descubriendo el amor mientras el resto del mundo seguía su camino sin sospechar que, en esos pequeños gestos cotidianos, también se escribían historias que merecían ser recordadas.

Hace unos días, mientras sonaba una vieja canción de Depeche Mode, pensé nuevamente en él. Sonreí sin darme cuenta. Comprendí que el tiempo había borrado muchas cosas, pero no aquella imagen que continúa regresando con una claridad obstinada. La de un amigo caminando bajo la garúa limeña, con los bolsillos vacíos y el corazón lleno.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que hoy decidí escribir estas líneas. No para contar una historia de amor, porque esa les pertenece únicamente a ellos. Tampoco para hablar de nuestra juventud, aunque inevitablemente aparezca entre estas páginas. Escribo porque hay personas que, sin proponérselo, nos enseñan algo que permanece con nosotros para siempre. Y cada vez que alguien afirma que el amor verdadero ya no existe, inevitablemente recuerdo a Nandito emprendiendo el largo camino de regreso, feliz, después de haber gastado hasta el último sol en la sonrisa de Zully.

Tal vez eso sea lo único que realmente importa de los buenos recuerdos. No conservar todos los detalles, sino mantener viva la emoción que nos dejaron. La suya, más de veinticinco años después, sigue caminando por alguna calle de La Molina mientras la madrugada cae lentamente sobre Lima. Y sospecho que seguirá haciéndolo mientras mi memoria sea capaz de regresar, aunque sea por un instante, a aquellos años en los que el amor todavía no hacía cuentas y la amistad siempre esperaba despierta.

"A veces la memoria no conserva las grandes historias de amor. Conserva el camino de regreso."

Hace unos días, mientras sonaban los primeros acordes de Enjoy the Silence, volví a pensar en él. No sé por qué esa canción tiene la extraña capacidad de abrir puertas que uno creía cerradas para siempre. Cerré los ojos y, por un instante, volví a tener veinte años. Volví al barrio. Sentí otra vez la humedad de la garúa sobre el rostro, escuché las risas de mis amigos mezclándose con la música y esperé, como tantas noches, que una silueta apareciera al final de la calle.

Y apareció.

No era un recuerdo cualquiera. Era Nandito regresando de La Molina después de haber visto a Zully. Caminaba despacio, con esa tranquilidad que solo tienen quienes no sienten que han perdido nada. Los bolsillos, seguramente, volvían vacíos. El corazón, no. Ese regresaba rebosante. Nosotros levantábamos los vasos apenas lo veíamos acercarse y comenzaban las bromas de siempre. Le decíamos que era un loco, que cualquier día iba a quedarse sin zapatos de tanto caminar, que ningún amor justificaba semejante travesía. Él se limitaba a sonreír. Nunca discutía. Nunca intentaba convencernos de nada. Tal vez porque sabía que el amor no se explica; simplemente se vive.

La vida siguió su curso. Llegaron las responsabilidades, los trabajos, las despedidas silenciosas y los caminos que terminan llevando a cada quien hacia un destino distinto. Nandito cruzó fronteras y hoy vive en los Estados Unidos. Zully quedó en algún rincón de aquellos años que ya no volverán. Nosotros también cambiamos. Aprendimos a cuidar el dinero, a administrar el tiempo y, quizá sin darnos cuenta, también aprendimos a administrar los sentimientos.

Pero hay recuerdos que se niegan a obedecer el paso del tiempo.

Por más años que transcurran, cuando pienso en Nandito no lo imagino viviendo en otro país ni conversando de política como tantas veces lo hizo. Tampoco lo recuerdo con una botella en la mano, riéndose de alguna ocurrencia en medio del barrio. La imagen que permanece es otra, mucho más sencilla y, precisamente por eso, mucho más poderosa.

Lo veo caminando bajo la garúa de Lima, cuando la ciudad ya duerme y solo el ruido lejano de algún automóvil rompe el silencio de la madrugada. Lo veo con las manos en los bolsillos, repasando seguramente cada palabra, cada risa y cada mirada que había compartido unas horas antes con la mujer que quería. Lo veo regresar sin un solo sol para pagar un taxi, pero sintiéndose el hombre más afortunado del mundo.

Quizá por eso nunca quise saber cómo terminó aquella historia con Zully. Hay recuerdos que pertenecen a un momento exacto de la vida y cualquier explicación posterior solo conseguiría romper la magia con la que el tiempo decidió conservarlos. Prefiero pensar que siguen viviendo allí, en algún rincón de finales de los noventa, donde un muchacho enamorado todavía recorría media ciudad solo para ver sonreír a la mujer que amaba.

Han pasado más de veinticinco años desde entonces y el mundo parece haberse vuelto mucho más práctico. Hoy casi todo se calcula: el tiempo, el esfuerzo, las emociones e incluso el amor. Tal vez por eso, cuando alguien me dice que ya no existen los románticos, inevitablemente vuelvo a pensar en Nandito.

Y entonces sonrío.

Porque yo sí conocí a uno.

Conocí a un hombre que, siendo apenas un muchacho, prefería regresar seis kilómetros a pie antes que privarse del privilegio de ver sonreír a la mujer que amaba. Y tuve, además, la fortuna de ser uno de los amigos que lo esperaba despierto para levantar un vaso y brindar, una vez más, por ese estúpido, hermoso e inolvidable amor.


Gracias por leerme. La escritura también es una forma de compañía.

Carlos Ebert Gestro

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